domingo, 4 de noviembre de 2018

El Rey debía morir…


Banghalah había sido desde sus orígenes un pueblo de familias campesinas y pesqueras. Era un pueblo de posta, es decir que era una tierra de paso. Dueña de un golfo con playas preciosas y un puerto pesquero muy importante en la zona y llanuras  no tan bastas de extensión, pero que servían para cultivo y abastecimiento del mismo pueblo. Si bien no pertenecía a nación alguna, se encontraba situada geográficamente en medio de la disputa de un gran imperio por avanzar hacia una salida al mar.

El joven Rey Joseph II, Señor del imperio de Alandria, se apoderó de Banghalah tras algunos meses de enfrentamiento, ya que la Cuidad Puerto, como también se la conocía, no poseía gran fuerza militar y cayó rendida ante apenas un arsenal de soldados dorados, nombre con el que se hizo conocido el gran capital bélico del imperio.
Desde allí Banghalah continuó siendo ciudad de paso pero ya bajo la bandera de Alendria y soportando el yugo del Rey, el cual le exigía a sus nuevos integrantes del imperio, fuertes sumas de impuestos en metales preciosos y de alimentos para abastecer a sus enormes ejércitos. Si bien la ciudad puerto no tuvo nunca gran densidad de población, los jóvenes sin importar sexo, debían alistarse al ejercito dorado. Además, por estar situada cerca de un puerto, en las mismas tierras de Banghalah, por orden del mismísimo emperador, se asentó una dotación de infantería regional del ejército dorado, otra dotación encargada de naval y finalmente una de municiones y administración de alimentos.

Con el paso del tiempo, de ser una tierra muy tranquila se transformó en un punto estratégico del imperio; un lugar donde se desataron varios enfrentamientos son otras naciones vecinas que también pretendían adueñarse de la cuidad con todas sus nuevas virtudes militares. La negrura de la tierra de Banghala se tiñó de rojo debió a la cantidad de sangre derramada debido a las guerras en la que fue protagonista desde que la bandera del imperio empezó a flamear en su puerto.

Llegaban a Banghalah jóvenes de todas las direcciones cardinales de Alendria para empezar su entrenamiento. Los dos primeros años de la escuela militar eran comunes para todos los conscriptos: entrenaban el físico, se enseñabas y se practicaban tácticas de enfrentamiento, adiestramiento en diferentes armas y se ponía especial énfasis en la instrucción cívica orientada al Imperio de Alendria.

Omar era hijo del emperador y heredero al trono, era un joven que no tenía un gran porte físico. Era más bien introvertido e ingenuo, tal vez demasiado para venir de la familia real. En uno de los entrenamientos en la playa, su embarcación de práctica fue alcanzada por una munición de piedra arrojada por una catapulta desde las arenas de la playa; tanto Omar como sus dos tripulantes quedaron inconscientes y flotando a la deriva sobre la marea, que a su vez, la corriente del agua los iba arrastrando mar adentro. De una de las embarcaciones rivales de entrenamiento, saltó un soldado al rescate a puro esfuerzo de nado, pues las olas estaban picadas por el mal clima. Ernesto, el mejor aspirante de la promoción, pudo rescatar solamente a Omar llevándolo a su embarcación de práctica, pero no pudieron hacer nada con los otros tripulantes ya que habían sido literalmente tragados por el agua. Al enterarse el emperador de la hazaña de Ernesto por su hijo, fue invitado a una cena privada en agradecimiento.

Ernesto era desafiante y fornido, un genio en estrategia militar en comparación con sus compañeros de escuadrón, de entre los cuales se encontraba también Omar. Luego de la cena, el Joseph II le invitó a dar un paseo por las galerías del palacio real. En un momento donde el Rey bajo su guardia, Ernesto la acertó eficazmente una daga en el centro del pecho. A medida que el cuerpo del gran Emperador Dorado se desplomaba sobre los majestuosos mármoles del piso de la galería principal, la corona estallaba estrepitosamente por el suelo, alertando a los guardias que caminaban por delante de ellos con Omar, a unos cincuenta metros de distancia.

