domingo, 3 de julio de 2016

No me pierdas...


El viento traía susurros en el aire, se distinguía una voz femenina que suplicaba “no me pierdas…” era casi como una súplica sollozante que hizo erizar toda mi piel. Cada vez que pasaba por el frente de esa casa al volver del trabajo por la noche, se repetía la escena. Una y otra vez. No eran en noches seguidas, sino en determinadas ocasiones. No me había dado cuenta de algún un patrón repetitivo hasta no haber transcurrido un tiempo. Hasta entonces, solo eran ciertas noches en donde escuchaba la voz de una mujer, que siempre decía y repetía la misma frase: “no me pierdas”.

Entraba a mi trabajo a primera hora de la siesta, cuando otros se acostaban a descansar unas horas, yo salía para la oficina. Y mi horario era hasta finalizar el día. Cuando los otros se iban a dormir, yo recién bajaba del colectivo para volver a casa. El barrio estaba en los suburbios de la ciudad a 40 minutos del centro, era un lugar tranquilo para ser no tan alejado. Los vecinos se conocían de toda la vida, cosa difícil que suceda en los barrios más cerca del centro. Con mi familia, nos habíamos mudado hace un par años y los vecinos todavía nos trataban como extranjeros. A pesar de ello, habíamos sido muy bien recibidos.


La parada del colectivo estaba girando por la esquina, tres cuadras hacia el sur. A mitad de trayecto, había una casa abandonada de fachada colonial, una de las pocas que quedaba en el lugar. Antaño, cuando recién se asentaba la ciudad, era considerada como casa de descanso, pues estaba fuera de la urbe central. Con el paso de los años, el barrio había crecido mucho y las nuevas casas se mezclaban con el paisaje añejo de la casa abandonada.

La estructura se mantuvo de pie en todos estos años, con sus dos pisos (planta baja y primer piso) y con sus balcones al frente. En el lateral derecho del porche de acceso, había una galería con baranda de cara a un amplio jardín descuidado. La antigüedad del inmueble, se hacía notar por el sarro acumulado sobre las paredes y en la pintura descascarada y de color blanco muy ensuciado. La entrada de la casa era por una pesada verja que denotaba herrumbre y una pirca agrietada que sostenía también a un portón.


Una noche de luna llena, como otras tantas al volver del trabajo, al pasar por el frente de esta casa, escuché una vez más el susurro: “no me pierdas…”; a la vez sentí, por un instante como una brisa que me abrazaba. Observé de pronto, un destello blanco como una silueta de mujer, que se movía en el interior de la casa, y que se ocultaba entre las celosías de madera de una de las habitaciones del primer piso.


Confieso que me quedé atónito por unos minutos ante semejante experiencia. En otras ocasiones no había percibido ningún movimiento en su interior. Como me encontraba parado cerca del cordón de la vereda, un bocinazo de un auto al pasar por la calle me hizo reaccionar. De un salto, me puse en resguardo más adentro de la vereda. Aún parado de frente a la casa sentí una vez más una brisa que me abrazaba, en esta segunda oportunidad, era aún más helada que la anterior. Tuve la sensación de que esa brisa me acariciaba y me sostenía la cara, subiendo por el cuello por el lado derecho y dirigiéndose hasta el oído; una vez más, pero en esta ocasión con más claridad, escuché:”por favor… no me pierdas”. La suplica me recorrió por toda la espalda, hizo temblar mis piernas y llegué a perder el equilibrio. En un acto de reflejo, salí corriendo y no descanse hasta llegar la puerta de mi casa.


Con mezcla de vergüenza y de temor a burla, decidí no contar lo ocurrido a mi señora. Me autoconvencía, a la vez, que lo que había pasado no real, que pudo haber sido producto de mi cansancio. Así, con toda esa mezcla de sensaciones disimuladas, entre a cotidianeidad de casa.

***

Hubo una vez una dama que pertenecía a los centros más altos de la sociedad de los años 1920. A pesar de su juventud, se había casado con un inversor de ferrocarriles, que se había mudado hace pocos años a la cuidad. Se habían conocido casualmente en patio central de la estación de trenes. Él llegaba desde la metrópolis y venía a hacer negocios; mientras que ella esperaba en un banco a una tía que viajaba desde Rosario en el mismo servicio. Cuando él bajó, desde el estribo del vagón le posó la mirada a esa bella joven que bestia de blanco y desde ese momento, él hizo todo lo posible para poder acercarse y cortejarla.


Meses después de este encuentro, y luego de haber realizado un importante lobbie con Don Quinteros, padre de Lucrecia, se casaron y se mudaron a una casa en los suburbios de la ciudad, muy cerca de la nueva estación de trenes de carga. Estación que el flamante marido financiaba a través de la representación de una empresa inglesa. El inmueble, era propiedad de la familia Quinteros y era utilizada hasta entonces como casa de descanso.


Dicen las historias contadas por los más viejos del barrio, que la pareja se amaba con locura; que era realmente verdadero lo que había en sus corazones, porque el amor que se tenían, se reflejaba en la mirada de ambos. Dicen que era tanto el cariño, el respeto y la admiración que se tenían, que en una sociedad aún dominada por la opinión machista, el joven marido no solo escuchaba a Lucrecia, sino que también defendía su forma de pensar ante otros hombres que menospreciaban la palabra femenina. Dicen que él recibía correspondencia marcada con un sello de cera, y que esas cartas eran las únicas que él leía en privado; el resto, otras cartas y periódicos locales o de la metrópolis, los leía en compañía de su esposa.


Dicen que una tarde, se escucharon desde las instalaciones del ferrocarril, a casi 150 metros, los gritos del matrimonio. No se entendía sobre qué, pero estaba claro que discutían por algo. Dicen que esa fue la primera de las dos únicas veces que se los hoyo discutir. Algunos en el barrio, especulan que el caballero “no era entero”, aludiendo a que el joven era amanerado, pero nadie pudo confirmar si el caballero tuvo inclinaciones sexuales intolerables para la época. Otros relatos más novelescos que recogí, dicen que él tenía otra familia constituida en la cuidad capital y que hasta tuvo hijos de pequeña edad, antes de emprender su empresa en esta localidad, y que la correspondencia con el sello que recibía y que leía en privado, eran de su otra familia.


