miércoles, 2 de diciembre de 2015

Reina de corazones


Dime cómo es estar en lo más alto;
dime cómo es ser tan bella y estar tan sola.

Dime cómo es mirar a nadie
y mirar a todos lados.

Dime cómo es saber de todos
y no saber lo que siento.

Dime: "acaba con tu vida"...
y con gusto la entregaré.

Manda a que entregue todo
y mi corazón estará postrado a tus pies.

Manda a construir una nueva morada
y abriré mi interior para que reines en él.

11/12/1998

domingo, 22 de noviembre de 2015

Los ojos en la ventana

“No deja de tentarme en las mañanas, la miel que deja el sol en tu ventana…” (La miel en tu ventana – Luis Alberto Spinetta).

Nervioso, ansioso, inquieto. Curiosos mis ojos miraban para todos lados. Si bien, ya conocía el lugar, a partir de ese primer día de clases, la escuela me iba a pertenecer por lo menos en los próximos cinco años.

Veía a otros chicos y chicas que también se encontraban desorientados buscando nuestras aulas, las que corresponderían a primer año. El secundario se abría para un centenar de nuevos alumnos, y las expectativas de todos diría yo, eran muy altas.

Algunos responsables, nos guiaban al patio de la escuela. La primera impresión fue como haberme transportado a un mundo diferente. El patio era un lugar inmenso a cielo abierto, estaba rodeado por las aulas, las ventanas daban hacía allí; había grandes canteros con helechos y plantas de las familias de las palmeras, también había arboles robustos, centenarios a mi perspectiva. Los cursos más grandes, ya se habían formado con  las indicaciones de sus preceptores. Por las galerías, se escuchaban los gritos de otros preceptores anunciando el curso que le tocaba. Entre tanto bullicio, escuché: “Primero Tercera por aquí…”; una voz bien aguda, se distinguió de todas las demás.

La directora, al empezar el acto de bienvenida, nos llamó la atención: “Primero Tercera, espero que no se les haga costumbre tanta demora para hacer fila”; acto seguido le llamó la atención a todo el alumnado por reírse y burlarse de nosotros. Al terminar con el acto, fuimos los primeros en retirarnos al aula. No se mis compañeros, pero yo sentía mucha cosquillas en el estomago, tanto que hasta creo que me temblaban las piernas.

Cuando entramos en el aula nos ubicando de forma espontanea en los bancos. Elegí cerca de la ventana al patio en busca de una sensación de aparente libertad y porque en mi anterior también me sentaba cerca de la ventana, como para no sentirme tan deshabituado.

A medida que la preceptora iba tomando asistencia, me colgué mirando hacia afuera a la ventana de otra aula que daba perpendicular a mi ventana. El sol de las 14:30 pegaba de lleno en el piso del patio y rebotaba hacia mi ubicación; una nube pasajera lo tapó por unos minutos, y me permitió ver algo asombroso. Del otro lado, en esa ventana precisamente, una mirada respondía a mis ojos. Esa mirada en la ventana, me hizo sentir los primeros calores de verano y me transportó a otra dimensión. Ocasionalmente, en ese instante de ceguera emocional, pude percibir una sonrisa entre dientes blancos y rubor en mejillas; entre tanta distancia y el patio abismal que nos separaba, pude ver unos ojos negros, realmente de color negro azabache, y unos bucles en el flequillo, que querían esconder de mi, a su mirada de mis ojos furtivos.

No sabía cómo se llamaba, no sabía qué curso era, no sabía cómo era ella. Sabía que estaba paralizado por esos ojos negros tras la ventana. Volvió el brillo del sol, al seguir de largo la nube con una brisa, salía de la ceguera emocional para volver a la otra ceguera, la del rebote del sol de la siesta. De pronto, sentí como que todo el curso me estuviera observando; volví en sí, y la preceptora estaba parada delante mío preguntándome el apellido, pues había terminado de tomar asistencia y yo no había abierto la boca para decir presente.

Durante toda la tarde nos estuvimos cruzando miradas, había veces que miraba yo hasta que ella se contactaba conmigo; había otras veces que era al revés; en ocasiones, teníamos como miradas sincronizadas, como que los dos dábamos vuelta la cabeza al mismo tiempo para mirarnos; en todas las veces, las sonrisas eran cómplices de nuestros ojos, que se perdían tímidos entre la distancia. A veces, no tan inocentes, nos hacíamos una mueca para ver la reacción del otro. Inconscientemente, jugábamos a sostenernos la mirada sin parpadear para ver quién ganaba.

