jueves, 23 de agosto de 2018

Soltar

Intenta besarle como si besaras mis labios...
intenta abrasarle como cuando te aferrabas a mi cuerpo
y en lo posible, trata de darle forma como el mío.

Dibújale cicatrices como las que yo tenía
dale un nombre que no sea el mio
inventale una historia que hayas creído construir conmigo.

Trata de crearle un universo diferente al que te construí
intenta soportar mi ausencia en su presencia 
intenta sanarle los dolores que te quedaron de mi.

Trata de aferrarte a tu futuro incierto
intenta reescribirte sobre mis renglones torcidos
ámale como me habrías amado a mí.

22/08/2018

domingo, 19 de agosto de 2018

Paso tras paso tras paso…



You are not me, Arlandria. You and what army,  Arlandria?
Oh, God you gotta make it stop.
Arlandria – Foo Fighters.

Parecía largo el camino que había comenzado, había asfalto primero y luego de repente, la ruta terminó y comenzó una huella por un camino de tierra a la cual seguí. Sentí que no tenía otra opción más que seguir adelante, más que seguir caminando. Sentí que conocía dónde iba; sin embargo, después de haber andado deambulando todo el día me detuve en ingreso a un puente y allí me quedé parado mirando la nada misma por un buen rato. 

No recuerdo haber parpadeado; no recuerdo si había pasado pensamiento alguno por mi cabeza; no recuerdo cuánto tiempo estuve allí parado; tampoco recuerdo si mí llegada a ese puente fue durante el día o si ya había anochecido; mucho menos recordaba de dónde venía o dónde había empezado mi recorrido. Lo que si recordaba es que primero avanzó un pie y luego le siguió el otro y así paso tras paso tras paso… avanzaba hasta llegar donde había llegado, sin saber siquiera qué lugar era.

No recuerdo cuál fue mi nombre; ni recuerdo tampoco qué fue de mí antes de mi peregrinación. Tal vez, incluso, me cuesta recordar cuál eran mis certezas. No tenía reloj o celular; y si los tuve alguna vez no sabría decir sobre su paradero, si me los robaron, si yo mismo los había entregado o si los había extraviado. Sin embargo, a cada paso que daba sentía, y era seguro, que el tiempo tal cual se lo conoce se iba diluyendo. Sentía que cada composición del tiempo eran la misma tierra levantaban mis pasos, que cada una de sus partículas eran polvo que se levantaba y caían nuevamente alrededor de mis pies, que los minutos y los segundo iban dejando de existir en la medida que iba dando cada uno de mis pasos; y que a su vez que daba un paso, me perdía aún más en el camino y que al igual que el tiempo, iba perdiendo la noción de mi mismo.

Para los demás deambulaba sin rumbo. Sin embargo, tal vez era yo quién tenía el rumbo correcto, adecuadamente orientado y no así el resto. No corría, solo caminaba paso tras paso tras paso… un pie luego el otro, una necesidad que me llevaba a querer llegar a un lugar sin brújula alguna, pero sabiendo muy dentro mío cuál era la ruta que tenía que seguir. El puente estaba allí erguido frente a mí deseoso que empezara a desandarlo. Mientras que los demás seguían con su mirada mi andar sobre el puente, yo hacía caso omiso a sus miradas y me deja llevar como el agua, donde el viento va formando con su paso las figuras más hermosas en el oleaje, así… me dejaba llevar paso tras paso tras paso.

De repente, tuve un instante de lucidez mundana donde pude ver inútilmente a mí alrededor como queriendo reconocer (tal vez reconocerme también a mi) el lugar a donde había llegado. Sin alarmarme, miraba en todas las direcciones y observaba con curiosidad el puente que comenzaba delante de mis pies. Una estructura de hierro pintada de herrumbre por los años y por la reacción al clima húmedo del lugar; por debajo de él, corría un río manso con cierta profundidad; había algunos botes de pesca que no parecían percatarse de mi existencia; tampoco lo hacían los vehículos que cruzaban de manera intermitente por el puente.

Mis pies ya se encontraban dispuestos para seguir avanzando, en aquel mismo instante de lucidez me sorprendía una fuerte encrucijada, pues mi cuerpo pedía descanso, mi mente buscaba reencontrarse y ubicarse geográficamente, pero a la vez me impulsaba a seguir adelante a través del puente.

-SILENCIO!!! Le gritaba a mi propia mente y a las ideas que me aturdían con su silencioso ruido ambiente; tanto me aturdía ese silencio de mis pensamientos que terminaba replicándose en el resto de mi cuerpo; queriendo escapar a mis pensamientos de retorno a un presente fugaz e instantáneo e imperceptible, como también querer escapar a mis recuerdos que buscaban ganarle una carrera mi presente para hacerme reaccionar y así poder alienarme nuevamente a la rutina.

Por fin mis pies avanzaban sobre el puente. Lo comencé a recorrer paso tras paso tras paso… lo cruzaba sin mirar hacia abajo o a los costados; solo me concentraba en mí peregrinación la cual no sabía cuándo iba a terminar.

