Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de diciembre de 2018

Noche

Que suceda esta noche...
que corra lenta y peligrosa la tentación
que se eleve despacio en una eternidad.

Por más que el alba se asome...

quiero que me asaltes en madrugada
quiero que me robes los sueños y los deseos.

Te prometo no escapar...

y aunque intente algún forcejeo
por tus manos quiero dejarme llevar.


Que suceda sin dolor...
que tus manos absorban mi tiempo
y queden sólo hojas al viento.

Que suceda esta noche...

no me angustia convertirme en polvo
quiero que deje de abrazarme esta soledad.

11/05/2004

sábado, 15 de diciembre de 2018

Elementos

Qué son los elementos sino nosotros mismos
qué somos nosotros sino lo que creemos ser
qué es lo que creemos sino lo que nos dicen que somos:
no somos más que un puñado de segundos.

Qué tiempo tenemos más que la eternidad
qué eternidad disponemos más que un fragmento de ella
qué fragmento deseamos conseguir
que ni el lenguaje mismo nos permite pronunciar.

Qué poder pronunciar sin evocar esos mismos deseos
de perdernos en los pedazos del tiempo infinito
para que más no sea felicidad poder evocar
en una palabra que no exista más que para nosotros.

Qué elemento nos puede cobijar...
ni fuego, tierra, agua ni el mismísimo aire
qué lugar o espacio puede abarcarnos
en este deseo finamente enmudecido.

Qué son los elementos sino nosotros mismos
conjugados en acciones de tiempo
en deseos interminables de palabras
de significados olvidados en un mismo instante.

15/12/2018

domingo, 19 de agosto de 2018

Paso tras paso tras paso…



You are not me, Arlandria. You and what army,  Arlandria?
Oh, God you gotta make it stop.
Arlandria – Foo Fighters.

Parecía largo el camino que había comenzado, había asfalto primero y luego de repente, la ruta terminó y comenzó una huella por un camino de tierra a la cual seguí. Sentí que no tenía otra opción más que seguir adelante, más que seguir caminando. Sentí que conocía dónde iba; sin embargo, después de haber andado deambulando todo el día me detuve en ingreso a un puente y allí me quedé parado mirando la nada misma por un buen rato. 

No recuerdo haber parpadeado; no recuerdo si había pasado pensamiento alguno por mi cabeza; no recuerdo cuánto tiempo estuve allí parado; tampoco recuerdo si mí llegada a ese puente fue durante el día o si ya había anochecido; mucho menos recordaba de dónde venía o dónde había empezado mi recorrido. Lo que si recordaba es que primero avanzó un pie y luego le siguió el otro y así paso tras paso tras paso… avanzaba hasta llegar donde había llegado, sin saber siquiera qué lugar era.

No recuerdo cuál fue mi nombre; ni recuerdo tampoco qué fue de mí antes de mi peregrinación. Tal vez, incluso, me cuesta recordar cuál eran mis certezas. No tenía reloj o celular; y si los tuve alguna vez no sabría decir sobre su paradero, si me los robaron, si yo mismo los había entregado o si los había extraviado. Sin embargo, a cada paso que daba sentía, y era seguro, que el tiempo tal cual se lo conoce se iba diluyendo. Sentía que cada composición del tiempo eran la misma tierra levantaban mis pasos, que cada una de sus partículas eran polvo que se levantaba y caían nuevamente alrededor de mis pies, que los minutos y los segundo iban dejando de existir en la medida que iba dando cada uno de mis pasos; y que a su vez que daba un paso, me perdía aún más en el camino y que al igual que el tiempo, iba perdiendo la noción de mi mismo.

Para los demás deambulaba sin rumbo. Sin embargo, tal vez era yo quién tenía el rumbo correcto, adecuadamente orientado y no así el resto. No corría, solo caminaba paso tras paso tras paso… un pie luego el otro, una necesidad que me llevaba a querer llegar a un lugar sin brújula alguna, pero sabiendo muy dentro mío cuál era la ruta que tenía que seguir. El puente estaba allí erguido frente a mí deseoso que empezara a desandarlo. Mientras que los demás seguían con su mirada mi andar sobre el puente, yo hacía caso omiso a sus miradas y me deja llevar como el agua, donde el viento va formando con su paso las figuras más hermosas en el oleaje, así… me dejaba llevar paso tras paso tras paso.