En lo que los guardias le propinaban una gran golpiza a Ernesto, Omar dio la orden a los gritos de que no lo mataran, pues él le debía su vida y ahora también le debía la herencia de ser el nuevo emperador de Alendria. Ernesto fue apresado en la mazmorra y no fue visitado por el Omar hasta que finalizaron los diez días de duelo por la muerte de un estandarte real.

La celda de Ernesto era fuertemente custodiada por guardias privados de la realeza. A la hora del almuerzo del onceavo día del asesinato de Joseph II, el nuevo emperador Omar I, se presentó en la celda del asesino del emperador. Ante semejante presencia, Ernesto dejó de lado la comida e inmediatamente se arrodilló ante su ex compañero.

-“Es peligroso para usted mi señor… el verdugo de su padre no merece semejante visita…” le saludo Ernesto en completa sumisión.

-“Tú no solo me has salvado la vida, sino también la has cambiado por completo”, le dijo el nuevo emperador. “Sin embargo, dime tú si debo llamarte asesino, si debo llamarte salvador, si debo nombrarte como compañero… ¿dime cómo debo de nombrarte?” preguntó Omar. Ernesto quedo en silencio y sin emitir respuesta permaneció con el semblante pegado al suelo. “Dime algo que pueda acallar a mis pensamientos con respecto a lo sucedido… dime si debo condenarte o enaltecerte…” replico el emperador.
Ernesto le contestó que lo acontecido iba más allá del propio entendimiento del nuevo emperador. A lo que Omar muy enojado le respondió: “tendrás todo el tiempo que necesites para explicármelo, para que tu nuevo Rey pueda entender… pues no tendrás compasión de mi parte. Además, no tendrás el beneficio de una muerte rápida, hasta que tu Rey quede satisfecho con tus argumentos y explicaciones… no vas a morir”. Omar dio media vuelta y se retiró con sus guardias. Desde el asesinato a su padre, el nuevo Rey había solicitado redoblar el número de guardias personales por temor a nuevos ataques a la investidura Real. A partir de aquel encuentro, Omar fue a visitar a Ernesto todos los días a la hora del almuerzo con un único y recurrente interrogante, sin embargo Su Alteza no tenía respuesta alguna por parte del prisionero.

Un día, Omar comenzó su interrogatorio con una pregunta diferente, le preguntó por su familia, si es que tenía a alguien en algún lugar que le estuviera esperando. Por primera vez en muchas visitas, Ernesto levantando la mirada del suelo, con un ademán con la cabeza le contestó afirmativamente.

-¿De dónde eres? ¿Dónde naciste Ernesto? preguntó Omar.

-Nací en Banghalah mi Señor, del mismo lugar donde nos conocimos usted y yo. El mismo puerto que me vio crecer… el mismo puerto que me vio salvarle la vida. Le contestó.

-¿Por qué me has salvado, Ernesto?

-Era propicio hacerlo mi Señor. No podía dejar que usted muriera en la mar.

-Pero no te fue impedido arrebatarle la vida a mi padre… le replicó Omar

-Su padre debía morir mi Señor… le contestó Ernesto.

Prosiguió su relato hablando de las desgracias que había sufrido su tierra desde la conquista propiciada por Imperio Dorado. Que él había sido elegido de un selecto grupo de jóvenes por parte de los jefes de su pueblo para llevar a cabo el asesinato del Rey y que debió, por lo tanto, cumplir con este mandato por el honor que se le había impuesto; que su destino había sido signado a ser el vengador de Banghalah.