No puedo explicar cómo pero el tiempo y su composición en minutos y en horas no me afectaban; era inerte a su transcurrir; lo cruzaba transversalmente, ni sobre ni por debajo, sino que lo cruzaba a través del mismo tiempo. Mientras que los demás que me miraban se encontraban esclavizados por el tiempo, yo lo cruzaba por la libertad de mis pasos dejándome llevar a través de él, penetrando en cada uno de sus compuestos. En otro lapsus de lucidez, comprendía el por qué de  su mirada despectiva; ellos miraban con envidia la libertad que tenía mi andar. Ellos eran los que decían que estaba loco; mi andar despreocupado les respondía que era el más cuerdo de todos. Ellos decían que estaba saliendo del mundo real; en mi andar me convencía cada vez más que al cruzar ese puente abandonaba un mundo de opresión donde el carcelero era el tiempo, y a dónde iba a llegar era un lugar privilegiado, despojado de limitaciones o preocupaciones; un mundo el cual me sentía como propio; un lugar sin extensiones y sin nombres, sin dueños y sin cotidianeidades que se aferraban como grilletes a los tobillos.

El parte médico dijo que la causa fue muerte cerebral que el corazón al ser joven y tan fuerte, mantenía con vida al resto del cuerpo pero que mi cabeza ya no estaba más. Mi mente en realidad estaba totalmente en blanco en total libertad de sus ataduras mundanas. Mientras que mi andar sigue siendo paso tras paso tras paso a través de la naturaleza del universo.


19/08/2018

domingo, 5 de agosto de 2018

Estatua

Aquel año había sido muy duro para mi economía doméstica. En ocho meses me había mudado de departamento en tres ocasiones por el elevado el importe de los alquileres; y de un departamento muy cómodo cercano a la zona céntrica, tuve que mudarme a un barrio más alejado de casas bajas, se notaba a la vista que muchos de los vecinos habían modificado sus viejas “casas chorizo” en un inmueble de muchos mono ambientes. La línea “D” del tren tenía su estación en la entrada del barrio y de ahí, debía caminar unas ocho cuadras para llegar al nuevo departamento.

Era un lugar tranquilo. La mayoría de los alquileres estaban destinados a estudiantes universitarios, pues este barrio se encontraba cercano a la ciudad universitaria y también era uno de los más económicos en precios de alquiler. Había bares oscuros por todos lados; lugares propicios para espíritus nocturnos o sonámbulos y para almas bohemias que buscaban un refugio en la oscuridad.

Me había graduado hace pocos meses en una Licenciatura en Matemáticas, sin embargo a pesar de que lo mío siempre fueron los números, mi materia pendiente era relacionarme con los demás. Hasta mi gata Carmela se escapaba cuando nuestra convivencia se torna insoportable; luego de un par de horas, a veces días, volvía a lo cotidiano de soportarme.

Una noche mis ex compañeros de estudio decidieron “sacarme” de mi refugio. Ellos mucho más habidos que yo en cuestión de las salidas, me llevaron a un bar cercano a la estación del barrio. En realidad, la condición para que pueda abandonar mi estado de confort en el sillón de mi casa con mis libros era que no tenga que tomarme ningún tren, sino que ellos vinieran para mi zona. Con los muchachos brindábamos por temas pendientes: mi reciente logro facultativo; por la mudanza; por los amoríos de ellos; porque a Cristian y a Luis le quedaba muy poco también para recibirse; por el nuevo trabajo de uno; por la beca conseguida de mi parte para avanzar con una investigación de doctorado. Ya entrada la madrugada y la cantidad de “copas”, brindábamos hasta por los autos que pasaban por la calle, por suerte no era una calle muy transitada sino nuestro estado habría sido más deplorable. Recordamos también a otros compañeros que habían quedado en el camino; criticamos duramente también a los amores que nos abandonaron y que actualmente son el amor de otra persona, creyéndonos ser mejores partidos ahora, envalentonados por la bebida, claro.

Cerca de las cuatro de la madrugada, comencé a desconocerme y a desconocer a mis compañeros de bebidas; con mis reflejos bastante disminuidos me levanté, saque unos billetes del bolsillo y los tiré sobre la mesa y me fui del bar. La inercia y el peso de mi cuerpo me iban llevando con andar lento y tambaleantemente hacia mi departamento. Casi como persiguiendo a mi propia sombra reflejada por la luz de la luna caminaba barrio adentro. Con la certeza de conocer el camino de regreso, sin explicación alguna, giré en una esquina cambiando de rumbo. Miraba para todos lados para volver a orientarme y seguía girando sin sentido, mirando hacia atrás y hacia los costados. De repente, en una de esas veces que me di vuelta, vi a una mujer arrodillada prácticamente desnuda en el jardín de una casa.

