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viernes, 8 de mayo de 2015

El reflejo



El tiempo es veloz, tu vida esencial… (David Lebbón)

Esa mañana, me costó levantarme, más de lo habitual. Intentaba y volvía a intentar abrir los ojos; el cuerpo estaba pegado a la cama, como si tuviera un yunque apoyado sobre el pecho; y para completar, el despertador programado en el celular, no paraba de sonar desde las 6:20 de la mañana.
Al fin, cuando logré levantarme, comenzó mi rutina diaria: poner la pava para hacer una taza de café bien cargado, como para despabilar las ideas y quitar el sabor amargo de la boca; mientras tomaba  el desayuno, me iba vistiendo en la cocina, llevaba una silla donde allí ponía la ropa con la que andaría todo el día; abro la ventana para sentir la temperatura ambiente, esa mañana estaba bastante más fría de lo que me imaginaba; Por último, luego de lavarme, me abrigaba para salir.

Ya en la esquina, yendo a la parada del colectivo, veo a la distancia que justo mi bondi pasaba semivacío, y al ver que no lo iba a poder alcanzar, desaceleré el paso, pues, el próximo pasaría en diez minutos; lo que me daba tiempo más que suficiente para llegar y esperarlo.
Parecería ser que mis neuronas se durmieron por un momento, porque no recuerdo el instante en que subí y buscar un lugar en el pasillo del colectivo para poder viajar parado, pero cómodo hacia mi trabajo. Lo que sí recuerdo, era ver mi reflejo en la venta. Juro que no lograba reconocerme. Es decir, me veía a mí mismo: mi barba, mis ojeras, mi ropa, los auriculares en los oídos, la mochila al hombro, las entradas en mi frente; era yo, pero no me podía reconocer. ¿Habría crecido tanto desde las 6:20 hasta las 7:00 am? Era un pregunta que no podía responderme; no tenía argumentos para hacerlo; es más, no sabría que decir para complacerme, a mí mismo, con una respuesta válida.
Me miraba profundamente en ese reflejo, a pesar de lo difuso que se podía apreciar; era tan profunda que podría haber distinguido hasta el color de mis pupilas; me autohipnotizaba de solo verme. No había nada más que llame tanto mi atención. Ni los bocinazos de los vehículos, ni las frenadas de golpe del colectivo, ni la gente que subía y bajaba, ni el ruidito de la máquina para pasar la tarjeta y marcar el boleto, ni siquiera la música en mis oídos. El duelo estaba más que claro: quería reconocerme en esa imagen, la que devolvía el vidrio de la ventana.

Vi, en los ojos del reflejo, que mi vida se había acelerado de una manera extraordinaria, como presionar el FF (fast fower) del control remoto, adelantando lo que sucediera en una película. En unos segundos, vi cuándo me graduaba; cómo sufría con algunos amores en el secundario; me vi también en una entrevista para ingresar a mi primer trabajo, y hasta sentí, por unos instantes, el mismo temor, ansiedad y presión de aquel entonces. Vi en la pupila del hombre en el reflejo, la cita con la cuál conquiste a mi mujer; el casamiento, la cena, el brindis, el baile, las luces, sentí los olores y los perfumes de esa magnífica noche; vi cuando arrancaba por primera vez mi primer automóvil, era un usado que me costó varios años de sacrificado ahorro; en el mismo momento, vi cómo convertía desde el primer gol y hasta el último, en cada partido de futbol jugado con mis amigos. Me vi en los asados, de invitado o de asador. Vi el día que me salió la primera cana en la sien, y hasta cómo mi barba paso del color negro cobrizo a gris, para luego llegar al plateado y terminar finalmente en blanco. Me vi vestido con otras ropas y también desnudo; de traje y corbata, de bermuda y ojotas, de jeans y remera o de gabardina y camisa dentro del pantalón. Vi cuando usé el pelo a la altura de los hombros, y cómo, a medida que se iba adelantando el tiempo, se iba acortando de repente, acorde al mismo avance.
En esa mirada profunda, el tiempo era muy relativo; no porque no pasara, todo lo contrario, el ritmo del tiempo era por demás acelerado. Los segundos eran una exhalación, tanto que podría ser imperceptible el movimiento de las agujas de un reloj. Sería como verme entrar en un cono aceleradamente silencioso y caótico; vi que mis descansos, en las horas nocturnas o diurnas, eran apenas suspiros; donde no llegaba a acostarme, que ya era momento de levantarse; incluso me vi en esa misma mañana antes de subir al colectivo.