La noticia de la ascensión al trono de Omar había circulado rápidamente no solo a lo largo y a lo ancho del imperio, sino también se habían hecho eco de la noticia las naciones vecinas con las que Joseph II había mantenido constantes enfrentamientos. El padre de Omar había tenido un mandato fuerte, en cambio el nuevo Rey, no había podido consolidar su voz de mando ante los diferentes Generales regionales, y querer asemejarse a su padre, empezó a tomar decisiones apresuradas y caprichosas como enviar menos dotaciones de soldados al Norte, por ejemplo, donde la guardia de frontera era constantemente puesta a prueba en enfrentamientos por parte de la  milicia rebelde; también había reducido el envío de provisiones a los asentamientos militares del Oeste, sin tener en cuenta que era una zona azotada por un clima muy frio, por lo que sus tropas no disponían de los recursos necesarios para poder alimentarse y abrigarse mientras que a su vez iban cediendo terreno en los enfrentamientos con sus vecinos. Y por último, Banghalah no habia sido reabastecida con lo materiales necesarios para los entrenamientos de las tropas, por lo que los soldados eran trasladados a los diferentes enfrentamientos con muy baja experiencia, lo que hace que las fuerzas perdieran capacidad de respuestas y fueran vencidas con menos esfuerzos. Además, las conversaciones con Ernesto, no tenían las respuestas que Omar buscaba por lo que sumaba una frustración adicional a la presión que tenía en su corta historia como emperador.

Una tarde, Omar visitó como de costumbre a Ernesto, pero esta vez la presencia real denotaba gran nerviosismo. Sin mediar saludo alguno, Omar mismo empezó a hablar la situación del imperio en el Norte. Ernesto le interrumpió el monologo de su alteza replicando:

-“La región del norte es muy delicada, pues el ejercito de Los Montañeses (como se los llamaba a los vecinos en constante conflicto) son muy fuertes y tienen muy buenos arqueros…”, el Rey le miraba con particular atención, como tomando nota de cada palabra que emanaba de la boca de Ernesto que continuó diciendo: “primero reducen a los ejércitos con sus arqueros, sus catapultas son de largo alcance y llegan a penetrar de lejos la defensa del ejercito Dorado, por lo que sería necesario no solo enviar un gran ejercito sino también a los mejores soldados, con escudos resistentes y más grandes que pudieran cubrir mejor el cuerpo. Además, debería enviar las provisiones necesarias para el número de soldados y voluntarios que se encuentran en el fuerte. Creo, si usted me lo permite (dijo con gran seguridad y atrevimiento) que debería empoderar el Fuerte Dorado del  Norte, no solo con dicho ejército fuerte sino también con materiales que sirvan para su entrenamiento y desarrollo, de esa manera usted se ahorraría de enviar más soldados teniendo la fuerza de generarlos allí mismo, con lugareños que estén acostumbrados al clima…”

Sin poder terminar su reflexión el Rey se levantó, le miró con desprecio y arrogancia y se retiró de la mazmorra. Desde éste último encuentro, Ernesto dejó de recibir la visita de Omar. Sin embargo, los guardias con los que se había hecho de cierta afinidad, le habían comentado que se habían implementado sus ideas al Norte de Alendria y que ya se habían dado pequeños avances fundamentales para mantener la frontera controlada.
Luego de casi un año, el Rey Omar volvió a visitar a Ernesto en su prisión quién trató de no mostrarse sorprendido. Omar empezó reconociendo que las ideas de su ex compañero, y otros aportes del consejo de guerra, había ayudado en gran medida para contener y replegar a Los Montañeses del Norte. Sin embargo, le comentó también que Alendria iba perdiendo cada vez más terreno en el Oeste con el ejército del Tigre Blanco (nombre con el que se le conocía a la milicia occidental con la que se enfrentaba el Imperio) y le concedió un trato:

-“Dime tu, Ernesto, qué medidas tomarías para que el imperio retome su potestad en las tierras del Oeste y tendrás la posibilidad no solamente de ser liberado sino también de convertirte en uno de mis asesores en el Consejo de Guerra…”