De repente, tuve un instante de lucidez mundana donde pude ver inútilmente a mí alrededor como queriendo reconocer (tal vez reconocerme también a mi) el lugar a donde había llegado. Sin alarmarme, miraba en todas las direcciones y observaba con curiosidad el puente que comenzaba delante de mis pies. Una estructura de hierro pintada de herrumbre por los años y por la reacción al clima húmedo del lugar; por debajo de él, corría un río manso con cierta profundidad; había algunos botes de pesca que no parecían percatarse de mi existencia; tampoco lo hacían los vehículos que cruzaban de manera intermitente por el puente.

Mis pies ya se encontraban dispuestos para seguir avanzando, en aquel mismo instante de lucidez me sorprendía una fuerte encrucijada, pues mi cuerpo pedía descanso, mi mente buscaba reencontrarse y ubicarse geográficamente, pero a la vez me impulsaba a seguir adelante a través del puente.

-SILENCIO!!! Le gritaba a mi propia mente y a las ideas que me aturdían con su silencioso ruido ambiente; tanto me aturdía ese silencio de mis pensamientos que terminaba replicándose en el resto de mi cuerpo; queriendo escapar a mis pensamientos de retorno a un presente fugaz e instantáneo e imperceptible, como también querer escapar a mis recuerdos que buscaban ganarle una carrera mi presente para hacerme reaccionar y así poder alienarme nuevamente a la rutina.

Por fin mis pies avanzaban sobre el puente. Lo comencé a recorrer paso tras paso tras paso… lo cruzaba sin mirar hacia abajo o a los costados; solo me concentraba en mí peregrinación la cual no sabía cuándo iba a terminar.

No puedo explicar cómo pero el tiempo y su composición en minutos y en horas no me afectaban; era inerte a su transcurrir; lo cruzaba transversalmente, ni sobre ni por debajo, sino que lo cruzaba a través del mismo tiempo. Mientras que los demás que me miraban se encontraban esclavizados por el tiempo, yo lo cruzaba por la libertad de mis pasos dejándome llevar a través de él, penetrando en cada uno de sus compuestos. En otro lapsus de lucidez, comprendía el por qué de  su mirada despectiva; ellos miraban con envidia la libertad que tenía mi andar. Ellos eran los que decían que estaba loco; mi andar despreocupado les respondía que era el más cuerdo de todos. Ellos decían que estaba saliendo del mundo real; en mi andar me convencía cada vez más que al cruzar ese puente abandonaba un mundo de opresión donde el carcelero era el tiempo, y a dónde iba a llegar era un lugar privilegiado, despojado de limitaciones o preocupaciones; un mundo el cual me sentía como propio; un lugar sin extensiones y sin nombres, sin dueños y sin cotidianeidades que se aferraban como grilletes a los tobillos.

El parte médico dijo que la causa fue muerte cerebral que el corazón al ser joven y tan fuerte, mantenía con vida al resto del cuerpo pero que mi cabeza ya no estaba más. Mi mente en realidad estaba totalmente en blanco en total libertad de sus ataduras mundanas. Mientras que mi andar sigue siendo paso tras paso tras paso a través de la naturaleza del universo.


19/08/2018

domingo, 29 de julio de 2018

Bastará…

Bastarán unos segundos
para tener conciencia de lo que fuimos.
Bastarán unos minutos
para darnos cuenta de lo que hicimos.

Tal vez bastarán unas horas
para entender el dolor que nos causamos.

Nos bastará toda la vida
para aceptar el dolor de poder estar juntos.

Bastarán todos los instantes
para saber que conocí la felicidad.

Bastará nada menos que la eternidad
para convencer a nuestras almas para estar juntas.

Quíen sabe cuánto nos bastará comprender
que nuestro amor estaba en la diferencia.

22/10/2001

lunes, 25 de diciembre de 2017

Pasillos


Hacía mucho calor aquella tarde, ya se había anunciado alerta meteorológico por fuertes tormentas, con rayos y vendavales de viento. Eran esas tardes las que me gustaban más salir de casa, pues era habitual salir a entrenar ya que me preparaba para participar en el triatlón ironman.

Durante la semana, en mis horarios libres había entrenado en nado en la laguna del dique de una localidad cercana a casa; también salí a correr en un circuito que me había diseñado yo mismo pasando por la plaza dónde jugaba en mi infancia, siguiendo por la avenida principal hasta llegar a la ruta, un par de varios kilómetros y luego de vuelta a casa, pero esta vez en sentido contrario.