Vi también avejentar a mis seres más cercanos, los más queridos y los no tanto, los recordados y los olvidados; me dolió ver a mi mujer en un añejamiento veloz, hasta me sentía responsable de ello. Temí que al bajar de éste viaje, encontrará a todos igual o más viejos que yo, porque pensaría que la culpa es mía, por no haber hecho nada para detener este viaje antes. Temí también, que la situación fuera tal, que se tornara irreversible. Temí por ellos, de no poder hacer nada contra el paso fugaz del tiempo, de no tener las herramientas para protegerlos del desgaste, de no poder advertirles de las consecuencias… temí de no poder.

Por un momento parpadeé y casi supe quién era, cómo me llamaba o cuántos años tenía. Pero me engañaba, los reflejos mienten desde el primer momento, porque nunca dejarán de ser un replica de uno mismo; desde su concepción hasta su asesinato alejándonos de ellos. Nos mienten porque ellos nos dicen cómo debiéramos estar, cómo debiéramos pensar, cómo debiéramos sentir, cómo debiéramos actuar. Los reflejos nos mienten en un presente aparente, pues, muestran lo que los ojos de los demás quieren ver, quieren sentir y quieren tocar; nunca dicen lo que uno mismo insatisfactoriamente quiere. Mi reflejo mentía lo que me mostraba. No era real que esa mañana había desayunado y me había vestido en la cocina; no era real que haya caminado hasta la parada y se me haya pasado el colectivo; no era real que mi reflejo me mostrara un tipo blancamente avejentado, al igual que a mi familia. Es por eso que no me reconocía en lo que veía de frente en aquel vidrio, porque ese YO reflejado, no era lo que soy en realidad. No es lo que veía reflejado lo real, sino lo que no muestra ese mismo reflejo, por miedo a no ser aceptado
 
Volví a parpadear, pero esta vez, no estaba parado en el pasillo del colectivo; estaba sobre la falda de una mujer. Ella discutía con el inspector del viaje, que no yo debía pagar el boleto, porque los menores de cuatro años viajan sin cargo. Es en ese momento que logro reconocerme. Ahora el reflejo muestra un pibe con un delantal de jardín maternal, que no entiende de boletos ni de edades y que el único tiempo que reconoce, es cuando tocan el timbre para ir al arenero con sus compañeritos de juego.

05/05/15

domingo, 22 de junio de 2014

Desafíos


Ir desafiando tus límites,
cuestionarlos, derribándolos;
juzgar  tus estructuras y que
se estremezcan ante cada pregunta.

Romperte la ropa sin impedimentos,
no para mostrar fortaleza,
sino para demostrarte
que hay otras libertades.
Surcar tu cuerpo, porque no...
dentro de un sinfín de posibilidades,
dependiendo solo de nosotros
decir basta para luego continuar.


Que no quede savia sin ser probada,
que no quede rincón sin ser explorado,
que no sea el tiempo suficiente,
que no haya satisfacción sino es mutua.

Estamos a una pregunta
a una propuesta susurradamente vergonzosa,
para que la respuesta sea:
olvidar todas nuestras realidades.

23/10/2013

domingo, 15 de junio de 2014

Enmimismado

Hacía calor a pesar de haber empezado el invierno por estas latitudes. Esperaba el colectivo que por lo general demoraba varios minutos en llegar, me pareció ese día que tardaba más de lo normal, por lo que me senté en la garita a esperar, algo más cómodo por cierto que estar parado, pues justo los rayos del sol pegaban directamente de frente a las 11:13 de la mañana. Baje el cierre de mi campera mientras miraba pasar los autos y otros buses por la avenida. Será por haber dormido mal la noche anterior; será porque venía acumulando cansancio de varios días; será que es la hora de la mañana que más me cuesta, justo para tomar unos mates fortificantes y luego seguir con la rutina, cosa que me faltaba en ese mismo lugar y momento: el mate y la rutina; será que justo, de todos los quehaceres que tenía por hacer en esa mañana, me quedaron minutos libres solo para tomar el colectivo, por lo que no tenía nada de que preocuparme, nada en que pensar o nada por programar. Podría estar toda una vida buscando motivos de por qué me encontraba tan perceptivo ese día, a la espera del colectivo que me devuelva a la realidad.

