sábado, 24 de octubre de 2015

Lágrimas


Lágrimas de amor;
Lágrimas de rencor;
Lágrimas de felicidad;
Lágrimas de dolor;
Lágrimas de pena;
Lágrimas de reencuentros;
Lágrimas de ausencia;
Lágrimas por desamores...
Sumando a la locura por intentar
saber dónde estoy.
Lloro a la deriva, resignado,
masticando la dureza de saber
que no soy correspondido.
Lloro por la impotencia misma
de querer y no poder;
de amar y no ser amado;
de ilusionarme y ser ilusionado
por un fantasma.
Lloro por entender y aceptar
que mis lágrimas son de soledad.

25/05/2002

domingo, 11 de octubre de 2015

Amantes


Nos buscamos los dos. Ojalá fuera éste el último día de la espera (Jorge Luis Borges - El laberinto)


Como si fuera una historia repetida, como si todo volviera a dar vueltas, como si lo cíclico de la historia se convirtiera en un dejavu de historias de amantes, que se repiten trágicamente con el paso del tiempo. A veces más allá, otras veces más acá.

“Los amantes de Hasanlu”, le llamaron así a los restos fósiles humanos, encontrados envueltos en un abrazo en el lecho de muerte, aparentemente consumando un beso, sellando su pacto de amor traspasando todas las fronteras del tiempo. Lo mismo que “Los amantes de Valdaro”, otros restos fueron hallados también, amantes muertos de amor en un mismo abrazo, trágico final que ni los mismos antropólogos pueden entender si fue suicidio o un rito de muerte.

Shakespeare ya lo había relatado en la trágica muerte de dos jovencitos que se amaban con locura, y que llegaron a morir el uno por el otro, antes de poder jurarse amor eterno ante Dios. Romeo y Julieta, fueron ejemplo e inspiración de novelas, cuentos y relatos, donde los actores principales no eran ellos en realidad, sino que lo eran los ajenos, los que prohibían ese amor; también fueron protagonistas las costumbres, los odios y las peleas que no permitieron que estos amantes pudieran elegir y hacer crecer lo que sentían. Al parecer, en las clases de historia antigua y en las de literatura clásica, no estaba permitido el amor entre las personas.

Los amantes buscan ansiosos lo que no poseen; pretenden lo no pretendido; desean lo no permitido. Los amantes se buscan, se desean, se ansían, se imaginan, se extasían, se extrañan, se encuentran y se vuelven a buscar. Se exploran, se tocan, se besan, se acarician, se abrazan, se contaminan, se purifican. Los amantes se odian por instantes y se vuelven a amar, se pierden y se extravían, se desconocen y se vuelven encontrar para volver a amarse, volver a desearse y volverse a amar. Los amantes se extrañan viéndose de frente, se extrañan cuando deben extrañarse, y también, se extrañan cuando no hay que extrañarse. Los amantes son deseo constante, son deseos andantes, son deseos deseables, son deseantes limitados, son deseantes insatisfechos; en definitiva, los amantes son deseo.

Los amantes mueren por cada encuentro para poder revivir en un instante. Buscan el hechizo que los libere para siempre del castigo de desearse mutuamente, aunque ese “para siempre” sea solo aquel instante. En ellos el tiempo no es lo eterno. Los amantes mueren hoy por su sentimiento, mueren muriendo por los instantes que ellos hacen eternos; ellos se van creando y esculpiendo cada uno en el cuerpo del otro.

Ellos se deben esconder, pues, lo que sienten está prohibido, está censurado, está marcado o castigado. Los amantes deben esconder sus más profundas miradas; contener sus lágrimas, ya sea de dicha o de dolor; deben disimular las sonrisas, que son ocasionados por ellos mismos; las caricias, los abrazos, los besos, el sexo no pueden ser mostrados deliberadamente, pues, son todo para demostrarse entre ellos los sentimientos que van floreciendo y marchitando en cada encuentro. Deben esconder todo de aquellos que no los quieren juntos, de los que los quieren lejos, separados, cercenados, partidos, de aquellos que los quieren ver mutilados. Deben esconder eso que sienten, limitándose a darse por completo en una fracción de tiempo, destinada sólo a su encuentro. Los amantes, deben esconderse de los señalamientos, de los juzgamientos, de los otros que no los entienden, de los que puedan ensañarse con ellos y para quebrantar eso que los une. “Eso” que no tiene nombre, “eso” que no es amor, “eso” que no es admiración; que tampoco es odio, que tampoco es sumisión. Es solo “eso”, “algo”.