Cerca del horario de salida, a mi curso nos habían informado que ese primer día tendríamos una hora de clase más y saldríamos más tarde. Al timbre de las 18:20, desde mi ventana, veía como todo el curso de enfrente se levantaba y se marchaba, y que ella me saludaba tímidamente con la mano izquierda, con todas las intensiones de no ser descubierta por sus compañeros. Y mis ojos le gritaban: “quedate, esperame, no te vayas, ¿te veré mañana?”; y un sinfín de cosas que al parecer su mirada no iba a poder escuchar.

Cuando finalizó por fin mi primer día de clase, guardaba malhumorado mis útiles en la mochila, sentía que tantas miradas, tanta conexión, habían sido en vano. Salíamos del curso, caminábamos unos metros por el pasillo con mis compañeros, teníamos que girar a la derecha para bajar por la escalera. De pronto, ella estaba parada en el descanso mirando a todos los que iban bajando; buscaba a los ojos que la habían atosigado toda la tarde. No estaba sola, le acompañaba una compañera haciéndole el aguante.

A medida que yo bajaba escalón por escalón, todo se iba nublando a mi alrededor; iba llegando al descanso, y todo fue quedando gradualmente borroso y mis ojos solo miraban a sus ojos. Mis compañeros, su compañera, las escaleras, el descanso, las luces, los relojes, sus carpetas, mi mochila, su sonrisa y mi sonrisa, otros alumnos y algunos docentes que también iban bajando por la escalera, la escuela, las luces, el ruido, los gritos y hasta el mismo silencio, todo… absolutamente todo, había quedado de lado por ver a aquellos ojos negros del otro lado de la ventana.

21/05/2015








sábado, 14 de noviembre de 2015

Veneno

Extraña sensación
me cruza por todo el cuerpo;
soledad sea tal vez
consecuencias de la desilusión.

Me trato de escapar
pero me entumezco,
y en mi mente quedan
anhelos de esperanza.

Me desequilibra tu partida
tu ausencia es el veneno
que lentamente me paraliza
ahuecando a mi corazón.

Algunas imágenes voy recordando,
unas más rápidas, otras menos fugaces;
y me quedo sin tiempo 
entre tus vivos recuerdos.

Dulce veneno el que he probado
no dejes a mi boca así al descubierto,
en este el último aliento...
sin el refugio de tus besos.

Te fuiste y es un hecho,
aunque no quiera alejarme de tu cuerpo,
solo queda el veneno
que va matando lo que queda por dentro.

14/05/2002

sábado, 24 de octubre de 2015

Lágrimas


Lágrimas de amor;
Lágrimas de rencor;
Lágrimas de felicidad;
Lágrimas de dolor;
Lágrimas de pena;
Lágrimas de reencuentros;
Lágrimas de ausencia;
Lágrimas por desamores...
Sumando a la locura por intentar
saber dónde estoy.
Lloro a la deriva, resignado,
masticando la dureza de saber
que no soy correspondido.
Lloro por la impotencia misma
de querer y no poder;
de amar y no ser amado;
de ilusionarme y ser ilusionado
por un fantasma.
Lloro por entender y aceptar
que mis lágrimas son de soledad.

25/05/2002

domingo, 11 de octubre de 2015

Amantes


Nos buscamos los dos. Ojalá fuera éste el último día de la espera (Jorge Luis Borges - El laberinto)


Como si fuera una historia repetida, como si todo volviera a dar vueltas, como si lo cíclico de la historia se convirtiera en un dejavu de historias de amantes, que se repiten trágicamente con el paso del tiempo. A veces más allá, otras veces más acá.

“Los amantes de Hasanlu”, le llamaron así a los restos fósiles humanos, encontrados envueltos en un abrazo en el lecho de muerte, aparentemente consumando un beso, sellando su pacto de amor traspasando todas las fronteras del tiempo. Lo mismo que “Los amantes de Valdaro”, otros restos fueron hallados también, amantes muertos de amor en un mismo abrazo, trágico final que ni los mismos antropólogos pueden entender si fue suicidio o un rito de muerte.

Shakespeare ya lo había relatado en la trágica muerte de dos jovencitos que se amaban con locura, y que llegaron a morir el uno por el otro, antes de poder jurarse amor eterno ante Dios. Romeo y Julieta, fueron ejemplo e inspiración de novelas, cuentos y relatos, donde los actores principales no eran ellos en realidad, sino que lo eran los ajenos, los que prohibían ese amor; también fueron protagonistas las costumbres, los odios y las peleas que no permitieron que estos amantes pudieran elegir y hacer crecer lo que sentían. Al parecer, en las clases de historia antigua y en las de literatura clásica, no estaba permitido el amor entre las personas.

