miércoles, 8 de octubre de 2014

La bestia


Caminaba y corría alternadamente, tal vez huyendo hacia lugares más abandonados, buscando la oscuridad amiga que me pueda refugiar en mi forma original. Mientras tanto, pensaba si me escapaba de mi humanidad, o si intentaba escapar a mi destino de bestialidad. Me gustaba más lo que la noche ocultaba en sus entrañas, me sentía cómodo de niño en los lugares sombríos y oscuros que en los luminosos. Humanamente bestial o bestialmente humano, esa era la cuestión, creía que eran dos caras de una moneda.
Desafiaba constantemente mis propios límites, los ensanchaba como si fuera una autopista de cuatro carriles. No era lo mismo vivir al límite que extenderlos, hacía de mi espacio lo suficientemente amplio como para que la bestia y yo pudiéramos coexistir en una tensa calma.

De adolecente, había logrado que esa coexistencia fuera en horarios. Algo así como que mi “Yo normal” andaba diurno, aireado, reluciente. Mientras que, mi “Yo bestial” se resguardaba en las sombras de la noche, sucio, con hambre de sed interminables de carne tibia y con sed de experimentar sensaciones nuevas, de saber por qué no se pueden hacer ciertas cosas. Oculto por miedo a ser descubierto, reprimía la bestialidad de mi persona, odiándome con todas mis fuerzas por mi destino de cambio, sin querer aceptar lo que me sucedía.

Con el tiempo sentía que la bestia se tranquilizaba, a pesar de que aún escuchaba sus ronquidos y su palpitar. Si bien sabía que se encontraba en mi interior, agazapada y lista para saltar para que de un zarpazo desgarrara con todo lo que encontrara de mi persona a su paso. Me preguntaba si cuándo terminara su tiempo de invernación, me encontraría preparado para domar a la bestia. Mientras aguardaba ese día, soñaba que era Yo y que no mutaba. No cambiaba de forma, no sentía dolor; era tal cual mi “yo diurno” en los ojos de todos, en la sombra de mi cuerpo, en el reflejo de los espejos; pero a la vez sentía que mi cuerpo, mis extremidades, mi cuello, mi virilidad, mi cabeza, mis manos, mis pies, la sangre que corría por mis venas, mis pensamientos, todo era bestialmente distinto. Toda mi forma era una fachada, pues la bestia era lo único que existía, es decir, era yo, pero en realidad no era yo lo que era, sino solo bestia.

Soñaba en ocasiones que la bestia salía a cazar en la negrura de la noche. Para calmar mis deseos bestiales, espiaba a mis vecinos por hendiduras de ventanas o por el trasluz de las cortinas, cual efecto de sombras chinescas. Mientras ellos se desvestían, se acariciaban y se amaban, miraba y me relamía. Ellos terminaban siendo las deseadas presas de mi curiosidad. Sin poder saciar totalmente mis instintos, sigilosamente me acercaba a la ventana y olfateaba las hormonas y sudor que ellos despedían en su acto amoroso; llevándome esos aromas de placer a lo más profundo de mi cerebro bestial, guardándolos como un recuerdo victorioso. En otras ocasiones, me había soñado también escalando muros, ayudado solo por mis fuerzas, o subiéndome a las palmeras de las plazas, alimentándome de huevos de los nidos de las palomas; o trepado en la copa de los árboles para comer sus frutos. También, perseguía a gran velocidad a animales de diferente tamaño como perros, gatos y hasta a veces derribaba caballos o bacas por el campo, todo para saciar mi voraz apetito. El problema era cuando despertaba, pues, me daba cuenta que no eran tales esos sueños, ya que encontraba raspones por todo mi cuerpo, la ropa rasgada como si fueran harapos, manchados de sangre; me hallaba roñoso, tanto que debía refregar mi cuerpo con cepillo para poder quedar limpio.

Nada de esto sucedía cuando me quedaba a dormir en el departamento de mi novia, o cuando ella se queda en el mío. Lara no tenía idea de lo que me pasaba, es más, no me animaba a contarle porque creía que me dejaría. Si pasaba que a veces mis instintos querían explotar delante de ella, la bestia se quería liberar, era tan fuerte que me costaba controlar la situación. Es como que el animal me ponía a prueba para saber hasta dónde era capaz de llegar. Me inundaba la sensación de querer golpearla y violarla hasta dejarla inconsciente, para luego olfatear sus miedos, su tristeza y su llanto. Saciada la bestia en su apetencia, ya cambiado a mi forma humana, limpiaría y curaría las heridas de Lara, de esa forma expiaría mis culpas bestiales. Estas sensaciones me carcomían la conciencia, por lo que en esos momentos trataba de ser fuerte y reprimir todos estos bajos instintos, guardándolos muy adentro, como lo hacen las personas “normales” que ocultan muy bien lo que los demás no debieran ver.

Lara era como una muñeca de cristal, tenía tés blanca, con risos castaños, era estructurada y delicada, con una figura frágil, pero al mismo tiempo muy temperamental. Ella, sin saberlo, era la gran domadora. Cuando se cansó de tantos secretos y de que no tuviera explicación sobre lo que me pasaba durante la noche, decidió terminar la relación. E ese momento que la bestia cumplió su mayoría de edad. El animal terminó de romper con los barrotes internos que venía mordisqueando desde hace tiempo. Se liberó de todos los complejos humanos que traía consigo. Ella con su adiós, dejó al animal suelto. Entonces salí corriendo, dejando de lado a los temores de mi transformación. “Este soy yo”, el que estaba apresado, el oculto, el que siempre quiso salir para dominarlo todo, no el otro débil que aparentaba ser real.

La conciencia del yo humano me confundía, me mentía que eran sueños o irrealidades instintivas. Mi piel es mi limite, soy yo bestialmente humano hasta donde terminan mis sucias extremidades. Ya no hay más límites que alcanzar. Corro hasta el desmayo; busco comida en las bolsas de basura; durmiendo a la intemperie bajo el frió o la lluvia, en el calor o en el rocío, dependiendo solamente de la noche. La bestia es mi normalidad, la bajedad de mis instintos es lo importante y el motor de mis deseos. Lo que soy, lo que siempre fui y lo que siempre había negado ser. La bestia no ganó mi cuerpo, ella es mi cuerpo. No era un animal lo de adentro, sino que era una bestia encerrada en un propio cuerpo aparentando ser humano.

30/09/2012









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