Ernesto permaneció un instante en silencio y luego, sin dar contexto alguno, comenzó su discurso de una manera muy parecida a aquella vez hace un año. Comenzó elogiando las fortalezas de su enemigo: “el ejército Tigre Blanco está compuesto de soldados muy ágiles, aquí la fortaleza está en hacerse amigo del frío, pues ellos no lo sienten. Entonces los soldados propicios para el enfrentamiento con ellos no son los más fuertes como el ejercito Dorado del Norte, sino deberán ser delgado, ágiles con la lanza y veloces con la espada; deben estar bien equipados de abrigo y que este sea de color claro para que se pueda camuflar con la tundra; los escudos deben ser más bien pequeños para que le ayuden al movimiento cuerpo a cuerpo del soldado con más rapidez, también ayudaría a ahorrar energía solo para el combarte”. Continuó hablándole a Omar dirigiéndose directamente a él: “debería usted enviar más provisiones y también, al igual que al Norte, debería crear una escuela militar en el mismo lugar para empoderar a las milicias regionales, para que los jóvenes y milicias de la región se conviertan en un verdadero ejército profesional de combate en clima ostil, como el frio…”. Como aquella vez, el Rey de Alendria se retiró con sobervia sin mediar palaba o saludo. Sin embargo, y como había dado resultado todo lo que Ernesto había recomendado, los seis meses de este último encuentro, Ernesto ya había sido liberado de su claustro y se había convertido en principal asesor de Omar I en el Consejo de Guerra del Imperio dorado, y además en el principal auditor de las Escuelas Militares de las diferentes regiones de Alendria.

El Consejo de Guerra no estaba de acuerdo que el asesino de Joseph II sea la mano derecha de Omar pero la aplicación de las eficaces ideas de Ernesto habían ganando terreno y le daba confianza. Cada región del imperio Dorado tuvo su propio ejército profesional de soldados compuesto por jóvenes criados en las mismas regiones de donde provenían, lo que hacía que fueran soldados adaptados de mejor manera para pelear. Así mismo, cada región fue estudiada por Ernesto para poder crear y fortalecer de la mejor manera a cada brazo del ejército del imperio. Además, cuando fueron debidamente fortalecidos los ejércitos, Ernesto se encargo de nombrar un persona de su confianza para mantener el funcionamiento adecuado de la estructura militar de toda Alendria. En dos años, Ernesto pasó de ser el prisionero y asesino de Joseph II a ser el hombre más fuerte y con más vinculaciones dentro de la estructura militar del imperio.

En una tarde en el claro de un bosque muy cercano a Banghalah, Ernesto y Omar junto a otros Generales Regionales participaban de una cacería de venados. En medio del banquete donde se asaba la carne de los animales faenado de la caza, Omar propuso un brindis en nombre de Ernesto y hablaba de que “sin sus ideas revolucionarias en ámbito de la guerra, Alendria no habría nunca habría recuperado y mantenido su esplendor”. Luego de los elogios, propuso que Ernesto dijera unas palabras:

-“Todos morimos, algunos tienen menos tiempo para poder estar entre nosotros, otros tienen más tiempo para poder ser disfrutados y acompañados. Quién no ha de morir jamás es quien será recordado por sus logros…” hablaba Ernesto mientras caminaba alrededor del mesón improvisado. “Mientras alguien recuerde las hazañas, uno puede ser recordado en el mito, por más que el cuerpo se pudra en la tierra colorada. Alendria perecerá hoy…” vaticinó Ernesto con mucha seguridad y firmeza mientras que Omar saltaba de su banquillo y miraba a su orador como pidiendo explicación de sus palabras.

-“Tranquilo Omar, todos te van a recordar como el emperador que dio paso a una nueva forma de mando. Una donde cada región dependerá de la región de al lado con compromiso de palabra y no bajo el yugo del estandarte Dorado de Alendria… un modo en donde cada región se vuelve una nación diferente, hermanada bajo la sangre derramada en común bajo nuestros pies…”

Mientras Ernesto proseguía con su discurso, dos generales se levantaron bruscamente y atajaban a Omar que quería a su vez arremeter con su espada a Ernesto. Luego de un forcejeo, estos generales lograron atar al Emperador a una pica cercana a la mesa, la misma donde se había desviserado al venado que estaban comiendo tras la casería. Y como el Omar no dejaba de gritar, le colocaron un trapo en la boca para amordazarlo.