Los amantes buscan ansiosos lo que no poseen; pretenden lo no pretendido; desean lo no permitido. Los amantes se buscan, se desean, se ansían, se imaginan, se extasían, se extrañan, se encuentran y se vuelven a buscar. Se exploran, se tocan, se besan, se acarician, se abrazan, se contaminan, se purifican. Los amantes se odian por instantes y se vuelven a amar, se pierden y se extravían, se desconocen y se vuelven encontrar para volver a amarse, volver a desearse y volverse a amar. Los amantes se extrañan viéndose de frente, se extrañan cuando deben extrañarse, y también, se extrañan cuando no hay que extrañarse. Los amantes son deseo constante, son deseos andantes, son deseos deseables, son deseantes limitados, son deseantes insatisfechos; en definitiva, los amantes son deseo.

Los amantes mueren por cada encuentro para poder revivir en un instante. Buscan el hechizo que los libere para siempre del castigo de desearse mutuamente, aunque ese “para siempre” sea solo aquel instante. En ellos el tiempo no es lo eterno. Los amantes mueren hoy por su sentimiento, mueren muriendo por los instantes que ellos hacen eternos; ellos se van creando y esculpiendo cada uno en el cuerpo del otro.

Ellos se deben esconder, pues, lo que sienten está prohibido, está censurado, está marcado o castigado. Los amantes deben esconder sus más profundas miradas; contener sus lágrimas, ya sea de dicha o de dolor; deben disimular las sonrisas, que son ocasionados por ellos mismos; las caricias, los abrazos, los besos, el sexo no pueden ser mostrados deliberadamente, pues, son todo para demostrarse entre ellos los sentimientos que van floreciendo y marchitando en cada encuentro. Deben esconder todo de aquellos que no los quieren juntos, de los que los quieren lejos, separados, cercenados, partidos, de aquellos que los quieren ver mutilados. Deben esconder eso que sienten, limitándose a darse por completo en una fracción de tiempo, destinada sólo a su encuentro. Los amantes, deben esconderse de los señalamientos, de los juzgamientos, de los otros que no los entienden, de los que puedan ensañarse con ellos y para quebrantar eso que los une. “Eso” que no tiene nombre, “eso” que no es amor, “eso” que no es admiración; que tampoco es odio, que tampoco es sumisión. Es solo “eso”, “algo”.

Los que juzgan y señalan, serán los próximos arqueólogos en inhumar cuerpos que no quisieron ser separados; estos serán también, los próximos letrados e historiadores que contaran, o inventaran, las hipótesis de por qué esos cuerpos estaban juntos; se preguntarán si debían o no debían; querrán entender qué significado tienen ante “eso” que tienen en frente; se querrán ver en ellos mismos en los personajes que están inhumando, creyendo que nadie tiene la culpa, o que todos tenemos una parte de culpa; que los amantes son inocentes o los hipotetizarán culpables de amor eterno, de amor póstume.

Los descubridores, serán los mismos que empujarán a los otros amantes a una misma conclusión fatal; y serán, los que en otro tiempo, nuevamente se sorprenderán y contemplarán la osadía del hallazgo de nuevos amantes sepultados, demostrando que, si bien las historias y las hipótesis van y vuelven, ni el tiempo podrá contra el amor, que algunos llegan a sentir hasta los propios huesos, y que pude trascender hasta la propia muerte de los mismos amantes.


10/10/2015

martes, 6 de octubre de 2015

Selva

Ese es el punto en donde quiero estar
el máximo pleno, mi gloria total.

Impenetrable selva
a tu corazón debo llegar
para mi soledad poder curar.

No te tengas miedo...
a tus secretos voy a llegar,
porque sé que los puedo guardar.

Muéstrame un claro y verás
que soy capaz de hacerte sentir
y que todos tus espacios puedo conquistar.

31/10/2002

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Qué nos queda... (la nada misma)

Qué queda después de las lágrimas,
que más que el dolor del alma
totalmente visibilizado en la piel.

Qué más queda cuando se fue lo que era todo...
nada. Solo queda la nada misma,
el vacío inmenso que deja el hueco de tu partida.

Que nos queda después de las lágrimas
sólo nosotros peregrinos mortales,
andantes de nuestras miserias.