Mente en blanco. Comúnmente le llamo “estado de cuelgue”, donde no hay una conexión más importante que la de mi mente, mi cuerpo y mi espíritu al mismo tiempo; como que los tres estados, a las 11:14 am, llegaron al mismo tiempo y al mismo momento a conectarse, a tocarse entre sí cíclicamente. Ya sentado en mi universo propio, todo me parecía nuevo, como si fuera la primera vez que veía un auto, un colectivo transportando personas, el verde del pasto del cantero de la garita, las vías del tren a unos metros de distancia, la estación de servicio al otro lado de la cuadra. En el living de una casa cercana la música de una radio cortada por el ruido de la calle, que su vez se mezclaba con el olor de un guiso, tal vez de arroz con lentejas, que salía de la misma casa; y el olor del pan recién horneado, proveniente de la panadería que está en un local de la estación de servicio de la otra esquina, que a su vez, también se mezclaba con el olor a petróleo refinado del mismo lugar; más allá, unos obreros arreglando parte de una calle; algo más acá, pero del otro lado, albañiles construyendo una habitación que se ocuparía para vaya uno a saber; en mi rostro, el reflejo de los rayos del sol en las lunetas de los vehículos que pasaban, indistintamente el porte, forma, color, estilo o clase que fueran. Todo, absolutamente todo era percibido, minuciosamente por mis sentidos de la vista, oído y olfato.

Una persona parece estar esperando el mismo colectivo, pues ya pasaron dos líneas diferentes, y él no ha realizado mueca o seña alguna para detenerlos; lleva más o menos el mismo tiempo que yo esperando, hasta podría apostar que este señor llego apenas segundos antes que yo. Por más que intento hacer memoria, sé que esa persona estaba allí, pero no puedo recordar qué vestía en absoluto, sí  aseguro que estaba vestido, eso sí que no dudo. Tampoco recuerdo qué le había preguntado, estábamos los dos, él parado y yo sentado hamacando mis piernas. Tenía intenciones de sacar un libro de la mochila que estaba leyendo de hace varios días, pero no podía. La conexión con mi propio universo era tan grande que casi no podía moverme. Oxigenaba mi cerebro con bostezos, estiraba mi cuello y hombros, jugaba con mis dedos, pero no podía moverme más que eso.

11:15 suena el timbre de un mensaje de mi celular, guardado en el bolsillo izquierdo del pantalón; no atino ni a sacarlo, no por inseguridad sino por miedo a no perder la conexión, como si fuera la señal WIFI propia de mí mismo. Ya se escuchan los platos hondos golpear en la mesa de donde se hacía el guisado, como si alguien estuviera presumiendo que iba a almorzar más temprano; los obreros, hacían probablemente su cuarto descanso de la mañana, pues el encargado de buscar el fiambre y el pan, de la panadería que se encontraba en la esquina opuesta de donde ellos estaban trabajando, recién retornaba con la colación correspondiente a esta hora, mientras que otro de los obreros aparecía como escolta del primero con una gaseosa en la mano; el colectivo 130 aún no aparecía, así que seguía conectado con el infinito; unas hormiguitas coloradas empezaron a hacer surco por entre la hierba y el pasto del cantero junto a la garita, unas llevaban ramitas, otras hojas tan grandes o aún más que su propio cuerpo; un perro callejero se escapa de la trompa de un automóvil, resguardándose debajo de mi asiento, respiraba fuerte y asustado, ya queriendo sosegarse; otra cantidad de autos circulaban del otro lado por la onda verde del semáforo; un delivery en moto frenó, se sacó el casco, abrió su habitáculo, saco un paquete debidamente envuelto con papel igualmente embolsado, acercándose a los albañiles grito: “la mila”, le pagaron, se camufló nuevamente, arrancó la moto y salió probablemente a entregar otros pedidos; a mí ya me estaba dando hambre, gire mi cabeza levemente, sorprendido por el bullicio arriba mío: un pajarito llegaba a un nido que se encontraba entre las chapas y la estructura de la garita, mientras que las, muy ruidosas, se dejaban ver por el mundo exterior; el hombre parado miraba su reloj de pulsera, segundos más tardes, algo en su celular con la mano izquierda, mientras que con la derecha sostenía enérgicamente una agenda, que agitaba insistentemente mirando el lado de la avenida por donde tendría que venir nuestro colectivo, es un hecho, esperamos el mismo transporte, cruzó por mi mente en forma de conclusión.