Dicen, que la primer discusión que el joven matrimonio mantuvo era porque Lucrecia “no le daba hijos” al caballero. Y que la segunda y última discusión, fue muy agresiva pero no se supo la razón. Se escuchaban gritos y bajillas o vidrios que estallaban en el interior de la casona. Dicen que al día siguiente de este último altercado, al caballero no se lo volvió a ver más por la localidad, no así, en alguna nota esporádica que era publicada por el diario metropolitano, cuando trataban temas sobre los trenes. En cambio, de Lucrecia, no se supo más. Como si la hubiera tragado la tierra. Fue buscada por su familia por algunos años; tiempo después y luego de perseguir pistas inciertas, simplemente se abatieron a la idea de que había muerto y realizaron una sepultura sin cuerpo para “hacer el duelo” familiar.

***

Mientras continuaba averiguando, no muy sistemáticamente, datos que fueran relevantes a la historia de la casa abandonada, fui descartando mucha información que parecía descabellada y, a la vez, fui armando una suerte de rompecabezas imaginario, apoyado en una libreta de mano donde iba apuntando todo. Además, iba realizando conjeturas de lo que podría haber sucedido. Una de mis causas posibles era que ella no había muerto, sino que se fue de la ciudad y hasta podría haber cambiado de identidad por vergüenza a lo que dirían su familia y los demás habitantes de la cuidad, al enterarse de que su marido había abandonado, esto explicaría su desaparición. La segunda era que ambos se habían mudado, cansados de vivir a la vera de la futura estación de trenes de carga, y que se habían establecido en otra ciudad y que las dos discusiones que habían mantenido, tendrían que ver con el tema de dejar todo, hasta su propia identidad.


Además, lo que más alimentaba mis conjeturas no eran los dichos y la información recabada, sino que no volví a ver ese destello en las noches posteriores. Ni volví a escuchar los susurros y las suplicas en el viento. Tenía sentimientos encontrados, como una suerte de paradoja, pues, realmente no quería revivir la situación escalofriante de la otra noche, pero a la vez, si sentía la necesidad de volver a toparme con aquella cosa (por nombrarle de algún modo hasta que pueda confirmar alguna de mis conjeturas). En mi afán de querer comprender lo que había visto aquella vez, me desviaba cada vez más de la única posibilidad que tenía de saber (si es que realmente es eso lo que quería saber) si lo que vi aquella noche fue real o simplemente delirio personal. Al final, con el paso de los días, se iban diluyendo mis conjeturas, pues, cada vez encontraba menos datos certeros, y así, fui perdiendo interés en seguir buscando.

***

En otra oportunidad, volviendo a casa en mis horarios habituales, iba semidormido en la butaca del colectivo. Cual mecedora, el ritmo oscilante de arrancar y frenar en las esquinas, ayudaba a que me sintiera más cerca del sueño que de la realidad. En Últimos giros por las esquinas del barrio, el chofer como si lo hiciera a propósito, pasaba por una parte de la calle que se encontraba llena de baches y nos sacudía de manera importante. Eso me indicaba que estaba cerca de mi parada, lo que ayudaba, a su vez, a despabilarme y a prepararme para descender.


Era una noche aclarecida por el reflejo plateado de la luna. Al pasar por el frente de la casa abandonada, escuche el susurro nuevamente. La paradoja se hacía evidente; en principio sentí alivio porque estaba deseoso de que se produzca un encuentro, como para no sentir que el yo el que estaba enloqueciendo. Pero a la vez, sentía un enorme temor por lo desconocido, porque no tenía ninguna certeza de qué es lo que producía esta aparición.


Me encontraba en medio de la vereda de la casa, a diferencia de la otra vez, sentí en esta ocasión que la brisa helada me abrazaba con suavidad. Mis piernas igualmente se paralizaron, y comenzaba a invadirme el temor nuevamente y no podía salir huyendo.


En ese momento apareció mi esposa, Laura, que me sacudió un poco y acusaba que me estaba hablando y que no le prestaba atención. Le pregunte de inmediato si sentía una brisa o voces sollozando. Ella me contestó que era probable que estuviera enfermo porque no había brisas ni voces, que solo estaba ella de frente mío. Fuimos hasta un almacén que estaba cerca para comprar unas cosas que faltaban en casa y en el trayecto de vuelta, me animé a contarle la experiencia recurrente tenía al pasar cerca de la casa abandonada.


Laura, ya no creía que estaba enfermo, sino que aseguraba que estaba demente. Se burlaba como creyendo que yo le tomaba el pelo a ella; luego se retractaba y decía que probablemente estaba pasando por un pico de estrés e insistía que tomara vacaciones. Al pasar por el frente de la casa abandonada miramos los dos hacia el interior y nos quedamos parados un largo rato al lado del portón oxidado. 


Al rato, y cuando estábamos por desistir, vi como una exhalación que deambulaba en el interior de la casa.


- “Entremos”; le propuse a Laura. Ella me repetía que estaba loco; que nos iban a denunciar por invasión de propiedad privada. “Si de verdad crees que estoy loco, no me sigas la corriente, en cambio sí considerás que estoy y que vivo dentro de mis cabales… y me amas tanto como me lo decís siempre, acompañame en esta”; por la insistencia, Laura, quedó en una situación muy incómoda, tenía que decidir en esta encrucijada.