Los que juzgan y señalan, serán los próximos arqueólogos en inhumar cuerpos que no quisieron ser separados; estos serán también, los próximos letrados e historiadores que contaran, o inventaran, las hipótesis de por qué esos cuerpos estaban juntos; se preguntarán si debían o no debían; querrán entender qué significado tienen ante “eso” que tienen en frente; se querrán ver en ellos mismos en los personajes que están inhumando, creyendo que nadie tiene la culpa, o que todos tenemos una parte de culpa; que los amantes son inocentes o los hipotetizarán culpables de amor eterno, de amor póstume.

Los descubridores, serán los mismos que empujarán a los otros amantes a una misma conclusión fatal; y serán, los que en otro tiempo, nuevamente se sorprenderán y contemplarán la osadía del hallazgo de nuevos amantes sepultados, demostrando que, si bien las historias y las hipótesis van y vuelven, ni el tiempo podrá contra el amor, que algunos llegan a sentir hasta los propios huesos, y que pude trascender hasta la propia muerte de los mismos amantes.


10/10/2015

martes, 6 de octubre de 2015

Selva

Ese es el punto en donde quiero estar
el máximo pleno, mi gloria total.

Impenetrable selva
a tu corazón debo llegar
para mi soledad poder curar.

No te tengas miedo...
a tus secretos voy a llegar,
porque sé que los puedo guardar.

Muéstrame un claro y verás
que soy capaz de hacerte sentir
y que todos tus espacios puedo conquistar.

31/10/2002

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Qué nos queda... (la nada misma)

Qué queda después de las lágrimas,
que más que el dolor del alma
totalmente visibilizado en la piel.

Qué más queda cuando se fue lo que era todo...
nada. Solo queda la nada misma,
el vacío inmenso que deja el hueco de tu partida.

Que nos queda después de las lágrimas
sólo nosotros peregrinos mortales,
andantes de nuestras miserias.

Qué queda después del vacío
nosotros los errantes, que mas tarde o más temprano,
volvemos a encontrarnos, más aquí o más allá.

Entonces… hasta el próximo encuentro
cuando nos crucemos en el viaje de gira;
qué queda después del vacío… la nada misma.

27/09/2015

domingo, 20 de septiembre de 2015

El señor de las palomas

Dedicado a mi Tata Luis

Por esos años, vivía en un departamento en una esquina transitada del barrio. Cerca había un hospital, una universidad y justo al frente en la esquina opuesta a mi departamento, en diagonal, una plaza. Tenía unos caminos que acompañaban la vista de desde mi balcón, eran diagonales hacia el centro de la plaza, desde todos sus vértices, hasta llegar a su corazón, donde se erigía una enorme estatua, rodeados de palmeras gigantes, probablemente más viejas que mi propia existencia.

Vivía en un segundo piso, para la época de transición de la estación del invierno a la primavera, era mágico ver los lapachos distribuidos por toda la plaza florecidos en amarillo, violeta y blanco; y para no desentonar, a cada lado y por todo el recorrido de sus calles, despuntaban los azares de los naranjos, perfumando a toda hora. Era un paisaje que difícilmente pueda llegar a olvidar.

Mi balcón se volvía lugar para desayunar y almorzar, y al regresar del trabajo o de la facultad, se convertía también en una mesa ideal para cenar. Lo gracioso es que, mientras que comía en el balcón, abajo en la plaza vecinos de todos lados, se ponían a hacer ejercicio, y mientras corrían alrededor de la plaza, echaban un vistazo a mi balcón, creería que les hacía desear lo que estaba comiendo.

Me llamaba la atención uno de mis vecinos que vivía del primer piso. El señor, ya jubilado ochentón, al medio día bajaba con una bolsita en la mano, caminando con una chueca lentitud, como arrastrando la pesadez de todos sus años sobre su andar. Él iba caminando por la diagonal de la plaza y se perdía detrás de la estatua. Al rato, como a los cuarenta minutos regresaba por el mismo camino, ingresaba al edificio, se los escuchaba chancletear por un momento, para luego encender la televisión para ver el informativo, quizás. Esto se repetía siempre, en una mano el bastón, en la otra una bolsita; había veces que cruzaba solo, había otras veces que pedía ayuda a  algún oficial de policía que este en la esquina o a cualquier persona que estuviera de pasada; otras veces, las menos quizás, su esposa lo acompañaba, era una señora muy elegante y coqueta, se notaba desde lejos, a pesar de que ella no era de salir muy seguido que digamos. Los únicos días que no se veía esta escena diaria era cuando llovía o cuando hacía mucho frío.