Qué queda después del vacío
nosotros los errantes, que mas tarde o más temprano,
volvemos a encontrarnos, más aquí o más allá.

Entonces… hasta el próximo encuentro
cuando nos crucemos en el viaje de gira;
qué queda después del vacío… la nada misma.

27/09/2015

domingo, 20 de septiembre de 2015

El señor de las palomas

Dedicado a mi Tata Luis

Por esos años, vivía en un departamento en una esquina transitada del barrio. Cerca había un hospital, una universidad y justo al frente en la esquina opuesta a mi departamento, en diagonal, una plaza. Tenía unos caminos que acompañaban la vista de desde mi balcón, eran diagonales hacia el centro de la plaza, desde todos sus vértices, hasta llegar a su corazón, donde se erigía una enorme estatua, rodeados de palmeras gigantes, probablemente más viejas que mi propia existencia.

Vivía en un segundo piso, para la época de transición de la estación del invierno a la primavera, era mágico ver los lapachos distribuidos por toda la plaza florecidos en amarillo, violeta y blanco; y para no desentonar, a cada lado y por todo el recorrido de sus calles, despuntaban los azares de los naranjos, perfumando a toda hora. Era un paisaje que difícilmente pueda llegar a olvidar.

Mi balcón se volvía lugar para desayunar y almorzar, y al regresar del trabajo o de la facultad, se convertía también en una mesa ideal para cenar. Lo gracioso es que, mientras que comía en el balcón, abajo en la plaza vecinos de todos lados, se ponían a hacer ejercicio, y mientras corrían alrededor de la plaza, echaban un vistazo a mi balcón, creería que les hacía desear lo que estaba comiendo.

Me llamaba la atención uno de mis vecinos que vivía del primer piso. El señor, ya jubilado ochentón, al medio día bajaba con una bolsita en la mano, caminando con una chueca lentitud, como arrastrando la pesadez de todos sus años sobre su andar. Él iba caminando por la diagonal de la plaza y se perdía detrás de la estatua. Al rato, como a los cuarenta minutos regresaba por el mismo camino, ingresaba al edificio, se los escuchaba chancletear por un momento, para luego encender la televisión para ver el informativo, quizás. Esto se repetía siempre, en una mano el bastón, en la otra una bolsita; había veces que cruzaba solo, había otras veces que pedía ayuda a  algún oficial de policía que este en la esquina o a cualquier persona que estuviera de pasada; otras veces, las menos quizás, su esposa lo acompañaba, era una señora muy elegante y coqueta, se notaba desde lejos, a pesar de que ella no era de salir muy seguido que digamos. Los únicos días que no se veía esta escena diaria era cuando llovía o cuando hacía mucho frío.

Un medio día, estaba tomando unos mates y leyendo un libro en la plaza, aprovechando una hermosa media mañana primaveral, cuando tuve la posibilidad de contemplar aquella rutina del vecino más de cerca. El señor se llamaba Don Luis; venía de frente por el camino; como siempre en una mano con su bastón y en la otra la bolsita, hasta ese día no sabía qué es lo que llevaba en ella.

“Che pibe, acompañame”; me dijo. Caminamos hasta detrás de la estatua y al ubicar un banco cercano, se desplomo sobre el mismo con todo su peso. Me dio el bastón para que se lo sostuviera. Entonces abrió la bolsita con las dos manos y preguntándome si estaba listo, metió su arrugada mano, y la sacó llena de migas de pan. Le hice una mueca con las cejas levantadas a modo de respuesta, y él lanzó las migas por el piso, esparciéndolas lo más que podía con su añejada fuerza y su disminuida agilidad. Al instante, empezaron a revolotear decenas de palomas que estaban por los arboles y las palmeras cercanas. Al repetir la acción, las palomas se multiplicaron en número, revoloteando algunas; bailando en círculos y moviendo las cabecitas de arriba abajo entre las migas otras; exaltándose por picotear más y más con cada vez que Don Luis, metía y sacaba la mano de la bolsa. “Viste pibe, ellas estaban con hambre”, me comentaba. No dejaba de asombrarme, cómo estos animalitos gozaban del alimento que le habían llevado. Me comentaba después que esto hacia todos los días y que había veces, en especial los fines de semana, algunos padres dejaban que sus hijos más pequeños, se acercaran a juguetear con las palomas; o que, los perros que andaban paseando las corretearan para ahuyentarlas, y alguno que otro más angurriento, se tomaba el trabajo de comerse las miguitas que él había traído.