***

El protón oxidado de la entrada tenía una hendija por donde pudimos entrar, la casa estaba ubicada a unos treinta metros en el interior del terreno. Caminamos hasta la entrada por un sendero entre el follaje del jardín descuidado. Subimos por unos escalones que nos llevaron a la galería y luego teníamos en frente nuestro la puerta de ingreso a la casa. Su madera estaba casi podrida en su totalidad por el tiempo y la humedad; los pisos de la galería, también de madera, resistían el peso de nuestro pasar pero crujían con cada paso que dábamos. Nos encontrábamos agitados no tanto por la caminata en sí, sino por afrontar lo desconocido de la casona. No tuvimos que hacer demasiado esfuerzo para entrar, pues, la puerta estaba empotrada en el marco.


Ya en el interior, nos topamos con la escalera que daba a la planta superior. Hacia la derecha había una abertura que daba a una especie de living-comedor, se apreciaban distintos muebles cubiertos por telas; y hacia la izquierda, otra abertura que daba a lo que fue en algún momento la cocina. Escuchamos ruidos de pisadas arriba, segundos después unos gatos que salían huyendo. Escuchamos también ruidos de aleteos, que por la hora y la oscuridad no pudios distinguir qué animal podía ser.


- “¿Qué estamos buscando?”; me preguntó mi mujer. Al no saber qué contestarle, solo atiné a quedarme en silencio. “Lo escucho, Fabián, escucho el susurro…”; me dijo. Es en ese momento Laura empezó a creerme.


Subíamos por la escalera y escuchamos una vez más: “No me pierdas… no me pierdas…”; al mismo tiempo empezó a correr una brisa helada por entre medio de nosotros. Al llegar al descanso de la planta alta, nos encontramos con las aberturas de las habitaciones y el baño (ya no tenían puertas); se apreciaba las persianas que daban hacía el balcón y a lo lejos, el movimiento y las luces de la calle. La brisa empezó a tomar mayor velocidad y cuerpo y continuaba circulando entre medio de nosotros, lo que hizo que nos asustáramos aún más.


De pronto, el susurro cambió: “por fin volviste… por fin… ¡Volviste!”; mi señora gritó muy fuerte y empezó como a correr en círculos porque no encontraba la salida. Le tomé la mano y corrimos en dirección a las escaleras. Bajamos lo más rápido que pudimos y sin darnos cuenta, llegamos hasta el portón de entrada.


Ya sentados en casa, nos miramos de frente y mi señora empezó a acribillarme a preguntas: “¿Qué era cosa eso? ¿Cómo es eso que ‘por fin volviste? ¿Qué significa ‘por fin volviste’?; (y nuevamente) ¿Qué era cosa eso?”.


No supe cómo qué contestar. Solo movía la cabeza mirando el suelo. Sin entender qué es lo que había sucedido en la casa abandonada, no hice otra cosa que quedarme en silencio.

***

Hacía mucho que no veía a mi abuela Ángela. Ella vive en la Metrópolis, y desde que nos casamos y nos mudamos a nuestra ciudad con Laura, dejamos de frecuentarla con visitas. Extrañaba su comida y me recibiera con mates y medialunas. Después de la última experiencia y de lo aterrados que habíamos quedado, decidimos tomarnos unos días de descanso y aprovechar para verla. Tenía el presentimiento que este viaje podría ayudarnos con el misterio, no sé bien cómo o de qué manera.


Mi abuela tenía 90 años. Andaba apoyada en un trípode y arrastraba los pies, se notaba la pesadez del paso de los años en cada paso. Su voz se quebrantaba con cada palabra que emitía. Si tenía una increíble lucidez, como si los años le habrían pasado factura sobre su cuerpo, no así en su memoria. Solo al vernos llegar, nos reconoció de inmediato y hubo que estar muy cerca y atentos a ella por temor a que la emoción de vernos le hiciera daño.


En el almuerzo, le preguntábamos a propósito del abuelo, porque ella se sonrojaba, pues, siempre había sido tímida al hablar del viejo. La Bobe (como le decíamos en la familia a la abuela) recordó que “el viejo viajaba mucho en sus años mozos. Todavía no trabajaba en el banco, no andaba tan buenmozo de saco y corbata”; con el trabajo con el que yo lo conocí de chico. Continuó diciendo que “el viejo trabajaba para el ferrocarril, tenía un puesto prestigioso y viajaba mucho a diferentes ciudades, como la que viven ustedes ahora, para llevar las vías y el progreso del tren a todos lados…”. Había perdido la cuenta de cuántas veces nos había contado lo mismo, pero siempre fue grato ver cómo se sonreía al hacerlo. Agitada por el esfuerzo y la emoción, me hizo señas para que me acercara, se sonrío frunciendo los labios, mientras acariciaba mi rostro con su mano temblorosa; me miraba fijo con ojos humedecidos y movía la cabeza, con gesto de que quería decir algo más, pero no podía hacerlo.


Más tarde, la Bobe se fue a dormir, decidí acostarme con ella y acompañarla. Sin ninguna animosidad en particular, solo quería estar su lado. Mientras dormía le acariciaba sus canosos cabellos y la miraba con una luz tenue que entraba desde el pasillo. De pronto, mientras que ella dormía comenzó a llamar a mi abuelo y a balbucear palabras sueltas: “Arturo… Arturo; ¿cuándo vuelves…? Arturo ¿qué has hecho?”; le tomé la mano para tranquilizarla y ella se agarró con firmeza a la mía diciendo: “por favor, Arturo, vuelve…”. Luego entro en sueño profundo y no emitió palabra alguna.


Se terminaba el fin de semana, y a la vez, también se terminaba nuestra visita. Estábamos por tomar un taxi, cuando la mujer que cuidaba a mi abuela me hizo llamar. Dentro de la casa nuevamente, mi Bobe me hacía señas mostrando urgencia. Me puse de frente y ella me abrazo fuerte, y me dijo al oído: “el viejo anduvo con una vecina tuya, si la ves a Lucrecia, dile que él lo sentía mucho… dile que él la quiso mucho…”. La Bobe lagrimeo por un momento y me coloco una cadenita con una moneda colgando que usaba mi abuelo. “Para la suerte”; fue lo último que dijo para luego volver a sonreír.