Ella me miraba absorta envuelta solo en su piel iluminada de plata y blanco; atontado por mi mareo atiné solo a quedarme parado contemplando toda la belleza que se presentaba frente mío, sin entender absolutamente nada. Con la boca seca y mi lengua pegándose al paladar, logré preguntarle si se encontraba bien; ella asentó con la cabeza. Al instante y prácticamente si pensar, le pregunté si sabía dónde quedaba mi casa. Sin apuro, ella levanto su brazo y señalo al sur, por la misma acera por la que venía caminando; no dijo palabra alguna; se quedó en silencio en el mismo lugar arrodillada en medio del jardín de su casa, bañándose de luna con suma tranquilidad; parecía sentirse segura estando detrás la reja que nos separaba. No recuerdo más de aquella noche, solo que amanecí en el sillón de mi departamento con Carmela parada en mi pecho pidiéndome que le diera de comer; era domingo al mediodía y tenía solo comida para mi gata. Días después, fueron apareciendo de a poco algunos destellos de memoria de lo ocurrido aquella madrugada, pero una sola imagen se había quedado congelada en mi cabeza: la mujer desnuda arrodillada en el jardín de una casa.

No parecía una mujer convencional. Bah! Quiero creer que no lo era, pues, nunca había visto a otra mujer desnuda en el jardín de una casa. Me había cautivado su mirada, la postura firme de su cuerpo, su espalada siempre erguida y rígida, eran detalles inusuales, no recuerdo haberlos visto en otras mujeres. Me había sorprendido su extrema naturalidad ante mi presencia. Vi, también, delicadeza en aquella mujer; vi timidez muy a pesar de su desnudez. Vi, por primera vez, a alguien que de verdad me miraba; sentí también por primera vez en mucho tiempo que no era una mirada despectiva hacia mí, sino una mirada con ternura. Vi sencillez en esa mujer. Vi belleza personificada; vi naturalmente la belleza de aquella mujer arrodillada frente mío; vi la naturalidad de su desnudez. Sentía un deseo que quería salir de mi interior. Vi con deseo la belleza que tenía esa mujer. Todo lo pude contemplar después, no en aquella madrugada; solo pude verlo cuando tomé conciencia de que en mi persona también hay deseo y sentimientos, no solamente libros y números, muy a pesar de que creía que, últimamente, ellos me estaban consumiendo.

Esta toma de conciencia me permitió continuar pensando; en principio creía que todas esas características que había podido contemplar de aquella mujer, era una referencialidad hacía mi propia persona, me quería convencer de que en realidad no había visto a esa mujer desnuda, sino que mi cabeza hacía alguna referencia a mi mismo sobre las características que iba encontrando de esa mujer. Las dudas empezaron a explotar como si fuera lava de un volcán: tal vez necesitaba toparme con esa mujer para poder ver que en mi interior también hay una persona desnuda; o tal vez necesitaba darme cuenta que mi atención no debía estar tan abocada solamente a los números; o tal vez que a mi vida le hacía falta una compañía más humana.

Continuaba meditando en los viajes en tren de vuelta a casa o cuando caminaba las cuadras de la estación hasta mi departamento. Ponía música en mis oídos y pensaba que, transcurrido tiempo de vivir solo recién comenzaba a descubrirme a mí mismo. Cada vez me abstraía más y más en mis pensamientos. Perecía como que me ausentaba del mundo sentado en mi butaca del tren. Una tarde, me había dado cuenta que la formación comenzaba su recorrido nuevamente saliendo de la estación donde debía bajarme. Me levante a las apuradas aprovechando que su velocidad todavía era reducida. Con mi mochila a medio cerrar en una mano y mi abrigo en la otra, salté del vagón aterrizando casi al finalizar el andén y quedando alejado del acceso principal, salí de la estación por un costado, cosa que me obligó a cambiar mi ruta diaria.

A medida que iba entrando hacía el barrio en mi caminata, me detuve un instante en una esquina para guardar mi abrigo en mi mochila cuando vi (mirando sin querer mirar) una silueta arrodillada en un jardín. Al enfocar la mirada me asusté de tal manera que trastabillé sobre mis pasos dando pequeños saltos hacia atrás, sin hacer pie caí sentado en la vereda. Cuando me levanté, vi la mujer desnuda de la otra noche, pero no era tal cuál la misma mujer; precisamente no era una mujer sino una estatua con forma de mujer completamente desnuda arrodillada en el jardín de una casa. Parado de frente a la estatua, y contemplándola una y otra vez y en diferentes ángulos pude reconocer sus facciones con las de aquella madrugada: era ella! De golpe, sentí una suerte de abrumadora decepción de mí mismo al creer que esa figura de piedra pudo haber sido real la otra noche.

Ya en casa, me mofaba de mí mismo y de la borrachera que me había levantado aquella noche y de mi imaginación al creer que esa estatua estuviera viva y se habría comunicado conmigo. Más tarde, me hundía en la bronca porque concluía que efectivamente mi interrelación con los demás era tan deficiente que llegaba a la necesidad de imaginarme que me comunicaba con una estatua de piedra; en caso de intentar dialogar con cualquier otra persona, o más precisamente con una mujer de carne y hueso, habría fracasado rotundamente. Y para finalizar, nuevamente me sentía decepcionado de mí y de mi realidad solitaria; de tener la compañía de una mascota que también poco me tolera; que hasta a mi mismo me cuesta mirarme al espejo y cargar diariamente con mi propio peso. Decepción de haberme creído correspondido, aunque sea mínimamente por un instante por una preciosa mujer, que lamentablemente resultó ser una estatua. Concluía que todo esto me llevaría a una esquizofrénica soledad.

