Caminaba y corría alternadamente, tal vez huyendo
hacia lugares más abandonados, buscando la oscuridad amiga que me pueda
refugiar en mi forma original. Mientras
tanto, pensaba si me escapaba de mi humanidad, o si intentaba escapar a mi
destino de bestialidad. Me gustaba más lo que la noche ocultaba en sus
entrañas, me sentía cómodo de niño en los lugares sombríos y oscuros que en los
luminosos. Humanamente bestial o bestialmente humano, esa era la cuestión, creía
que eran dos caras de una moneda.
Desafiaba constantemente mis propios límites, los ensanchaba
como si fuera una autopista de cuatro carriles. No era lo mismo vivir al límite
que extenderlos, hacía de mi espacio lo suficientemente amplio como para que la
bestia y yo pudiéramos coexistir en una tensa calma.
De adolecente, había logrado que esa coexistencia
fuera en horarios. Algo así como que mi “Yo normal” andaba diurno, aireado,
reluciente. Mientras que, mi “Yo bestial” se resguardaba en las sombras de la
noche, sucio, con hambre de sed interminables de carne tibia y con sed de experimentar
sensaciones nuevas, de saber por qué no se pueden hacer ciertas cosas. Oculto por
miedo a ser descubierto, reprimía la bestialidad de mi persona, odiándome con
todas mis fuerzas por mi destino de cambio, sin querer aceptar lo que me sucedía.

Con el tiempo sentía que la bestia se tranquilizaba, a
pesar de que aún escuchaba sus ronquidos y su palpitar. Si bien sabía que se
encontraba en mi interior, agazapada y lista para saltar para que de un zarpazo
desgarrara con todo lo que encontrara de mi persona a su paso. Me preguntaba si
cuándo terminara su tiempo de invernación, me encontraría preparado para domar
a la bestia. Mientras aguardaba ese día, soñaba que era Yo y que no mutaba. No
cambiaba de forma, no sentía dolor; era tal cual mi “yo diurno” en los ojos de todos,
en la sombra de mi cuerpo, en el reflejo de los espejos; pero a la vez sentía
que mi cuerpo, mis extremidades, mi cuello, mi virilidad, mi cabeza, mis manos,
mis pies, la sangre que corría por mis venas, mis pensamientos, todo era
bestialmente distinto. Toda mi forma era una fachada, pues la bestia era lo
único que existía, es decir, era yo, pero en realidad no era yo lo que era,
sino solo bestia.
Soñaba en ocasiones que la bestia salía a cazar en la
negrura de la noche. Para calmar mis deseos bestiales, espiaba a mis vecinos
por hendiduras de ventanas o por el trasluz de las cortinas, cual efecto de
sombras chinescas. Mientras ellos se desvestían, se acariciaban y se amaban,
miraba y me relamía.
Ellos terminaban siendo las deseadas presas de mi curiosidad.
Sin poder saciar totalmente mis instintos, sigilosamente me acercaba a la
ventana y olfateaba las hormonas y sudor que ellos despedían en su acto amoroso;
llevándome esos aromas de placer a lo más profundo de mi cerebro bestial, guardándolos
como un recuerdo victorioso. En otras ocasiones, me había soñado también escalando
muros, ayudado solo por mis fuerzas, o subiéndome a las palmeras de las plazas,
alimentándome de huevos de los nidos de las palomas; o trepado en la copa de
los árboles para comer sus frutos. También, perseguía a gran velocidad a
animales de diferente tamaño como perros, gatos y hasta a veces derribaba
caballos o bacas por el campo, todo para saciar mi voraz apetito. El problema
era cuando despertaba, pues, me daba cuenta que no eran tales esos sueños, ya
que encontraba raspones por todo mi cuerpo, la ropa rasgada como si fueran
harapos, manchados de sangre; me hallaba roñoso, tanto que debía refregar mi
cuerpo con cepillo para poder quedar limpio.
Ellos terminaban siendo las deseadas presas de mi curiosidad.
Sin poder saciar totalmente mis instintos, sigilosamente me acercaba a la
ventana y olfateaba las hormonas y sudor que ellos despedían en su acto amoroso;
llevándome esos aromas de placer a lo más profundo de mi cerebro bestial, guardándolos
como un recuerdo victorioso. En otras ocasiones, me había soñado también escalando
muros, ayudado solo por mis fuerzas, o subiéndome a las palmeras de las plazas,
alimentándome de huevos de los nidos de las palomas; o trepado en la copa de
los árboles para comer sus frutos. También, perseguía a gran velocidad a
animales de diferente tamaño como perros, gatos y hasta a veces derribaba
caballos o bacas por el campo, todo para saciar mi voraz apetito. El problema
era cuando despertaba, pues, me daba cuenta que no eran tales esos sueños, ya
que encontraba raspones por todo mi cuerpo, la ropa rasgada como si fueran
harapos, manchados de sangre; me hallaba roñoso, tanto que debía refregar mi
cuerpo con cepillo para poder quedar limpio.
Nada de esto sucedía cuando me quedaba a dormir en el
departamento de mi novia, o cuando ella se queda en el mío. Lara no tenía idea
de lo que me pasaba, es más, no me animaba a contarle porque creía que me dejaría.
Si pasaba que a veces mis instintos querían explotar delante de ella, la bestia
se quería liberar, era tan fuerte que me costaba controlar la situación. Es
como que el animal me ponía a prueba para saber hasta dónde era capaz de llegar.
Me inundaba la sensación de querer golpearla y violarla hasta dejarla
inconsciente, para luego olfatear sus miedos, su tristeza y su llanto. Saciada
la bestia en su apetencia, ya cambiado a mi forma humana, limpiaría y curaría
las heridas de Lara, de esa forma expiaría mis culpas bestiales. Estas
sensaciones me carcomían la conciencia, por lo que en esos momentos trataba de
ser fuerte y reprimir todos estos bajos instintos, guardándolos muy adentro,
como lo hacen las personas “normales” que ocultan muy bien lo que los demás no
debieran ver.
Lara era como una muñeca de cristal, tenía tés blanca,
con risos castaños, era estructurada y delicada, con una figura frágil, pero al
mismo tiempo muy temperamental. Ella, sin saberlo, era la gran domadora. Cuando
se cansó de tantos secretos y de que no tuviera explicación sobre lo que me
pasaba durante la noche, decidió terminar la relación. E ese momento que la
bestia cumplió su mayoría de edad. El animal terminó de romper con los barrotes
internos que venía mordisqueando desde hace tiempo. Se liberó de todos los
complejos humanos que traía consigo. Ella con su adiós, dejó al animal suelto.
Entonces salí corriendo, dejando de lado a los temores de mi transformación. “Este
soy yo”, el que estaba apresado, el oculto, el que siempre quiso salir para
dominarlo todo, no el otro débil que aparentaba ser real.
La conciencia del yo humano me confundía, me mentía
que eran sueños o irrealidades instintivas. Mi piel es mi limite, soy yo
bestialmente humano hasta donde terminan mis sucias extremidades. Ya no hay más
límites que alcanzar. Corro hasta el desmayo; busco comida en las bolsas de
basura; durmiendo a la intemperie bajo el frió o la lluvia, en el calor o en el
rocío, dependiendo solamente de la noche. La bestia es mi normalidad, la bajedad
de mis instintos es lo importante y el motor de mis deseos. Lo que soy, lo que
siempre fui y lo que siempre había negado ser. La bestia no ganó mi cuerpo, ella
es mi cuerpo. No era un animal lo de adentro, sino que era una bestia encerrada
en un propio cuerpo aparentando ser humano.
30/09/2012

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