Le di un beso en la frente a la Bobe, y por dentro empezaron a cerrarme muchas de las hipótesis que venía pensando sobre la casa abandonada. Pero aún, no tenía idea de cómo podía transmitir ese mensaje. Sé que mi abuela supo desde el primer momento en que llegue a su casa, por qué fui a visitarla. Ella lo supo desde siempre, antes que yo, tal vez intuición de vieja nomás. Sé que tenía que cerrar una historia que mi abuelo había dejado abierta hace mucho tiempo, pero no sabía cómo.

***

Bajé del colectivo y caminé en dirección a casa. Esa noche percibía un aroma a jazmines mezclados con azares de naranjo por todos lados. Caminaba distraído pensando en las tareas que me habían quedado pendientes del trabajo. A medida que me acercaba a la casa abandonada, el perfume era más penetrante y no me di cuenta de este detalle hasta no estar de frente al inmueble.


Reconocí un pañuelo que mi mujer usaba con frecuencia en su cuello que se encontraba atado al portón de entrada de la casona. De pronto, me vino una suerte de desesperación y busqué mi celular para comunicarme con ella. Al instante, empezó el celular de Laura comenzó a sonar en el interior de la casa. Sin dudarlo un momento más, entré y comencé a correr en dirección al interior de la casa.


Encontré el teléfono en el piso y no dejó de sonar hasta que finalicé la llamada. Con voz temblorosa y susurrante la llamaba: “Laura… Laura, ¿dónde estás? Laura…”.


- “El tiempo me ha castigado con tu ausencia…” se escuchó como respuesta. Era el timbre de voz de Laura, pero a la vez no la reconocía como suya; insistí llamándola, pero lo que se escuchó como respuesta fue: “por favor, no me pierdas otra vez…”. Sentí la brisa helada que me atrapaba con firmeza; vi que Laura se acercaba a mí con paso lento pero firme y con cada paso, se levantaban como vuelos de su vestido blanco. Cuando estuvo cerca, pude ver que ella no era mi mujer, era Lucrecia que personificándose en el cuerpo de mi Laura. Caí de rodillas al suelo llorando y Lucrecia acariciaba el cabello, de pie a mi lado.


- “¿Qué le hiciste a Laura, dónde está?; le pregunte con gran congoja.


- “Después de tanto tiempo de esperarte, sólo te importa ella… y mi tiempo ¿no cuenta?”; se notaba un tono de enfado en la voz de Lucrecia;


- “Solo estoy preocupado en su bienestar”, le contesté temeroso.


De pronto, ella lanzó una pregunta que por la que había esperado tanto pronunciar:


- “¿Por qué, Arturo, por qué te fuiste?” De repente, toda la casa se iluminó con luz natural, como si fueran las cuatro de la tarde. Ya no me encontraba en el piso, sino parado de frente a Lucrecia, vestido con ropa de época. A unos metros vi en el reflejo de un espejo que yo estaba personificando a mi abuelo. En ese momento me quedó todo claro: mi sangre es la que llevaba la marca de las cosas inconclusas que dejó mi abuelo en su juventud; la misma sangre es la que debía cerrar esta historia.


- “¿No te gusta, Arturo, que estemos juntos de nuevo? Esta es una nueva oportunidad que el amor nos da para que podamos compartir nuestras vidas juntos…”; dijo Lucrecia, esperanzada de tener a mi abuelo frente a frente. Me abrazó cálidamente, como si nunca se hubiese separado de mi abuelo.


Fue en ese momento que recordé las palabras de mi abuela: “si la ves…dile que lo sentía mucho… dile que él la quiso mucho…”. Levante la cabeza, miré de frente a Lucrecia y dije con mucha consternación, con mucho pesar y mucho dolor: “perdón, Lucrecia, no quise…, no pude y tuve miedo... ¡Lo siento!”.


La dama de blanco rompió en lágrimas. Quise acercarme para contenerla, y un estruendoso rayo de luz interrumpió la escena, un fuerte viento invadió toda la casa haciendo volar el polvo y telas que cubrían los muebles. Cuando abrí los ojos estaba nuevamente de rodillas en la planta alta de la casa y Laura entre mis brazos. Una luz blanca y resplandeciente se dirigió en nuestra dirección, con una voz clara y dulce dijo: “¡gracias…!”; luego despareció. Con Laura nos abrazamos fuerte y nos preparamos para salir de la casona.


Al bajar las escaleras, empezamos a escuchar un rechinar constante de madera. En planta baja, el sonido era aún más constante, como que toda la estructura de la casa comenzara a ceder. Entre las maderas y la alfombra del piso de la sala del living, se vislumbraba el mismo destello de luz que tenía la dama de blanco.


Levantamos la alfombra y quitamos el parque viejo del piso y vimos que Lucrecia, en nunca se marchó, siempre estuvo allí dentro de la casa; la casa en realidad nunca estuvo abandonada. No sabremos nunca como acabó allí, si sus familiares, mi abuelo u otras personas, además de nosotros, la habrán buscado. Lo único cierto es que Lucrecia estaba ahí, frente a nosotros una vez más. En ese momento, tuve el reflejo de quitarme la medalla que era de mi abuelo y la dejé junto al esqueleto vestido de blanco.


Con Laura queríamos volver a taparla, pero empezaron a caer pedazos del techo por todos lados y tuvimos que salir corriendo de la casa. Cruzamos el jardín y de ahí hasta la vereda para estar a salvo. Cuando nos dimos vuelta para contemplar el derrumbe ya no quedaba nada de la vieja casa.


Días después, la municipalidad local, removió los escombros de la casona, limpio el parquizado y modificó el terreno para convertirlo en una plaza. De Lucrecia, o de lo que quedaba de su cuerpo, no supimos nada más.