A partir del descubrimiento de la estatua, decidí cambiar la ruta de vuelta a casa; me desviaría unas cuadras para poder ver a esa estatua. Mi andar se hizo regular por aquella vereda. Quería conocer a los dueños de esa casa; quería conocer más detalles de esta estatua. Me preguntaba quién la había esculpido, cómo había llegado hasta allí, en quién se habían inspirado, y en otras locuras. Pero no se percibía movimiento en el interior del domicilio. En ocasiones me quedaba sentado en el umbral de la verja para merendar en compañía de semejante piedra y no me sentía tan solo; algunos vecinos pasaban y me miraban despectivamente, como si estuviera loco. Mirada a la que estaba acostumbrado, claro; y me iba convenciendo de ello también, que mi locura iba en crecimiento.

Escuchaba voces y risas algo burlonas de adolecentes que pasaban por la vereda. Aparentemente, me había quedado dormido en la vereda del jardín de la estatua, sin embargo tenía algo nublada mi vista y no distinguía bien. Tenía la percepción de estar en otro lado pero en el mismo lugar, como si la perspectiva hubiera cambiado. No podía moverme, pero veía que una sombra frente mío se levantara y me quisiera hablar con las manos. Ya era de noche, una brisa corría suave y la luna en lo más alto de la oscuridad, alumbraba la vereda. Quise levantarme pero no podía, estaba arrodillado en el jardín de la casa. La sombra que no podía distinguir me decía “gracias por escucharme, siempre lo haces, eres muy lindo para ser una estatua de piedra“.


Comprendí al fin el por qué la dureza de mi persona y la fantástica imaginación que tenía; comprendí por qué la gata no era mi mascota, sino que ella solía visitarme en mi jardín; que las copas no las tomaba yo, sino los jóvenes que por mi vereda pasaban; comprendí que la mujer desnuda no era la estatua, sino mi referencia a lo que sería yo en carne y hueso. Finalmente comprendí que la estatua siempre había sido yo y que en el afán de escaparme de mi destino de piedra, imaginaba otra realidad, donde los números eran lo mío.

05/08/2018

domingo, 29 de julio de 2018

Bastará…

Bastarán unos segundos
para tener conciencia de lo que fuimos.
Bastarán unos minutos
para darnos cuenta de lo que hicimos.

Tal vez bastarán unas horas
para entender el dolor que nos causamos.

Nos bastará toda la vida
para aceptar el dolor de poder estar juntos.

Bastarán todos los instantes
para saber que conocí la felicidad.

Bastará nada menos que la eternidad
para convencer a nuestras almas para estar juntas.

Quíen sabe cuánto nos bastará comprender
que nuestro amor estaba en la diferencia.

22/10/2001

jueves, 28 de junio de 2018

No me mires así


Una llovizna tenue era testigo en aquella madrugada. No se oía ruido por el balcón que daba a la calle; solo se escuchaba música suave sobre los gemidos de un par de almas desesperadas de amor. En el cuarto reinaba la humedad y estaba alumbrado por las luces de la calle. La misma humedad hacía que los cuerpos se pegaran, la misma humedad que hacía que los mismos cuerpos no se pudieran separar. En un momento, llegué a sentir el cuerpo entumecido, cosquilleos que subían por mis piernas y mis brazos hasta llegar a mi rostro para terminar en mi boca. Habíamos sido jóvenes en aquel instante de tiempo. Tan jóvenes que no medíamos consecuencias sentimentales. Consecuencias que con el transcurrir del tiempo nos iban a hacer arrepentir de habernos alejado. Nos burlamos del tiempo en aquel instante y creímos que “todo iba a estar bien”, que “nada nos iba a cambiar”.

Sucedió que el tiempo nos fue modificando de a poco, cambió nuestras perspectivas y nos fue alejando el uno del otro. Lo que parecía incierto entre nosotros y no quisimos reconocer nunca ante los demás, terminó sopesando y distanciándonos; odiándonos por nuestras impunes acciones y por nuestras soberbias omisiones mutuas. Y, como era obvio, ocultábamos bien adentro todas las escenas de amor en las que actuábamos; dejó de importarnos los surcos de caricias que habíamos sabido tatuar uno en el cuerpo del otro; queriendo silenciar a la fuerza nuestra memoria, y a la vez, enmudecer al corazón y no nos volvimos a cruzar en mucho tiempo. En muchos años, diría yo.

Un sueño recurrente me visitaba en las noches últimamente. La misma escena donde los  cuerpos se derretían; que la humedad y la fatiga eran acompañadas por una lluvia de verano. Luego, amanezco transpirado como si esa madrugada también fuera replicada por mi cuerpo, en un constante dejavu pero diferente, mutilado por el tiempo. Mi sueño terminaba siempre con la misma negación: “no me mires así…”; me decía ya exhausta.