-“Te lo había dicho en su momento Omar, yo fui elegido para asesinar a tu padre y fue parte de un plan orquestado, no solo para eliminarlo a él sino también para terminar con toda la Realeza. Tu embarcación no se deshizo solo por el golpe de la catapulta en aquel entrenamiento… yo fui quién aflojó las ataduras de los maderos. Te había comentado que debía salvarte, ¡claro que tuve que hacerlo! Era parte del plan poder acercarme lo suficiente a tu padre para cumplir con el mandato de mi pueblo… para terminar con la vida de Joseph y acabar con el legado de Alendria…”

Omar miraba amordazado y maniatado el monologo con los ojos sumamente abiertos y sus pupilas enfocadas directamente a su orador. Su mirada asechaba por donde quiera que Ernesto se movía, los ojos era lo único que podía mover. Por más que lo intentaba con cada forcejeo, no podía deshacer las ataduras.

Ernesto fue explicando una a uno cada punto cómo fue el plan para poder ganarse su confianza y para poder llegar al lugar y ejercer su potestad como lo había hecho en silencio hasta ese día.

Continúo con su discurso, pero esta vez, de lo que iba a suceder con Alendria a partir de aquel momento:

-“Omar, tus ojos no verán la caída del imperio, pero ten la certeza que desde hoy, Alendria caerá. Cada región será independiente del poder Dorado, ya que a costa de tu sangre, dejarás un decreto donde ordenaras el deceso del Imperio de Alendria…”; mientras relataba estas palabras, uno de los Generales le quitó el anillo con el Sello Real a Omar y bañándolo de cebo lo afirmó al pie del decreto. Ernesto dio la orden de que el mismo decreto fuera difundido por todo el territorio y dio la orden, a su vez, que todas las milicias regionales quedaban a disposición de los nuevos territorios, ahora independientes.

Por último, Ernesto se paró de frente a Omar y desenvainó su daga con la que degolló a su emperador. Se hincó de rodillas honrando la figura de Su Majestad, que poco a poco se desangraba con cada latido.

Los últimos parpadeos de Omar le permitieron ver al mensajero que corría a lo lejos en su caballo llevando la noticia de la caída de su imperio, y a su vez a Ernesto y sus Generales arrodillados a sus pies ofreciéndole reverencia. El anillo con el Sello Real volvió al dedo de un difunto Omar. Alendria cayó como había sentenciado Ernesto. Las nuevas Naciones que surgieron fueron prósperas y convivieron en paz con sus vecinos bárbaros por muchos años. Ernesto vivió algunos años más para terminar de darle forma y fortaleza a los acuerdos de solidaridad propuestos por cada una de las Regiones del ex Imperio Dorado, y a pesar de su deceso, aún se lo recuerda por su valentía como “el hombre que no ha de morir jamás”.

28/10/2018

sábado, 20 de octubre de 2018

Creador de universos


Era necesario escapar. No había lugar en casa porque éramos siete hermanos y yo particularmente el del medio. Tenía un par de años de diferencia con mis hermanos mayores y no entendía lo que hacían por lo que no compartía mucho con ellos. Y estaba algo más crecido para andar jugando con los más chicos, por lo que no terminaba de adaptarme tampoco a mis hermanos menores. Por supuesto que había poco espacio en el hogar como para poder pensar con claridad o poder esparcirme con tranquilidad, por lo que me encontraba en la búsqueda constante de un lugar, mi lugar en el mundo. Entonces, la esquina era mi refugio donde lograba divagar en paz; pues podía pararme de frente al universo minúsculo de la cuidad, reducido al cruces de las calles Gral. Lamadrid y Bernabé Araoz. Me sentaba en el cordón y contemplaba lo abstracto y lo cotidiano de esa esquina, los autos avanzar y los vecinos ir y venir. En esa esquina me escapaba del tiempo y de mi familia y le gritaba a mi cabeza “¡Silencio!” y dejaba fluir de a poco las palabras y la imaginación, creando nuevos universos como si fueran sueños dentro de un gran sueño; donde mis deseos, curiosidades e ideas juveniles se podían expandir y ver de frente y contemplar para luego seguir creando otros pequeños universos.