En ocasiones, salimos con Laura a pasar la tarde y a tomar unos mates en la nueva plaza y sentimos que corre una brisa helada en pleno verano que nos recuerda a Lucrecia. Otras veces, al volver del trabajo y cruzar por la plaza, me pregunto en silencio: ¿qué habrá pasado con ella? Y la brisa susurra una respuesta: “aquí estoy… esperando".


29/07/2016

miércoles, 4 de mayo de 2016

Como en un sueño


Caminamos por la ciudad,
no queda tema sin hablar
ni cuadra en la que nos unamos
en interminables abrazos.

Disfrazamos la realidad
para verla a nuestro modo,
son diferencias de colores
ni con texturas opacas.

Con besos y caricias
nos gozamos el uno con el otro
más que cualquiera
en este mundo.

Pero siempre sucede algo,
lo imposible que me hace acabar...
vuelvo a la realidad sollozando
queriendo cerrar los ojos otras vez.

Sueño un sueño recurrente
lo mismo todos los días,
tal vez para convencerme
de que alguna de esas veces serás mía. 

19/08/2001

martes, 5 de abril de 2016

Todo por vos...


No importan las lágrimas,
tampoco las angustias que pasé;
importa mucho menos los esfuerzos
y los sacrificios para llegar hasta vos.

No importa cuánto te pude haber imaginado,
tampoco cuánto pude haber soñado;
importa mucho menos las veces
que anhelé entre mis brazos.

Cada resbalón y cada caída...
todos aprendizajes
para que no importe nada más...
para que estés acá.

Qué más puedo darte que no sea mi existencia...
qué más puedo enseñarte sino que rendirme jamás!
Qué dejarte sino deudas, más que mis riquezas...
qué dejarte sino la libertad, más que mis propias cadenas...

Siempre he querido dejar una marca,
algo distintivo para compartirlo con todos...
qué otra cosa más indeleble para el mundo
que mi esencia en tu propia existencia.

Puede que sepa nada de todo,
puede que me tengas que enseñar;
puede que vayas a tener paciencia
puede que no sepa explicar el milagro que eres.

No te puedo prometer maravillas,
pero prometo no va a quedar cosa por hacer
para que sonrías más veces de las que llores
prometo todo... por vos.

05/04/2016 

domingo, 20 de marzo de 2016

Indiferencia

Fumando de a poco el tiempo
como para que pasen los minutos
pateando las ilusiones que conviven
entre mi locura y mi dolor.

Aunque muera en intentos,
trato con mucho esfuerzo
de llamarte la atención
y no logro más que fracasos.

Ausencias que lastiman
indiferencias que quedan marcadas;
tus recuerdos me persiguen
pero tu silencio me tortura.

09/07/2002

domingo, 31 de enero de 2016

Soledad

Soledad... de morir en uno mismo.
Soledad... y estar desamparado.
Soledad... para protegerse de algo.
Soledad... para olvidarse de alguien.
Soledad amiga en el llanto.
Soledad que se ríe y se burla.
Soledad que se jacta de estar sola.
Soledad que te consuela.
Soledad siempre presente...
Soledad siempre paciente...
aguardando el momento preciso
para hacerte compañía.
Soledad que eres fiel.
Soledad que eres noche oscura.
Soledad que eres muda
para que otros se desahoguen.
Soledad que eres sorda
a llantos desolados.
Soledad que te encuentran
pero sin que te busquen.
Soledad que lastimas...
pero que más cicatrizas.
Soledad compañera de los solitarios,
para no estar más en soledad.
11/12/1998

martes, 19 de enero de 2016

El bosque de álamos



Mis abuelos vivían en otra provincia, de niño implicaba toda una aventura al momento de llegar los meses de vacaciones, ya que con mi familia viajábamos para verlos y compartir varios días. De todas las veces que fui, un año en particular, fue el que me dejó marcado para toda la vida.

El pueblo donde ellos vivían, era alejado de la parte más urbana de la cuidad. Había que subir algunos kilómetros por una lomada para poder llegar a Valle Preciado. No podía tener mejor nombre. Era una localidad pequeña, rodeada de cerros y montañas, no más de ocho manzanas a la redonda. Todos los habitantes se conocían entre ellos, pues, la mayoría vivía allí de toda la vida. Aunque, últimamente había empezado a tener más visitas de turistas, era un lugar ideal para descansar.

Recién cumplía los 15 años y mi hermano casi 11. La adolescencia, fue una etapa en la que mayormente quería estar más tiempo solo. Y Gustavo, mi hermano, estaba en una etapa en la que le pasaba todo lo contrario y no se me despegaba de encima en ningún momento; a donde sea que me mandaban a comprar algo, el venía conmigo como si fuera mi sombra.

En el pueblo había un local donde vendían de todo, era una especie de proveeduría que estaba a trescientos metros de donde estábamos. Se podía conseguir desde alimentos hasta artículos para el arado de la tierra. Esa misma tarde que llegamos, nos mandaron, a mí y a mi sombra, a comprar algo para acompañar la merienda. Cuando nos íbamos acercando, de lejos vi unos cabellos dorados, como si fuera que el sol del atardecer los hubiera pintado, estaban sueltos y volaban al ritmo del viento que generaba una señorita pedaleando su bicicleta. Ella giraba en círculos con otras dos señoritas más, pero era la rubia la que se destacaba de todas. De todas las veces que debí haber ido hacer los mandados, solo o acompañado, en esos días o en años anteriores, no recuerdo haber visto semejante cosa. Si cosa. Porque hasta el día de hoy, me cuesta poder describir tanta belleza e inocencia encerrada en una señorita. A medida que nos seguíamos acercando con mi hermano, podía apreciar más detalles. Me empezaron a temblar las piernas y me puse nervioso sin saber por qué; empecé a sonreír como tarado, hiciera lo que hiciera, no podía dejar de sonreír. Comencé a sentir que mis pasos se alivianaban tanto que parecía que iba levitando. A su vez, no podía dejar de mirarla y juro que por más que lo intentaba, no podía ser disimulado. Llegamos a la proveeduría y como para pasar desapercibido, me tropecé con el primer escalón de la entrada. Mi hermano se burlaba a carcajadas y yo no sabía cómo ocultar mi enrojecimiento.