Esa mañana de camino a la universidad en colectivo, como era habitual saqué un libro de mi mochila y me predisponía a su lectura. Desde mi banco la vi. Me dije a mi mismo que no podía ser, sabía que no y me quería convencer de que lo fuera en realidad. Estaba parada más adelante y se movía al ritmo del mismo movimiento del andar del vehículo. Su cabello castaño claro estaba intacto, no faltaba ningún rizo. Una ventana se habría y el viento jugaba también con sus cabellos, enredándolos entre sí, y a su vez también con un pañuelo que lleva enroscado en su cuello.

Me quería convencer de que si era, pero no. No podía ser ella. Este espectro que se me presentaba en este horario tan temprano era más joven; igualmente hermosa; igualmente atractiva; igualmente fresca; pero no podía ser ella. Me miraba en el reflejo de la pantalla de mi celular y veía no a un joven sino a un tipo más grande y me convencía que no era ella a través de mi propio reflejo.

No podía concentrarme en mi lectura, por lo que tuve que abandonarla a las pocas cuadras en que esa mujer subió al colectivo. Recordaba mi sueño recurrente; recordaba y rememoraba cada episodio de ese sueño y se mezclaba, a su vez con otros recuerdos, donde nos amábamos de otras maneras; donde solo bastaba mirarnos y sonreír; dónde quedábamos abrazados en el balcón esperando que las primeras luces del sol pintaran de dorado las retasadas nubes; cuando unos mates eran el único sustento de alimento que teníamos por días; cuando nos abrazábamos al enterarnos de un triunfo o una derrota en nuestras materias, dónde con esos mismos abrazos nos amábamos sin sexo, sino solo en la presencia del otro.

¡Pero era Florencia! Intentaba darme valor para levantarme de mi lugar, pero me atornillaba mi soberbia. Quería de veras acercarme, pero me pesaba más el remordimiento de no haber hecho todo lo que esté a mi alcance en aquellos años para poder mantener cerca a esta mujer. ¡Flor…! Gritaba mi alma, a la vez que se cuestionaba si era o no era, la duda era grande pero más grande eran las fuerzas internas que me pesaban en mi lugar en el colectivo para no levantarme.

Era mi Flor. Era mi Florencia que se me hacía presente desde otros tiempos aquí y ahora para mortificarme. Pero no podía ser ella, parecía algo más alta, sus cabellos algo más claros, su silueta algo más delgada, era algo más diferente.

En un giro del colectivo, apenas dobló las rodillas para no desestabilizarse y fue como volver al pasado, cuando se paraba en la cama y empezaba a bailar en aquel nuestro  cuarto semioscuro, aclarecido por la luz que ingresaba de la calle por el ventanal. Y movía sus piernas, sus brazos acompañaban sus movimientos y su cuerpo se contorneaba para mantener el equilibrio pisando suavemente el colchón. Y esta señorita de hoy tenía los mismos rasgos de mi Florencia en sus movimientos. Entonces, si era mi Flor.

Al desocuparse un asiento cercano, la joven logra sentarse acomodando su cartera sobre sus piernas y su cabello todo de lado por sobre su hombro derecho. Estaba justo del lado del pasillo en las filas del conductor, y su pelo le cubría todo el rostro, ocultándose como percibiendo que alguien la estaba acosando con la mirada. Apenas se veía su nuca y también la reconocía como una alegoría que se me presentaba irónica cerca de mí. Nuca la cual habré acariciado con el filo de mis labios y con el vértice de mis dedos; nuevos recuerdos se presentaban en mi para torturarme, tal cual se presentaba esta mujer dos asientos delante de mi lugar.

Perdido en mis pensamientos, no me percate que ella se había levantado. Desesperado miré para todos lados para poder encontrarla con mis ojos ansiosos. De repente, escuché el timbre de la puerta trasera del colectivo que anunciaba que alguien se quería bajar. Automáticamente, cual reflejo, giré para cerciorarme que fuera ella. Descendía del coche y en ese bajar sentía que el tiempo se escurría nuevamente entre mis manos. De un brinco superé todos los miedos y pesares que me atornillaban en mi butaca, y ya con el colectivo en movimiento y la puerta cerrándose, logré bajar de un salto a la vereda.

-“Flor…” Dije con primera timidez y agitación. Al no tener reacción, grité con más temperamento ¡“Florencia”!.

Por fin se dio vuelta y me sonrió como reconociéndome. Cuando la alcance, su mirada había cambiado. Eran los mismos rasgos que recordaba, pero no era el mismo rostro juvenil el cual había perseguido horas enteras en mis clases.

La joven respondió a mi llamado: “¿profe… se encuentra usted bien?”. Una suerte de velo se cayó de mis ojos; tratando de reaccionar logré responderle que me encontraba bien, que pensaba que era otra persona y avergonzado y algo sonrojado, concluí entregando mi secreto: “eres igual a alguien… otra época… otros años… me disculpo por asustarte”.

Me di vuelta, continué caminando, pues faltaban aún algunos metros para llegar a la universidad. Me miré en el reflejo de una vidriera de un negocio y vi un hombre cercano a los cuarenta, avejentado por la pesadez de decisiones equivocadas y traumatizado por un pasado que no quiere soltar.