Aquella tarde era un sábado muy caluroso, y se prestaba para salir a rodar en la bicicleta de carrera. Si quería llegar a la meta en la más dura de las competencias de triatlón, debía entrenar para los 180 kilómetros en bicicleta, sin importar el estado del tiempo, ni los alertas meteorológicos. Antes de salir, en el jardín de mi casa hacía la entrada en calor estirando los músculos, revisaba el equipamiento de mi bici, cargaba agua en las dos cantimploras que tenía y salía. Las nubes ya estaban muy encapotadas, sin embargo el brillo de la luz me molestaba la vista. Sin que se termine de armar la tormenta en las alturas comenzaban a caer las primeras gotas.

Apurando el paso para salir y en el mismo momento que agarraba el picaporte de la reja de casa todo alrededor se iluminó y quedé envuelto en un tremendo silencio. Un rayo había alcanzado a la reja de casa y en un silencio blanco, claro, luminoso sentí pasar por todo mi cuerpo sus casi trescientos mil voltios de energía. Mi mano estaba pegada a la manija de la puerta de la reja. El tiempo parecía no transcurrir; parecía que todo a mi alrededor se había congelado en el tiempo, miraba las caras de unos vecinos que estaban en sus veredas, un auto girando por la esquina, un gorrión queriendo aterrizar en la rama de la magnolia plantada en la vereda; pero ninguno de ellos se movía. En cambio yo si sentía que me podía mover; atiné a abrir la puerta de la reja motivado por la idea de salir de casa e intentando escapar de las fuerzas del rayo que me tenían atrapado.

Cuando logré abrir la puerta, se me presentó en ese instante algo muy diferente a la escena cotidiana congelada por el tiempo que anteriormente estaba viendo. A medida que abría más mi puerta, un pasillo muy extraño se me presentaba frente a mí. Era como una galería de casa antigua, con enormes arcos a un costado apuntando a un patio interno donde había un rosedal y otras plantas que no pude distinguir. Mi curiosidad y mis ganas de escapar de ese horroroso congelamiento me motivaron a ingresar al pasillo. Miraba en el patio la gran diversidad de colores que tenía el jardín; tuve la impresión de ya haber recorrido ese lugar alguna vez, pues se parecía mucho a mi escuela de primaria, a diferencia de que en vez de un jardín teníamos piso de cemento y una estatua de un prócer que se erigía arrogante en medio del patio.

Caía la tarde y oscurecía con más rapidez de lo que estaba acostumbrado en el entorno de este pasillo. Giré para ver mi casa y ya no estaba más. La puerta, la reja mi jardín y todo lo que giraba a mi escena domestica había sido absorbido por este extraño lugar. Me asome a los balcones de los arcos y vi que el cielo estaba cubiertos de formas muy extrañas, como pasillos encastrados en otros pasillos y galerías que subían y bajaban en diferentes direcciones. En ese momento sentí un ahogo rotundo y caí de rodillas desorientado, creí no salir de ese lugar; me levante de inmediato y comencé a correr en la dirección que me proporcionaba este pasillo. Había unas puertas al otro lado de las barandas, aparentemente eran habitaciones y en algunas había luces en el interior y se escuchaba ruido de personas hablando entre ellas, pero todas las puertas se encontraban cerradas.

Al final de esa galería, me topé con una escalera que llevaba a un piso superior. Sus escalones eran de mármol blanco ya desgastado por el uso seguramente, la guarda de la escalera tenía formas coloniales de hierro torcido y el pasamano era de madera de roble suavizado por el uso también. Subí saltando de a dos escalones, al llegar al descanso, tome aire y retomé el curso hacia arriba. Al terminar el ascenso me esperaba otra galería no muy alentadora igual que la del piso de abajo. En ese instante vi salir a un señor vestido de época a la mitad del pasillo, aparentemente de uno de los cuartos de ese piso. Le grité y me miró, avance hacia él despacio para no asustarlo con mi atuendo moderno. Cuando puse un pie en la galería, nuevamente una luz demasiado blanca y fuerte me cegó; seguí avanzando y ya todo se fue aclarando. Sin embargo, ya me encontraba en otro lugar, era otro pasillo muy diferente al anterior. En este lugar parecía ser un horario temprano justo en la salida del sol; la construcción no era tan añeja como la anterior. Este pasillo era mucho más cerrado, pero a su vez, tenía cinco ventanas equidistantes en aproximadamente quince metros de largo, me daba la impresión de ser un edifico de oficinas.