Por fin logramos entrar, y nos dirigimos a las góndolas de la panadería. Escuché que la puerta se volvía a abrir y a cerrar detrás de nosotros. El encargado del lugar decía con una voz muy cariñosa “venga mija. Hágalo feliz a su abuelo. Baile conmigo esta milonga…”; inmediatamente después, le subieron el volumen de una radio escondida debajo del mostrador, y con un sonido muy latoso, el señor se puso a bailar con la misma señorita a la que no podía dejar de mirar al llegar.

En ese momento, me olvidé de todo lo que se me había encargado comprar. Me olvidé de dónde estaba. Se cegó todo mi alrededor, menos una sola cosa: ella bailando con su abuelo. Me obnubilaba con la delicadeza con la que se movía, era la misma delicadeza con la que le miraba y le sonreía al viejo. Escuché en un instante el “chan-chan”, con el que finalizaban los tangos y las milongas, y empecé a sentir que mi hermano me tironeaba una manga de la camisa y que me tironeaba, también, para que avanzara hasta el mostrador para hacer el pedido. Debo confesar que me costó muchísimo acercarme al mostrador y pedir pan para la merienda.

Con voz entrecortada, temblorosa y tímida, salude a todos en general. Ella me miró fijo y con mucha dulzura me respondió y me preguntó qué necesitaba. El abuelo miraba atento la escena, pero no quiso intervenir. Una vez que me dio todo lo que buscábamos, y luego de pagar, nos retiramos caminando muy rápido. En el camino de vuelta, mi hermano seguía burlándose con lo del tropiezo, también y sumó burlas tarareando una canción inventada que decía: “le gusta ricitos milonguera…”; y yo le pegaba tincazos para que se callara.

***

En los días posteriores, cada vez que llegaban los horarios de la preparación de almuerzo, merienda o cena, me desesperaba por dentro, y me hacía el comedido por fuera, para disimular el verdadero interés que tenía de fondo: ir a hacer los mandados. Cuando me mandaban a la proveeduría, no demoraba en alistarme para salir. En cambio, si demoraba al volver con todas las cosas. Había veces me olvidaba a propósito algunas de las cosas que compraba, solo por el hecho de volver al local, y tener la posibilidad de cruzarme con aquella señorita. Y en una de esas tantas veces, pude averiguar cómo se llamaba:“¡Ángeles… teléfono, veni!, gritó su abuelo.

Ese nombre, resonó en mis oídos como un címbalo agudo y persistente. Repetía y volvía a repetir su nombre. No podía llamarse de otra forma; no habría sido creado jamás en la historia de la humanidad, un nombre que se asemeje tanto a lo que esa persona realmente era. No podía el destino haber coincidido tanto en que un ángel se haya caído del cielo, y que justo haya quedado varado en Valle Preciado. Como que el universo mismo conspiró en este magnífico accidente, para que los ojos de mi corazón se tildaran ante semejante criatura de Dios.

Esta vez tenía que ser diferente a todas las anteriores veces, pues, estaba solo me sentía envalentonado al conocer su nombre. Hice tiempo preguntando por artículos que no necesitaba y que nunca había comprado antes; daba vueltas por todo el local y me quedaba inmóvil viendo la vidriera desde adentro, o algún objeto de la repisa de al lado. De pronto, vi pasar una exhalación por el pasillo central y que salía directo a la calle, quise ver para dónde se dirigía, pero la perdí con la vista cuando dio la vuelta en la esquina. Algo malhumorado, termine de buscar los mandados que me había olvidado a propósito y salí.
Iba pateando piedras por la calle, cuando al llegar a la esquina escuche que alguien lloraba. Miré al costado y observé que era ella, sollozando sentada en el piso, por el callejón. Acercándome le dije “Ángeles, verdad…”; con tono interrogativo. Ella asintió con su cabeza, mientras estaba apoyada en sus su rodillas. También le pregunté si me podía sentar a su lado y ella levanto su mirada, con los ojos humedecidos por las lágrimas, me señaló su costado para que me sentara.

Me sentía exultante por dentro, pero conmocionado al mismo tiempo, porque le veía y la escuchaba llorar. Me dijo que había hablado con su mamá y recuperándose un poco de su llanto, se intentó enderezar un poco, tomó un poco de aire y comenzó a contarme que había sucedido. Su madre la había llamado para contarle que su mascota había muerto, un golden retriber, con el que se había criado desde que tenía apenas meses de edad.

Me arranque un bolsillo de la camisa y se me lo ofrecí, como si fuera un pañuelo, para que se secara las lágrimas. No sé de dónde me salió semejante gesto, nunca había reaccionado así con nadie. En el ademán en que le deba el pedazo de trapo y en que ella reaccionaba para agarrarlo, nuestros codos apenas se rosaron. Al mismo tiempo, su mirada penetró mis pupilas, y fue la primera vez que vi el color de sus ojos. Eran turquesas, como el agua del mar del Caribe. No dejo de mirarme ni cuando se secaba la humedad de sus ojos. Sus pestañas brillaban; un cabello se le cayó por el rostro, dejando entrever todavía a sus ojos. Con voz estrujada, pude escuchar una melodía que decía “muchas gracias, no debías haber roto tu camisa… soy Ángeles”; sonreí y  contesté: “me llamo Eliseo… por la camisa no te preocupes, solo la uso aquí”. Mantuvimos un largo rato nuestras miradas conectadas, como gritándonos en silencio millones de secretos guardados en nuestros interiores por años y años, de otras vidas, de otros mundos, de otras eternidades.