16/06/2018

miércoles, 4 de abril de 2018

Jamás bailaron

Habían sido compañeros todo el secundario y durante esos cinco años, no pudo decirle a Emma las diferentes sensaciones que le cruzaban por todo el cuerpo las veces que se le acercaba, las veces que le miraba o las veces en las que podían entablar una conversación.

Emma era de las alumnas más lindas de la promoción; había sido elegida “Reina de los Estudiantes” en reiteradas ocasiones y era la más pretendida de escuela. Álvaro, en cambio, era un estudiante más bien introvertido, nadie sabía mucho de él, solo lo suficiente: era un pibe medianamente estudioso, no estaba eximido en todas sus materias, pero tenía un buen promedio; era bueno para los deportes colectivos a pesar que no tenía un físico muy atlético; los profesores decían que era vago, pero no era exactamente lo que sucedía con él, pues, era bastante inteligente y le costaba poco estudiar, punto que le favorecía para estudiar en poco tiempo lo que al resto nos llevaba algo más de esmero, básicamente, no le costaba entender; era un pibe dócil y servicial; era poco gracioso, más bien tenía un humor bastante oscuro; era un pibe de perfil bajo, pero cuando se presentaba o cuando daba una lección oral, se hacía notar con presencia bien marcada, tono fuerte de voz y seguridad en su mirada. Esa seguridad no condecía cuando debía hablar con Emma, no así con el resto de las compañeras. Todos sabíamos que por Emma tenía una debilidad asumida. Algunos compañeros llegaron a notar que hasta le temblaban las piernas en ocasiones compartidas con ella, y esto Emma lo sabía.
Emma tenía una belleza muy peculiar. No era como la mayoría de las alumnas que asistían a la escuela. No era muy alta, con tendencia a estar por encima de su peso, lo que le daba apenas unos relieves en su figura juvenil, y ese detalle es lo que la diferenciaba del resto. Tenía una sonrisa mágica, ojos claros que iluminaban su paso y cabello castaño; nunca se le iba a notar cuándo ella pudiera encontrarse mal o triste, todo lo disimulaba muy bien. En cambio Álvaro, no se guiaba de estereotipos, más bien él se hacía su propia moda con lo que tenía; era de poco hablar y de mucho escuchar; él era más bien bohemio, escribía lo que su imaginación e inspiración le dictaban; pero él tenía una musa que le permitía mover su inspiración y activar a su imaginación: Emma.

Provenían de mundos diferentes, a él le fascinaba el rock and roll, en cambio ella prefería más los sonidos pop de melodías mucho más tranquilas y románticas. Ella no pasaba sobresaltos domésticos, en cambio él tenía que remarla con sus padres día a día, debía ayudar a sus hermanos cuando los padres no volvían de trabajar. Ella vivía cerca del zona centro (clase media para arriba) y él en los suburbios (más bien media estancada). En definitiva, eran diferentes y los mundos de los que provenían les marcaban aún más las diferencias.

En la escuela se armaban bailes de vez en cuando y era la primera vez que Álvaro sentía una extraña necesidad de asistir, pues estaba finalizando la secundaría y aún no había asistido a ninguno. No había mucho que preparar, debía vestir su delgada figura nada más; nada muy formal, unos jeans y unas zapatillas chatitas, cómodo digamos. La entrada no había costado tanto, a él le costaba más reconocerse en el baile como sujeto, más que en los recitales de bandas de rock. Había semejanzas, pero pesaban más las diferencias, o él hacía prevalecer las diferencias.

Por fin, después de haber andado divagando por el patio de la escuela donde se ejecutaba el baile, se encontró con sus compañeros de aula, quienes habían hecho mucho para que Álvaro fuera; habían estado insistiéndole varias semanas (desde que se habían enterado que se iba a realizar el baile) para que asistiera y ahí estaba él, parado delante de ellos, sus compañeros varones (las chicas estaban por otro sector) con ambas manos en los bolsillos, cabeza hacia abajo, como tímido. Fue un jolgorio su recibimiento, era prácticamente su primer baile. Los compañeros le comentaban que esperaban a un par más de ellos que fueron al baño y que luego se reunirían con sus compañeras; le habían comentado que estaban todos juntos en una gran ronda bailando y que cada cual iba pasando al centro de la misma para “hacer lo suyo” (cada cual hacía alguna monería, algún paso de baile) para divertirse en grupo.

De verdad habían realizado una gran ronda, estaban presentes casi todos los alumnos del curso. Todos, o la mayoría, en especial las señoritas estaban muy bien loockeados, cada uno con su estilo propio. Como no podía ser de otra manera, de todos resaltaba Emma. Era, definitivamente, la más hermosa de todas; se movía al ritmo de la música fuerte en su lugar, al compás del juego de luces de colores que prendían y apagaban. También se destacaba Álvaro, no tanto por su vestimenta, sino, más bien por su presencia; ellos eran los más buscados en la ronda y eran consultados para dar opiniones de todo: de la música, de las luces, de los pasos de baile, de las vestimentas, de las anécdotas, de las bromas, de las risas.