Me paré de frente a unos ascensores aparentemente no estaban funcionando porque no respondían, además los focos del pasillos se encontraban parpadeando, por lo que decidí bajar por la escalera que tenía forma de caracol. Cada vez que intentaba abrir la puerta de acceso a los pisos inferiores me daba con que las mismas estaban cerradas. Me encontraba en el piso sexto cuando comencé el descenso. Un piso tras otro, todos cerrados, como que el destino no me quería dar una escapatoria a este limbo que me tendía una trampa y ya comenzaba a sentir el encierro y el mareo por giro de la escalera. El último piso (en este caso el primer piso) lo baje rodando porque me había tropezado con mis propios pasos, mi cabeza golpeo con la puerta de salida y esta sí se abrió. Cuando por fin pude salir del claustro de las escaleras, me di con que ya estaba en la planta baja. La puerta del edificio se encontraba abierta, parecía ser un edificio ubicado en un lugar céntrico, pues se apreciaba mucha circulación de personas afuera. Por un momento reconocí la vereda y los comercios que se encontraban en la vereda de enfrente. Salí al trote del descanso de las escaleras al hall de entrada y de un salto quise salir a la vereda. Sin mucha suerte porque no aterricé en la vereda sino en otra galería, en medio del brinco nuevamente me envolvió una luz blanca que me transportó al interior de una iglesia.

La iglesia estaba vacía, había ingresado por una especie de puerta lateral al altar. Parecía ser mediodía y hacía mucho calor y desde donde estaba podía ver que la puerta de entrada se encontraba abierta. Comencé a correr por la galería centrar del templo para poder salir, pero recordando lo que me había ocurrido en las dos ocasiones anteriores, me detuve justo antes de la puerta. Me preocupaba la idea de cruzar esa puerta de acceso, pues no sabía dónde más podía seguir apareciendo; me preocupaba no poder encontrar la salida definitiva a estas especies de laberintos. En ese instante, paso por la cabeza la letra de una canción “…atrapado en libertad…” (Preso en mi ciudad – Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota), porque si bien no estaba encerrado en ninguna prisión, me sentía “encerrado” en estos pasillos que me llevaban a otros pasillos, preso de no poder decidir dónde poder ir.

Me daba mucha incertidumbre el no saber que me esperaba del otro lado de la puerta y me empezaba a preguntar cómo hacer para volver a mi realidad; cómo hacer para salir de este laberinto de pasillos. Reflexionaba, a la vez que cada persona es un laberinto de tiempo, diferente a otras personas, diferente a otros laberintos; que nadie sabe cómo circular por su propio laberinto de tiempo; que vamos improvisando en cada paso y que en cada giro, o en mi caso en cada pasillo que iba avanzando, es un laberinto nuevo y que puede cambiar con cada decisión o experiencia que uno va tomando.

Entendí, entonces que este laberinto en que me encontraba era mí tiempo, no mi presente sino que por dónde venía desandando hasta ahora eran mis recuerdos o por lo menos, parte o esencia de mis recuerdos cada uno de los pasillos que iba cruzando. Entendí que para volver, debía ir reconociendo estos lugares y reconocer qué había decidido hacer en cada uno de ellos. Entendí que el tiempo me estaba poniendo a prueba conmigo mismo, con mi propio tiempo. Entendí que el tiempo es diferente entre el hombre y la mujer, y entre cada individuo a la vez; entendí que mi encierro no eran estos laberintos, estos pasillos o galerías en sí por los cuales estaba andando, sino que mi laberinto real de tiempo era mi presente, pues andaba corriendo contra métricas, records y clasificaciones, pero no me preocupaba por el presente mismo. Entendía que una vez que tomaba conciencia de mi presente esa acción ya era pasado, y que esa fracción de segundos los había perdido.

Me sentía listo para cruzar esta vez, me sentía dueño de mi tiempo nuevamente; siempre lo había sido, pero ahora tomaba conciencia de ello. Cruce la puerta de esa iglesia y la luz blanca se hizo presente y me envolvió una vez más. Esta vez no renegué de ella, deje que me abrazara y que me conduzca. Fui contemplando otros pasillos y otras galerías encerradas en un tiempo particular, en el de mi memoria. Es cierto lo que dicen las personas que han vuelto de la muerte “es como ver pasar una película delante de uno”. Avanzaba cada vez con mayor velocidad hasta que las mismas imágenes, los pasillos y las galerías se volvían todas blancas, del mismo blanco que me envolvía. Lo blanco se transformó en tiempo, luego lo blanco y el tiempo se volvieron abstractos.