Un medio día, estaba tomando unos mates y leyendo un libro en la plaza, aprovechando una hermosa media mañana primaveral, cuando tuve la posibilidad de contemplar aquella rutina del vecino más de cerca. El señor se llamaba Don Luis; venía de frente por el camino; como siempre en una mano con su bastón y en la otra la bolsita, hasta ese día no sabía qué es lo que llevaba en ella.

“Che pibe, acompañame”; me dijo. Caminamos hasta detrás de la estatua y al ubicar un banco cercano, se desplomo sobre el mismo con todo su peso. Me dio el bastón para que se lo sostuviera. Entonces abrió la bolsita con las dos manos y preguntándome si estaba listo, metió su arrugada mano, y la sacó llena de migas de pan. Le hice una mueca con las cejas levantadas a modo de respuesta, y él lanzó las migas por el piso, esparciéndolas lo más que podía con su añejada fuerza y su disminuida agilidad. Al instante, empezaron a revolotear decenas de palomas que estaban por los arboles y las palmeras cercanas. Al repetir la acción, las palomas se multiplicaron en número, revoloteando algunas; bailando en círculos y moviendo las cabecitas de arriba abajo entre las migas otras; exaltándose por picotear más y más con cada vez que Don Luis, metía y sacaba la mano de la bolsa. “Viste pibe, ellas estaban con hambre”, me comentaba. No dejaba de asombrarme, cómo estos animalitos gozaban del alimento que le habían llevado. Me comentaba después que esto hacia todos los días y que había veces, en especial los fines de semana, algunos padres dejaban que sus hijos más pequeños, se acercaran a juguetear con las palomas; o que, los perros que andaban paseando las corretearan para ahuyentarlas, y alguno que otro más angurriento, se tomaba el trabajo de comerse las miguitas que él había traído.

A partir de ese momento, empecé a sentir cierto grado de admiración por mi vecino. A pesar de sus años, todavía buscaba tener una responsabilidad, aunque parezca mínima, era muy importante, no para él, sino para sus amigas. Desde esa mañana, y cada vez que tenía desocupadas unas horas, me las arreglaba para pasarlo a buscar a Don Luis, y acompañarlo a alimentar a sus pequeñas palomas. En ocasiones, me llamaba desde el portero y me decía que ya estaba listo, y me esperaba en el hold del edificio hasta que bajara a acompañarlo.

Nos reíamos mucho en cada uno de nuestros encuentro, hablábamos mucho de muchos temas: de los equipos de fútbol del cual éramos hinchas cada uno; de las palomas y de los perros que iban a prepotaerlas; hablábamos más de las vecinas, que de los vecinos del edificio, y yo lo cargaba diciéndole que lo iba a demandar con su esposa, y ahí nomas, cambiaba de tema entre sonrisas, carcajadas y miradas cómplices; me contaba también de los tiempos litúrgicos, él era muy creyente y me decía que se hacía en cada uno de ellos. Pero nuestro mayor tiempo se nos pasaba entreteniéndonos inventando supuestos amoríos entre las palomas: “que esta señorita se había puesto de novia con aquel palomo, pero se peleo porque se había hecho el galán con aquella otra, o que la señorita de más allá, estaba más delgada porque quería llegar bien para el verano y poder casarse con este de más acá.

Por un par de semanas deje de acompañar a Don Luis; primero, por la facultad, ya que estaba en época de exámenes y andaba estudiando mucho, a veces en mi departamento, otras veces en lo de algún compañero de grupo. Y segundo, también en ese entonces, el trabajo me estaba exigiendo demasiado, lo que me dejaba poco tiempo y volvía al mi departamento solo a comer, a bañarme o a pernoctar, para que al día siguiente, vuelva todo a empezar.

Librado un poco de mis obligaciones y quehaceres, un sábado a la mañana vi que la mujer de Don Luis, intentaba cruzar sola la calle. Baje rápido, y al trote, recién pude alcanzarla en la plaza yendo por la diagonal hacía el asiento dónde nos ubicábamos nosotros. Al encararla, le pregunte con una sonrisa por el mi amigo, el Señor de las Palomas. Ella me miró con inmenso cariño y no pudo contener unas lágrimas en sus ojos. Me dio la bolsita con las migas, y sin decir nada se dio media vuelta y volvió a su departamento.