Al levantarnos, no dijimos palabra alguna, solo nos reíamos cómplices. Su abuelo la llamó a los gritos nuevamente, y en lo que iba caminando medio de costado y medio mirando para atrás, me preguntó la edad. Caminando en sentido opuesto, de igual manera, le contesté: “15 y vos…”; señalándome con los dedos de ambas manos de indicaba 14. Por unos metros, volteaba la cabeza para ver si aún estaba allí. Mientras nos mirábamos, sentía que volaba y que ese acto de entregarle un pedazo de mi camisa, era equivalente a entregarle un pedazo de mi alma.

A partir de ese día, nada iba a ser igual en el resto de mi estadía en el valle. No importaba mucho más mi familia, sino poder conocer a Ángeles.

***

Cada vez compartíamos más con Ángeles, no solo por las tardes después de que cada uno almorzara, sino de noche también. Nos habíamos pasado los números de celular y nos mensajeábamos hasta entrada la madrugada. Lo curioso es que al día siguiente, cuando nos volvíamos a encontrar, seguíamos teniendo temas para charlar y no nos quedábamos callados. Hablábamos de nuestras ciudades de origen, buscábamos semejanzas y diferencias. Contábamos anécdotas de nuestras respectivas escuelas y de lo que hacíamos con nuestros compañeros; de las materias que nos gustaban más y, en contrapartida, de las que no nos gustaban tanto; nos contábamos de nuestros compañeros y de nuestros amigos y qué hacíamos cuando salíamos con ellos o de las veces que nos habíamos hecho la yuta. Hablábamos de la música que escuchaba cada uno; ella era más de los artistas y ritmos románticos, yo de las bandas de rock en todas sus variantes. Nos pasábamos la tarde hablando mientras paseábamos, siempre por el mismo camino de álamos que quedaba a la entrada del pueblo; la mayoría de las veces lo hacíamos a pie; otras veces en bicicleta, y otras más a caballo, que alquilábamos a un vecino de mis abuelos.

Una vez que íbamos a caballo, nos desviamos del camino y nos metimos en el bosque de álamos que estaba un poco más alejado. Jugábamos a escondernos entre los árboles y corríamos para atraparnos. En una oportunidad, ella se dejo atrapar estirando la mano; luego de agarrarla, me acercaría tomándola por la cintura, para de a poco ir envolviéndola con mis brazos. Quedamos frente a frente, mirándonos fijamente y agitados de tanto correr.

No sabía qué hacer en ese momento, y ante mi demora de resolución, ella tomo mi mano izquierda y me acomodo el cuerpo diciendo “ahora te voy a enseñar a bailar tango”; me empecé a reír, pero cuando Ángeles se puso muy sería, tome en serio su propuesta de aprender a bailar. Fue la primera vez que bailamos, aunque no había música, en nuestros oídos, o por lo menos en los míos, sonaba una gran orquesta.
Nos acercábamos y nos alejábamos con cada paso. “1, 2, 3 paro; 4 y al costado; 5 y 6 hacía adelante”; me contaba los pasos a medida que avanzábamos y retrocedíamos. Lo primero que se me ocurrió fue: ¡¿un rockero bailando tango?! No dejaba de reír y disfrutar con Ángeles del momento. Luego pensé, esta es una buena oportunidad, este es él momento. Supuse que ella también podría estar pensando lo mismo. Nos fuimos moviéndonos cada vez más lento, las miradas se iban haciendo cómplices nuevamente. Mi mano izquierda, se soltó y fue a parar alrededor de su cintura, mientras que su mano derecha liberada, se junto con su mano izquierda alrededor de mi nuca. Por un instante, el universo se detuvo y nosotros nos detuvimos también. Quisimos acercarnos los labios, parecía que la distancia entre ambos era kilométrica. Cuando por fin pudimos rozar nuestras bocas, el relinche de uno de los caballos nos hizo asustar, y nos alejamos nuevamente el uno del otro.

Esa tarde volvimos en silencio. Solo se escuchaba el andar de los caballos y la brisa suave característica del valle. También se podía oír, o por lo menos yo podía oír, los latidos de mi corazón queriendo salirse del pecho. Esa tarde quedaría grabada por siempre como uno de mis recuerdos más preciados.

Cuando llegamos al pueblo, la deje en la casa de sus abuelos, nos dimos un beso en la mejilla y el día termino detrás del cerro del oeste, conmigo confundido y aturdido por todo lo que casi había pasado.

***

Le mandé algunos mensajes por la noche antes de dormir, mi aplicación me decía que sí los había leído, pero no obtuve respuesta alguna. Creo que me dormí algo malhumorado y con una mezcla también de desilusión.
A la mañana siguiente, mi abuelo me pidió que lo acompañara al pueblo vecino, para hacer unos trámites de su camioneta, así que salimos temprano. Nuevamente le mandé mensajes a Ángeles, pero no tuve mejor suerte que la noche anterior.

Con mi abuelo volvimos cerca de las 3 de la tarde, nos habían guardado comida, pero casi que ni almorcé, para salir a buscar a Ángeles. Tenía muchas preguntas para hacerle, fundamentalmente ¿qué es lo que le pasaba? Y desde aquí… ¿había hecho algo mal? ¿Le habrá disgustado el no-beso?

Al golpear la puerta del costado de la proveeduría, me atendió su abuelo medio dormido. No logré ni saludarlo que me dijo con voz ronca: “se fue a su casa, la llamaron sus padres para que vuelva porque tenían que irse a otro lado”. Le quise preguntar algo, pero no me dejó. Cerró la puerta y yo quede parado mirando para adentro de su casa por el bistró, como buscando explicaciones que no iba a obtener.

A los días, también toco mi turno de volver a mi ciudad. Seguí enviando mensajes, pero ya no llegaban a destino. Con la rutina de la escuela y los quehaceres, fui dejando de lado todo lo que había vivido en el verano increíble en Valle Preciado y me fui concentrando en otras cosas más cotidianas.