De repente abrí mis ojos y me vi postrado en una habitación que tenía claridad, aparentemente era un hospital. Unos vecinos habían sido testigos: estaba saliendo de casa cuando un rayo alcanzo la reja justo en el momento en que yo la tocaba. La descarga fue de tal magnitud que me hizo volar por el aire unos metros hasta llegar al porche de entrada de mi casa y como había quedado abierta la puerta de la verja, entraron, me recogieron y me llevaron a al centro asistencial. Sin embargo, cada vez que preguntan qué es lo que me sucedió, les contesto que me estuve en un laberinto de tiempo; que fui preso del laberinto de mi vida.


22/12/2017

viernes, 8 de mayo de 2015

El reflejo



El tiempo es veloz, tu vida esencial… (David Lebbón)

Esa mañana, me costó levantarme, más de lo habitual. Intentaba y volvía a intentar abrir los ojos; el cuerpo estaba pegado a la cama, como si tuviera un yunque apoyado sobre el pecho; y para completar, el despertador programado en el celular, no paraba de sonar desde las 6:20 de la mañana.
Al fin, cuando logré levantarme, comenzó mi rutina diaria: poner la pava para hacer una taza de café bien cargado, como para despabilar las ideas y quitar el sabor amargo de la boca; mientras tomaba  el desayuno, me iba vistiendo en la cocina, llevaba una silla donde allí ponía la ropa con la que andaría todo el día; abro la ventana para sentir la temperatura ambiente, esa mañana estaba bastante más fría de lo que me imaginaba; Por último, luego de lavarme, me abrigaba para salir.

Ya en la esquina, yendo a la parada del colectivo, veo a la distancia que justo mi bondi pasaba semivacío, y al ver que no lo iba a poder alcanzar, desaceleré el paso, pues, el próximo pasaría en diez minutos; lo que me daba tiempo más que suficiente para llegar y esperarlo.
Parecería ser que mis neuronas se durmieron por un momento, porque no recuerdo el instante en que subí y buscar un lugar en el pasillo del colectivo para poder viajar parado, pero cómodo hacia mi trabajo. Lo que sí recuerdo, era ver mi reflejo en la venta. Juro que no lograba reconocerme. Es decir, me veía a mí mismo: mi barba, mis ojeras, mi ropa, los auriculares en los oídos, la mochila al hombro, las entradas en mi frente; era yo, pero no me podía reconocer. ¿Habría crecido tanto desde las 6:20 hasta las 7:00 am? Era un pregunta que no podía responderme; no tenía argumentos para hacerlo; es más, no sabría que decir para complacerme, a mí mismo, con una respuesta válida.
Me miraba profundamente en ese reflejo, a pesar de lo difuso que se podía apreciar; era tan profunda que podría haber distinguido hasta el color de mis pupilas; me autohipnotizaba de solo verme. No había nada más que llame tanto mi atención. Ni los bocinazos de los vehículos, ni las frenadas de golpe del colectivo, ni la gente que subía y bajaba, ni el ruidito de la máquina para pasar la tarjeta y marcar el boleto, ni siquiera la música en mis oídos. El duelo estaba más que claro: quería reconocerme en esa imagen, la que devolvía el vidrio de la ventana.