A pesar de que seguía mi percepción a flor de piel, no interrumpía este estado actual mío; al contrario, era cada vez más profunda la conexión, ya que empecé a verme a mí mismo en otras paradas de colectivo a lo largo de mi existencia; de muy pequeño y con mi madre, cuando estábamos por ir al jardín, de más grande cuando iba por primera vez al secundario; cuando escribí mi primer poema para ella, esa compañera por la que no podía dormir; me vi a mí mismo estudiando textos, escuchando música, corriendo al colectivo que arrancaba su marcha cuando recién estaba llegando a la esquina de la parada; me vi empapado por aquel que no frenó y paso por arriba de un charco de agua sucia y acumulada por la lluvia, dejándome hecho una piltrafa; me vi bajo otras lluvias, algunas luces de la noche, otras luces de amaneceres luego de algún baile; esperando para ir a mi primer recital, a mi primer trabajo, a mi primera cita, a mi primer partido de básquet y volviendo de mi primer derrota tal vez. 

En la esquina la rotonda muy transitada, giro a la derecha y el 130 descansaba por fin en el semáforo; el señor se apuro a hacerle señas desde ahora. Eran ya las 11:16. Sentía que alguien me clavaba una mirada a lo lejos; el chofer se quería asegurar que yo también esperaba el mismo transporte. Se dio el verde, me di cuenta porque empezaban a moverse los vehículos; el bondi comenzaba a acelerar; yo quería moverme, pero no quería perder la conexión que me estaba haciendo revivir tantísimos momentos; el 130 empezó a frenar suavemente hasta llegar a la garita y me levanté instintivamente, como por reflejo; las hormiguitas, los obreros, los albañiles, el que presumía de almorzar temprano, el chofer, los autos, el perro callejero, los pajaritos del nido, todos, absolutamente todos, seguían con su rutina sin parar, yo me negaba a convertirme en uno de ellos; con lo que me costó conectarme conmigo mismo.

“Boleto mínimo por favor a la ciudad”, le dije al chofer; como caminando sobre una nube, agarrado con la mano derecha al pasamano del techo del colectivo, buscaba casi sin querer encontrar, un lugar para sentarme nuevamente; los ojos de los otros pasajeros que ya estaban en el colectivo se posaron sobre mi andar pausado; ojos negros, otros marrones, algunos verdes claros y también celestes, los menos; encontré lugar al fondo, a medida que el colectivo comenzaba a avanzar, sentía que mi conexión se iba perdiendo; 11:17 giro a la izquierda para salir de la avenida, en la próxima esquina otra parada; dos personas bajan y unas cuantas que no llego a contar suben; las puertas se abren y cierran y arrancamos de nuevo por una pendiente larga y a velocidad considerada; vuelvo en mi, refriego mis ojos y limpio alguna tierrita que se me había pegado en el lagrimal. Vuelvo a ser yo mismo, el yo de siempre, el desconectado de mi y conectado con los demás, los otros empiezan a reconocerme, por fin las miradas cambian de objetivo; me acuerdo del mensaje, busco el celular del bolsillo y lo leo; con esa acción, las últimas miradas dejan de seguirme, ya todo es normal, pues todos o la mayoría de los pasajeros, tienen un aparato al cuál consultan cada medio segundo.

Ya son las 11:18, logro acomodarme en el asiento, saco el libro de mi mochila y las miradas de extrañeza recaen nuevamente hacia mi persona.

16/04/2014