De pronto, entre los saltos y los movimientos de todos los compañeros, ellos quedaron de frente formando una pareja para bailar. El patio no tenía techo y se había nublado, y las nubes estaban tan encapotadas que estaba empezando a lloviznar. Algunos grupos de estudiantes prefirieron ir a refugiarse. Ellos sin embargo, se mantuvieron parados frente a frente haciendo un paso al costado, un paso al centro y luego un paso más al otro costado, seguían el compás de la música sin bailar propiamente, pero no se quedaban quietos. Se miraban entre los juegos de luces; se miraban buscando mirarse, a pesar que sus compañeros los hablaban, ellos estaban de pronto absortos, perdidos mutuamente, fundidos en la mirada el uno con el otro. Mientras seguían el ritmo de frente, él no tenía el valor de tomarle la mano; en cambio Emma, algo más resuelta y decidida que tímida, lo agarró de las manos y le dijo: “seguime… y por nada del mundo me sueltes”. En ese instante su musa inspiradora se hizo presente en carne y hueso. Palabras sueltas que rondaban en su cabeza se encadenaban en una conjunción de frases. El aire se hizo liviano y sentía que estaba volando, más que bailando. Él hizo caso, no la soltó más, no solo porque se lo había pedido ella, sino porque ni demente la iba a soltar, él no quería soltarla. Sería como querer soltar el universo, una vez que lo tenías en tus manos.

Cuando el tema finalizó, habían quedado prácticamente amarrados en un abrazo y él comenzó a relatar:

“Jamás habíamos bailado estas melodías
el  día no sé si comienza o termina
aunque la lluvia nos quiera separar
estos son los momentos en los que no me quiero quedar a solas.
Camino por la oscuridad de la noche
jamás habíamos bailado tomados de la mano
y ya no hay más tiempo
sólo quedamos los dos parados de frente
mirándonos en el fondo de la pista
en algún amanecer que imaginamos
entre la melodía y las luces del lugar” (18/01/2005).

Ella lo miró, primero sorprendida por las palabras que emanaban de su boca; luego lo miro inerte porque no entendía lo que quería decirle con esas palabras, no entendía lo que esas frases querían insinuar, o bien no quería entender el significado de lo que Álvaro le estaba tratando de expresar; Por último lo miró con compasión, porque ella no supo qué responder ante semejante proclamación. Una compañera los interrumpió, para ese instante la lluvia se había vuelto aguacero, se había convertido en tormenta de agua y viento. Él se había quedado unos segundos más parado en medio del patio contemplando como corrían todos hacía un alero que estaba siendo utilizado de refugio. El baile terminó y de a poco, a medida que la tormenta se disipaba, también se desconcentraba de gente el patio de la escuela.

A los pocos días, Emma y Álvaro se habían reencontrado en el mismo patio, en el recreo. Ella dejó que sus amigas se adelantaran unos pasos, él estaba con sus manos en el bolsillo y algo cabizbajo; intento disculparse por sus palabras, sin embargo ella lo interrumpió con un beso en la mejilla. Le dijo a continuación: “vas a ser un gran escritor… un gran poeta”. Luego de esto, no se volvieron a cruzar. A Álvaro se lo vio con la frente en alto, caminaba con más seguridad; y a Emma se la encontraba algo más silenciosa y pensativa. Jamás volvieron a bailar juntos.


02/04/2018









domingo, 1 de abril de 2018

Muero

Muero por rosar tus labios
y que me amarren tus brazos.

Muero por acariciarte
y surcar caminos por tu piel.

Muero a cada instante
e intento revivir con tu mirada.

Muero de ambición
en el deseo de tenerte.

Muero en la dulce ansiedad
por regalarte mis madrugadas.

Muero de dolor
por la indiferencia de tus rechazos.

Muero y vuelvo a morir
en tu reiterado silencio.

Muero por vos
y me salva una palabra tuya.

Simplemente muero
porque no se si puedo vivir sin vos.

24/09/2001

sábado, 24 de marzo de 2018

Suspiro

En un suspiro te recuerdo,
y caigo de rodillas;
en otro te aparecen en fotos
y el ayer se vuelve hoy.

Un suspiro surca por todo mi cuerpo
tal vez un beso fugitivo del tiempo;
otro suspiro se presenta recordándome
que nunca más se volverá a repetir.

Un suspiro fue olvidado en un cristal,
y que ahí se desvanecerá
creyendo que será recuperado
en un latido deprimido.

Otro suspiro que se me presenta
ante la vieja amargura
de un fuerte sentimiento
que se resiste a perecer.

Un nuevo suspiro y otro que le sigue,
muriendo y volviendo a vivir...
creyendo que en cada uno de ellos
se podrá recuperar lo que ya está perdido.

13/10/2002

sábado, 3 de marzo de 2018

Florero

…a mis Tata y Mima

Le acomodaba el cuello de la blusa porque estaba doblado, Bernardo era insoportablemente jodido con esos detalles, los cuales para su mujer, Dora, eran totalmente irrelevantes. Estuvieron juntos más de la mitad de sus vidas; eran de esas personas que se mimetizaban el uno con el otro, que se hablan con la mirada; degustaban los placeres pequeños y los maximizaban apoyándose en el otro, desde el sabor de una tarta de coco hasta los mates amargos de la tarde; se disfrutaban juntos caminando de la mano en la cuadra de su casa o en los paseos de compras por el almacén o la panadería.