En principio, sentía que estaba parado en medio de un desierto, no en la plaza. Luego de un rato, continué por el camino a un ritmo lento. Al llegar al banco, me deje caer sobre él, con toda la pesadez de la ausencia, me faltaba mi querido compañero y amigo. Al rato, noté que algunas palomas me habían seguido por el camino revoloteando algunas, y otras a paso ligero para alcanzarme por el suelo. En mismo momento que llenaba la palma de mi mano con las miguitas, se me sentó al lado un pequeño espectador, su madre lo vigilaba a unos metros de distancia. Lo miré fijo y le pregunté: “¿che pibe, estás listo para ver algo increíble?”. Me respondió con una sonrisa. En ese momento, lance por el aire un gran puñado de migas de pan para mis amigas


20/09/2015






martes, 8 de septiembre de 2015

Qué pasó... (II)

Qué pasó con esos besos,
con los que no nos besamos...
habrán quedado colgados
en alguno de nuestros sueños.

Qué pasó con los abrazos
que nunca nos dimos...
los habremos olvidado
en momentos para no recordar.

Qué pasó con las caricias
que no nos acariciaron...
quedaron marcadas
en algún rincón del corazón.

Qué pasó con la vida
que nos íbamos a dar,
no la tienes tu, no la tengo yo,
a quién le prometimos entregar...

08/02/2003

jueves, 3 de septiembre de 2015

Qué pasó... (I)

Qué pasó con tu mirada…
que tan distante se encuentra;
Qué pasó con tus labios…
que ya no quieren besarme;
Qué pasó con tus manos…
que ya no tienen calidez para acariciarme;
Qué pasó con tu corazón…
que se calla sin darme una razón;
Qué pasó con tu cuerpo...
que cada vez lo siento menos;
Qué le pasó a tu alma...
que no te siento y se me escapa;
Qué le pasó a lo nuestro,
que un día dejó de ser tan bello...

27/02/2003

sábado, 22 de agosto de 2015

Rebelión en el Reyuno

“Erase que se era, cuenta el libro, un señor de vasto señorío. Todo le pertenecía…” (Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mueres - Mujeres - Eduardo Galeano)”

La batalla por la tierra empezó. Yo pude soñarla, pude anticiparme a lo que iba de suceder. No sé cómo explicarlo, es como que lo había vivido en otro momento. Lo soñé por alguna razón, para poder cambiar el resultado original de las cosas hasta el momento; para tener una nueva oportunidad; para poder realmente enfrentarme, más que contra el Rey y su ejército, enfrentarme contra mí mismo, mi realidad y la realidad de mis pares. Lo que soñé fue épico. Lo que soñé fue al ejército del Rey, pasarnos por encima de frente y por retaguardia. Soñé no que perdíamos la batalla, sino el honor y la posibilidad de ser libres.

Eran los días previos al enfrentamiento; nos habíamos cansado del hacinamiento; y, por sobre todas las cosas, estábamos hartos de ver morir a los nuestros por la hambruna y la peste. El rey se había autoproclamado dueño, amo y señor de todo el territorio. Como era de esperarse, él se había quedado con una gran extensión para sus lujosos aposentos. A nosotros nos amontonaba cual animales en una especie de galpón gigantesco sin divisiones, sin más abrigo que los cuerpos de nuestros propios vecinos.

Por las mañanas, una cuadrilla de soldados, promediando los cincuenta hombres entre infantería y caballería, nos iban a buscar abriendo la puerta en forma de cerca, nos daban las herramientas de labrado y nos guiaban hacia los cultivos para el trabajo diario.

Esa mañana, empecé a divulgar mi sueño a los más cercanos. Algunos de los nuestros, habían sido traídos de lugares remotos; eran de diferente contextura física, eran de diferentes colores, algunos pintados otros ya percudidos por el sol; pero todos, sin hablar la misma lengua, sabían lo que les estaba contando sobre mi sueño; entendían que ya no debía ser más un sueño, que debíamos hacer algo para cambiarlo. Ese día trabajamos durísimo, pasamos la voz, los ceños y las mandíbulas fruncidas, nos esperaba una larga noche de deliberación y organización.

Una vez guardados y retirados los guardias, fui el primero en levantar la voz:
-Ya basta de soñar con un presente diferente. Basta de vivir así. Seamos héroes para la memoria ajena y no mendigos de la historia. En nuestras manos está la posibilidad de cambiar nuestras vidas.