Un día en una hora libre en el curso, se cruzaron recuerdos y flashes de imágenes de ella, e instintivamente comencé a escribir… 

Ángeles
Emprendo vuelo en el recuerdo de tu sonrisa,
aunque el viento de la memoria sea más fuerte,
importa poco para que pueda recordarte,
muy a pesar de que se agite y se entristezca mi corazón.

Pierdo mi libertad al recordar lo que sentía,
ya no puedo pensar… ya no puedo esperar…
ya no quiero sentir… ya no quiero volver…
¿Pero realmente es mi libertad lo que perdí?

Quizás pueda volver a empezar,
va a costar un poco más de la cuenta
pues, ya no soy el mismo, ya no soy igual,
has cambiado con tu existencia, mi realidad.

Quisiera volver a estar rodeado en tus brazos;
¿Qué ángel consolará mi sufrimiento?
¿Qué ángel curará mis heridas?
Si es el mismo Ángel el que se ha llevado mi corazón.

Cuando terminé, me di cuenta qué era lo que realmente sentía por Ángeles: el verdadero y más profundo amor que no fue recíproco; y al mismo tiempo, el hueco más grande que jamás podré rellenar dentro mío.

Años más tarde, en otros veranos y en otros inviernos también, volví al Valle. Nunca volvió a ser lo mismo como en aquel verano y no volví a encontrar a Ángeles. Más de grande, tuve algunas relaciones y noviazgos, pero nunca me sentí lo suficientemente completo. Con mi hermano heredamos la casa de mis abuelos. Aunque es él el que viaja más seguido y le da el uso de casa de descanso, de vez en cuando también logro escaparme del trabajo y la vorágine de la ciudad para descansar un poco.

***

El fin de semana largo de Semana Santa, quedamos de acuerdo con Gustavo que viajaríamos para el Valle, él iba a ir con su familia y yo con mis ganas de escribir. El día en que llegamos estaba fantástico, así que decidí no quedarme durante la mañana en la casa. Agarré mi mochila y guardé mi netbook y el equipo de mate; busqué la bicicleta vieja, inflé las ruedas y le limpié la tierra que tenía de haber estado guardada y salí casi sin saludar.

Tomé el camino de los álamos, una de las pocas cosas que todavía perduraban en el pueblo. Me desvié hacia el bosque y al encontrar un claro, me senté sobre un tronco talado que me iba a servir de asiento. Me preparaba unos amargos mientras encendía la compu. Abrí el archivo con el que venía trabajando, y aprovechando el inspirador lugar, empecé a tipear las ideas que se me iban ocurriendo para finalizar un texto.
De entre los álamos escuche unas voces y unos gritos que se iban acercando. Se podía apreciar unas siluetas que se movían zigzagueantes, pero no le di mucha importancia. De pronto, las siluetas se convirtieron en un par de adolecentes que ingresaron al trote al claro del bosque y se detuvieron asustados de frente a mí, pues no se esperaban a ninguna persona por el lugar. Menos a alguien como yo, que los sobraba con la mirada; algo característico en mí cuando me veía interrumpido en mi tarea.

De entre los árboles, aparece una mujer gritando “los atrapé”, al parecer los chicos eran sus hijos y se venían escapando de ella. También la miré feo, suponiendo que la interrupción podría extenderse. Ella me miraba fijamente, a pesar que yo no mostrara interés por lo que estaban haciendo.

-“Vamos ma’… vamos para otro lado”; decía uno de los chicos, no debe haber tenido más de 10 años. Ella le contestó que se adelantaran, que ya los iba a alcanzar. Cuando se marcharon los dos, ella continuó mirándome fijamente, y estaba con una actitud extraña, como si quisiera hacerme una pregunta.

-“Disculpe usted, señora, no era mi intensión asustar a los pequeños. Suelo venir a este lugar para escribir”; me excusé. Ella seguía erguida frente a mí, separada por algunos metros de distancia; su mirada era aún más persistente.

-“Las miradas no cambian a pesar de los años y de algunas arrugas”; me contestó ella. Levante la mirada sorprendido por el comentario, y sentí que todo el universo se empezaba a detener a nuestro alrededor. En ese instante, sus cabellos se cruzaron intrépidos por su rostro por  el viento. Las miradas se mantuvieron fijas desde ese momento, como si estuvieran imantadas. Comencé a sentir que volvía a tener 15 años. Reconocía el esos ojos, ese color turquesa característico y único. Sentía que se despertaba una parte de mí, que estaba muy adormecida en mi interior; y recordé de pronto, el beso nunca dado, la tarde que bailamos juntos tal vez en otro claro del mismo bosque de álamos. Empezaron a temblarme las piernas y a pesarme mis 42 años.

-“Es cierto… la mirada no cambia. Tu belleza menos”; es lo único que atiné a contestar, pues no solo tenía millones de preguntas y la misma cantidad de dudas, sino también un tremendo nudo en mi garganta, y no quise arruinar el momento con algún reproche inoportuno.

-“Ángeles, verdad…”; le pregunté con una media sonrisa. Ella se echó para atrás de la oreja el cabello, y bajó la mirada tímida y culposamente. Se podía distinguir que unas lágrimas, le rodaban por la mejilla. Como un dejavú, me arranqué el bolsillo de la camisa y se lo ofrecí como pañuelo, para que enjugara la humedad de sus ojos con él. Luego, le extendí mi mano izquierda y pregunté “Ángeles… ¿me concedes esta pieza de baile?”.

17/01/2016

lunes, 4 de enero de 2016

Clara

Puede que te haya soñado
es más, estar convencido
de que fueras real.

De haberte tenido en mis brazos
y poder haberte amado
aunque sea solo un instante.

Sueño soñado y llorado
de alegría incontenible,
que el mismo amanecer arrebató.

Claridad que inspiro tu nombre
y me despierta sensaciones
que jamás he tenido.

Claridad que lleva tu nombre
para que te recuerde a diario
cada vez que abra mis ojos.

Claridad de saber que no eres mía,
pero que eres parte de mi
en un eterno presente soñado.

04/01/2016