Bernardo acariciaba el suave rostro frío de Dora, la yema de sus dedos texturados por la espereza de los años y por el excesivo trabajo de carpintero de toda su vida. Ellos no tenían lujos, vivían justos, bien, tranquilos con la jubilación de autónomo de él y de maestra de  ella. Al final de sus días ya no planificaban tareas o viajes, sino que vivían los momentos sabiéndose que cada uno de ellos, cualquiera fuere, por mas cotidiano que sea, podría ser efectivamente el ultimo. Tampoco les interesaba el noticiero ni las novelas de la tarde, preferían mirar por la ventana del hall hacia la calle o sentarse alrededor de su mesita de mate en el fondo de la casa mientras arreglaban el jardín.

Bernardo le arreglaba el rulo del flequillo a Dora. Desde que se conocieron fue así, pues ella tenía el cabello rebelde e hipersensible a la humedad. Estaban solos, pues no pudieron concebir hijos, y con el tiempo, no es que se resignaron, sino que se resguardaron en ellos mismos de todas las terapias alternativas e invasivas que fueron demoliendo sus aspiraciones; y también se resguardaron de la burocracia del estado, que lenta y muy perezosa le negó la ilusión de poder recibirse de padre y madre porque ya “eran entrados de edad”.

Bernardo definitivamente era el jodido en los detalles… cortaba flores de su propio jardín para Dora. A diario ella se amanecía con una rosa, un clavel o una cala indistintamente en la mesa de la cocina, en un florero muy delicado. Y cuando no tenía ninguna de estas flores, bastaba solo con flores silvestres o aromáticas para empezar con mejor semblante a la mañana. Esta ocasión era especial, y fue un enorme ramo con todas las flores del jardín, como lo hacía en otras ocasiones especiales. Todas prolijamente cortadas.

Bernardo dejó de respirar por un instante, prácticamente el mismo tiempo en que Dora lo hacía. Se iba su vida en el mismo segundo que su vida (Dora) se le estaba marchitando. Es verdad lo que dice la gente: “con cada muerte morimos también un poco cada uno”. Un poco o una gran parte de nuestra existencia desaparece cuando el otro se nos va. Bernardo sentía cómo su vida se le iba en cada latido; y con cada latido, un recuerdo de su vida junto a Dora se iba diluyendo también.

El silencio que quedó en la casa en las mañanas, en los mates de la tarde, en el arreglo del jardín, fue consumiendo lo que quedaba de su vida. Ya no había en quién apoyarse al caminar para salir a hacer las compras, ni comentarios u opiniones de cómo quedaría un arreglo nuevo o una planta nueva en el jardín.

Si. Quedaba el silencio que gritaba a viva voz la ausencia de vida, la ausencia de historia, la ausencia del ser, la ausencia del compañero. Ese silencio fue matando de una forma totalmente impune al que quedaba. No fueron las palabras no dichas, no fue el sentimiento de extrañeza, no fue la soledad, sino el silencio perpetuo de los espacios antes compartidos fue lo que terminó con la vida de Bernardo.

Más que un relato de cómo va consumiendo la soledad a una persona, es un relato de cómo una persona se entregó para acompañar en la muerte a su compañera. Él había cortado todas las flores del jardín por esta ocasión especial, la despedida de Dora. Ella toda tiesa y firme en su refugio final construido por las mismas manos que le acariciaban por última vez. Él le acomodaba el cabello, que aunque sin vida ya, le seguía dando dolores de cabeza. Le acomodaba la blusa porque su cuello no debía desentonar. Bernardo acariciaba el rostro suave y frío de Dora en su sueño profundo con sus manos ásperas. Sus dedos recordaban, en cada centímetro que iban acariciando, todas las caricias juntas que habían dado a lo largo de los años junto a su compañera; y a su vez, empezaba a extrañar las caricia que ellos mismos no darían más. Nació entonces un anhelo de reencuentro, con el deseo también de que sea pronto.

La muerte los separó físicamente aunque creo que ambos murieron el mismo día, el momento de Bernardo fue unos años más tarde. Mientras tanto, la tumba de Dora amanecía todos los días con una flor diferente, en un florero muy delicado y prolijamente acomodado.

01/03/2018

viernes, 26 de enero de 2018

Secreto


La ciudad nos señala,
la oscuridad nos abraza,
los autos alumbran en su paso
mientras nos fundimos apasionados.

Qué cortos son los tiempos...
cuán duro es el alejamiento,
a pesar de la distancia
nos buscamos en nuestros pensamientos.

Qué difícil es cuando se extraña
por no saber bien a que...
si se extraña más el cuerpo
o si se extraña más al ser.

La cuidad mira callada
uno a uno cada beso,
y envidia con rabia
lo impunes que somos en ellos.

Que la noche nos siga abrigando
de las miradas curiosas,
que nos oculte celosa
en nuestro secreto pecado.

26/01/2018