Vi, en los ojos del reflejo, que mi vida se había acelerado de una manera extraordinaria, como presionar el FF (fast fower) del control remoto, adelantando lo que sucediera en una película. En unos segundos, vi cuándo me graduaba; cómo sufría con algunos amores en el secundario; me vi también en una entrevista para ingresar a mi primer trabajo, y hasta sentí, por unos instantes, el mismo temor, ansiedad y presión de aquel entonces. Vi en la pupila del hombre en el reflejo, la cita con la cuál conquiste a mi mujer; el casamiento, la cena, el brindis, el baile, las luces, sentí los olores y los perfumes de esa magnífica noche; vi cuando arrancaba por primera vez mi primer automóvil, era un usado que me costó varios años de sacrificado ahorro; en el mismo momento, vi cómo convertía desde el primer gol y hasta el último, en cada partido de futbol jugado con mis amigos. Me vi en los asados, de invitado o de asador. Vi el día que me salió la primera cana en la sien, y hasta cómo mi barba paso del color negro cobrizo a gris, para luego llegar al plateado y terminar finalmente en blanco. Me vi vestido con otras ropas y también desnudo; de traje y corbata, de bermuda y ojotas, de jeans y remera o de gabardina y camisa dentro del pantalón. Vi cuando usé el pelo a la altura de los hombros, y cómo, a medida que se iba adelantando el tiempo, se iba acortando de repente, acorde al mismo avance.
En esa mirada profunda, el tiempo era muy relativo; no porque no pasara, todo lo contrario, el ritmo del tiempo era por demás acelerado. Los segundos eran una exhalación, tanto que podría ser imperceptible el movimiento de las agujas de un reloj. Sería como verme entrar en un cono aceleradamente silencioso y caótico; vi que mis descansos, en las horas nocturnas o diurnas, eran apenas suspiros; donde no llegaba a acostarme, que ya era momento de levantarse; incluso me vi en esa misma mañana antes de subir al colectivo.

Vi también avejentar a mis seres más cercanos, los más queridos y los no tanto, los recordados y los olvidados; me dolió ver a mi mujer en un añejamiento veloz, hasta me sentía responsable de ello. Temí que al bajar de éste viaje, encontrará a todos igual o más viejos que yo, porque pensaría que la culpa es mía, por no haber hecho nada para detener este viaje antes. Temí también, que la situación fuera tal, que se tornara irreversible. Temí por ellos, de no poder hacer nada contra el paso fugaz del tiempo, de no tener las herramientas para protegerlos del desgaste, de no poder advertirles de las consecuencias… temí de no poder.

Por un momento parpadeé y casi supe quién era, cómo me llamaba o cuántos años tenía. Pero me engañaba, los reflejos mienten desde el primer momento, porque nunca dejarán de ser un replica de uno mismo; desde su concepción hasta su asesinato alejándonos de ellos. Nos mienten porque ellos nos dicen cómo debiéramos estar, cómo debiéramos pensar, cómo debiéramos sentir, cómo debiéramos actuar. Los reflejos nos mienten en un presente aparente, pues, muestran lo que los ojos de los demás quieren ver, quieren sentir y quieren tocar; nunca dicen lo que uno mismo insatisfactoriamente quiere. Mi reflejo mentía lo que me mostraba. No era real que esa mañana había desayunado y me había vestido en la cocina; no era real que haya caminado hasta la parada y se me haya pasado el colectivo; no era real que mi reflejo me mostrara un tipo blancamente avejentado, al igual que a mi familia. Es por eso que no me reconocía en lo que veía de frente en aquel vidrio, porque ese YO reflejado, no era lo que soy en realidad. No es lo que veía reflejado lo real, sino lo que no muestra ese mismo reflejo, por miedo a no ser aceptado
 
Volví a parpadear, pero esta vez, no estaba parado en el pasillo del colectivo; estaba sobre la falda de una mujer. Ella discutía con el inspector del viaje, que no yo debía pagar el boleto, porque los menores de cuatro años viajan sin cargo. Es en ese momento que logro reconocerme. Ahora el reflejo muestra un pibe con un delantal de jardín maternal, que no entiende de boletos ni de edades y que el único tiempo que reconoce, es cuando tocan el timbre para ir al arenero con sus compañeritos de juego.

05/05/15

lunes, 8 de septiembre de 2014

Si el tiempo me ayudara...


Si el tiempo me ayudara…
te amaría en todo mi espacio,
y la pasión de mi cuerpo
te dejaría sin el aliento.

Si el tiempo me ayudara…
no tendría miedo de entregarme,

se estremecerían mis sentidos,
la curiosidad le ganaría a mis deseos.

Si el tiempo me ayudara…
bebería de tus labios la locura,
me embriagaría en tu sudor,
y finalmente, sosegaríame en tus caricias.

Si el tiempo me ayudara…
me abrigaría en tu sonrisa,
me resguardaría en tu mirada
y no dejaría de soñar con tus ojos.

Si el tiempo me ayudara…
no habría horizontes que alcanzar,
ni fronteras que cruzar, ni leyes por romper;
solo si el tiempo me ayudara.

05/09/2006