No hacía falta mucha retorica, nosotros no entendíamos de esas actividades cortesanas. Nos habíamos propuesto dos objetivos esa noche: morir por nuestra libertad y sobrevivir para contarlo.
Al salir el sol, la cuadrilla diaria fue a levantarnos. Nosotros estábamos listos. Nos dieron las herramientas para trabajar y comenzamos la caminata hacia las tierras de labrado. Teníamos que ser muy precisos. El aire estaba muy tenso en nuestras filas. Luego de una colina hacia abajo, llegábamos a las tierras, donde había una decena más de soldados. Todos ellos, los guardias y la cuadrilla estaban armados ligeramente, lo que permitiría una batalla cuerpo a cuerpo.

Antes de distribuirnos en nuestros trabajos forzados, grité con todas mis fuerzas la señal de ataque. Debíamos tenerlos a todos los guardias cerca, para evitar la escapada. Para muchos de nosotros, fue nuestra primera batalla; un par de centenares de trabajadores de la tierra contra unos pocos soldados bien entrenados y bien alimentados.

El reyuno no iba a ser nuestro, hasta no enfrentar a todo el ejército del Rey. Dimos el primer golpe sin muchas bajas. Un solo jinete se nos escapó, lo que nos llevaba a pensar que la réplica real, sería inminente. Ese mediodía, todos nosotros, sin distinción de edades o géneros, fuimos soldados.
Ofendido el orgullo real, Su Majestad en persona marchaba al frente de todo su cuerpo militar. Sumaban un total de cuatrocientos soldados, según alguno de los nuestros que sabía contar, para los que no sabíamos, observábamos columnas humanas marchar hacia nosotros. Esta vez, se daría la batalla final: nuestras vidas por la rebelión en el reyuno. Después de ese día, seríamos libres de cualquier forma.

Frente a frente el ejército real y los labradores revolucionarios. El Rey ansioso por demostrar su potestad, lanzó el ataque. Nosotros corrimos hacía un bosque de alamedas atrás nuestro para protegernos de la primera envestida. Solamente con los quince arqueros que tenía, podía disminuir considerablemente nuestro número, pero su soberbia real lo segó. Desde los álamos, saltaban los milicianos sobre la infantería y sobre los caballos. Magistral mente el único que aún quedaba sobre la bestia, era Su Majestad. Poco a poco, fueron cayendo de ambos lados. Nuestros hombres, mujeres y niños, peleaban con toda ferocidad. Los arqueros disparaban flechas en línea recta, para evitar bajas propias. Una flecha perdida, le dio al mismísimo Rey en el hombro, en el mismo momento que lográbamos derribar su caballo. Mezclado entre la multitud de cuerpos, quiso escapar cuando un grupo de nuestras mujeres, se abalanzó sobre él, abatiéndolo a golpes y a cullidas. Los soldados que quedaban en pié, comenzaron su retirada.

Al anochecer de ese día, con antorchas llegamos a las puertas del palacio. La guardia se veía drásticamente reducida. Sin mucho esfuerzo entramos hasta el patio central, obligando a la retirada de la corte del Rey. Terminada la cobarde huida, quemamos todo el lugar.

Al siguiente día, de las cenizas del lugar, empezamos a construir nuestro pueblo y a trabajar la tierra. En esta oportunidad: el trabajo sería para todos. No habría lujos que envidiar, lo producido era compartido por todos. A partir de ese momento, esas tierras dejaron de ser “El Reyuno” para llamarse “Libertad”.


22/08/2015







miércoles, 19 de agosto de 2015

Quisiera... (I)

Quisiera ser tu almohada
para acompañarte en los sueños.

Quisiera ser tu sábana
para poder cobijar tu cuerpo.

Quisiera ser la luna
para poder cuidarte por las noches.

Quisiera, también, ser el sol
para calentar tu cuerpo por las mañanas.

O... tal vez, quisiera ser la lluvia
para poder acariciarte con delicadeza.

Quisiera conquistar tu piel
para poder abrazarte aunque sea un instante.

Quisiera llegar a tu pensamiento...
para que no me olvides.

Quisiera ser tantas cosas;
quisiera... tan solo quisiera.

11/12/1998

sábado, 8 de agosto de 2015

Vivir en un sueño...

No se que sucede...
siento que estoy muerto;
pero: vivo en un instante
o solo existo en tu pensamiento?

Consecuencias de qué:
muerto en vida...
como estar suspendido en el tiempo,
que aún sigue transcurriendo para los demás.

El corazón bombea
trabaja, se sobrecarga...
sigo inmóvil, congelado,
y no logro sentir nada.

El tiempo se consume y yo igual, quieto...
el nuevo día amanece,
tu te despertarás
y te habrás olvidado de tu sueño.

04/10/2004