A partir de ese momento, empecé a sentir cierto grado de admiración por mi vecino. A pesar de sus años, todavía buscaba tener una responsabilidad, aunque parezca mínima, era muy importante, no para él, sino para sus amigas. Desde esa mañana, y cada vez que tenía desocupadas unas horas, me las arreglaba para pasarlo a buscar a Don Luis, y acompañarlo a alimentar a sus pequeñas palomas. En ocasiones, me llamaba desde el portero y me decía que ya estaba listo, y me esperaba en el hold del edificio hasta que bajara a acompañarlo.

Nos reíamos mucho en cada uno de nuestros encuentro, hablábamos mucho de muchos temas: de los equipos de fútbol del cual éramos hinchas cada uno; de las palomas y de los perros que iban a prepotaerlas; hablábamos más de las vecinas, que de los vecinos del edificio, y yo lo cargaba diciéndole que lo iba a demandar con su esposa, y ahí nomas, cambiaba de tema entre sonrisas, carcajadas y miradas cómplices; me contaba también de los tiempos litúrgicos, él era muy creyente y me decía que se hacía en cada uno de ellos. Pero nuestro mayor tiempo se nos pasaba entreteniéndonos inventando supuestos amoríos entre las palomas: “que esta señorita se había puesto de novia con aquel palomo, pero se peleo porque se había hecho el galán con aquella otra, o que la señorita de más allá, estaba más delgada porque quería llegar bien para el verano y poder casarse con este de más acá.

Por un par de semanas deje de acompañar a Don Luis; primero, por la facultad, ya que estaba en época de exámenes y andaba estudiando mucho, a veces en mi departamento, otras veces en lo de algún compañero de grupo. Y segundo, también en ese entonces, el trabajo me estaba exigiendo demasiado, lo que me dejaba poco tiempo y volvía al mi departamento solo a comer, a bañarme o a pernoctar, para que al día siguiente, vuelva todo a empezar.

Librado un poco de mis obligaciones y quehaceres, un sábado a la mañana vi que la mujer de Don Luis, intentaba cruzar sola la calle. Baje rápido, y al trote, recién pude alcanzarla en la plaza yendo por la diagonal hacía el asiento dónde nos ubicábamos nosotros. Al encararla, le pregunte con una sonrisa por el mi amigo, el Señor de las Palomas. Ella me miró con inmenso cariño y no pudo contener unas lágrimas en sus ojos. Me dio la bolsita con las migas, y sin decir nada se dio media vuelta y volvió a su departamento.

En principio, sentía que estaba parado en medio de un desierto, no en la plaza. Luego de un rato, continué por el camino a un ritmo lento. Al llegar al banco, me deje caer sobre él, con toda la pesadez de la ausencia, me faltaba mi querido compañero y amigo. Al rato, noté que algunas palomas me habían seguido por el camino revoloteando algunas, y otras a paso ligero para alcanzarme por el suelo. En mismo momento que llenaba la palma de mi mano con las miguitas, se me sentó al lado un pequeño espectador, su madre lo vigilaba a unos metros de distancia. Lo miré fijo y le pregunté: “¿che pibe, estás listo para ver algo increíble?”. Me respondió con una sonrisa. En ese momento, lance por el aire un gran puñado de migas de pan para mis amigas


20/09/2015






martes, 8 de septiembre de 2015

Qué pasó... (II)

Qué pasó con esos besos,
con los que no nos besamos...
habrán quedado colgados
en alguno de nuestros sueños.

Qué pasó con los abrazos
que nunca nos dimos...
los habremos olvidado
en momentos para no recordar.

Qué pasó con las caricias
que no nos acariciaron...
quedaron marcadas
en algún rincón del corazón.

Qué pasó con la vida
que nos íbamos a dar,
no la tienes tu, no la tengo yo,
a quién le prometimos entregar...

08/02/2003

jueves, 3 de septiembre de 2015

Qué pasó... (I)

Qué pasó con tu mirada…
que tan distante se encuentra;
Qué pasó con tus labios…
que ya no quieren besarme;
Qué pasó con tus manos…
que ya no tienen calidez para acariciarme;
Qué pasó con tu corazón…
que se calla sin darme una razón;
Qué pasó con tu cuerpo...
que cada vez lo siento menos;
Qué le pasó a tu alma...
que no te siento y se me escapa;
Qué le pasó a lo nuestro,
que un día dejó de ser tan bello...

27/02/2003