de Google Street View
Solía huir en mi bicicleta de carrera, era pequeña de esas que tienen el manubrio raro con forma de cuernos doblados. Era de color roja y bastante ligera, tanto que en su andar me adaptaba con rapidez a la forma del viento de las tardes como si de repente despegara del suelo para llegar al espacio. Corría carreras imaginarias con los autos que circulaban pasivos por la calle, mientras que yo iba a toda fuerza tomando velocidad por la vereda  imaginando que dejaba una estela de estrellas en mí paso. Era mágico. Era como soñar en despierto esas cosas. Cuando sentía cansancio volvía a mi esquina para continuar divagando nuevas historias. Era esa esquina, de las calles Lamadrid y Bernabé, como acostumbrábamos a llamarla los vecinos de manera más resumida, y no otra esquina pues por allí también había una vía por la que pasaba el tren, lo que la hacía aún más especial para mí. El tren de carga siempre fue puntual, pasaba a las dos de la tarde, y a la siesta no corría más nada que la inmensa y pesada formación y mi bicicleta.

Por aquellas tardes, tenía 13, 14 o 15 años más o menos, era un flaco alto en comparación con mis compañeros o amigos de la cuadra, tenía un andar torpe según recuerdo, me costaba llevar adelante mi cuerpo pues me sentía desproporcionado. Siempre me afectó el calor, inclusive hoy en día, pero en aquellas tardes para no sofocarme tanto me sentaba bajo un árbol de mora que estaba en la esquina del paso del a nivel, púes bajo esa morera había hecho mí lugar en el mundo, ese que tanto me costaba encontrar dentro de casa. Es allí donde mis historias comenzaban, si bien no sabía dónde iban a terminar o cómo iban a seguir, sabía muy bien que sentado en esa esquina bajo la morera seguro iban a empezar.

Con el tiempo, empecé a cargar un cuaderno de tapa dura y un lápiz, luego pase a una lapicera ya que con el roce del movimiento de las hojas del cuaderno la tinta no se desvanecía como las marcas del grafito del lápiz. Entonces comenzaba a plasmar en la hoja aquellos universos que primeramente divagaba. Comenzaba a escribirlos y releerlos, a corregirlos y a entender su funcionamiento, a imponerle condiciones y formas. Cualquier idea era buena y disparaba la acción de escribir. Me inspiraba primero en mis desamores y  creaba universos paralelos donde replicaba mis propias historias y experiencias a modo de un sinfín tácito; imaginaba que los personajes llegaban a estar juntos a modo de escapar a mi propia suerte en los amores, aunque sea en las ficciones. Imaginaba, también, a bestias que querían salir de los cuerpos de las personas como metáforas de los cambios orgánicos y hormonales que iba sufriendo. Imaginaba y redactaba también mis propias curiosidades respecto al sexo a modo de cable a tierra, pues no podía jactarme de una “experiencia” que no tenía y, además, el papel siempre me tuvo más paciencia que las personas, por lo que terminaba siendo más retraído en este tema como en cualquier otro en el momento de querer consultarlo, por lo que a la larga era mejor imaginarlos y escribirlos.

Entonces, diferentes ideas iban y venían y volaban trayendo a otras ideas encadenadas consigo. El problema se me presentaba cuando la temática imaginada se me presentaba como tabú, pues para esos años mozos mi credo católico no me permitía tener tantas libertades para poder plasmar por escrito algunas ideas que me daban pudor. El amor sexual que se despertaba, mi cuerpo cambiando y madurando, mi mirada sobre las mujeres que iba al mismo tiempo cambiando a medida que la curiosidad iba creciendo, que me llamaba la atención mirar una blusa entreabierta o un bretel de corpiño más que una sonrisa de quien tenía en frente… empezaba a sopesar en consecuencia una cuestión más erótica que infantil. Con el tiempo esas ideas restrictivas fueron cada vez perdiendo terreno a la vez que pudor; y cada vez creciendo más la posibilidad de poder escribirlas en el papel tal cual eran, a veces de una forma metafórica otras veces de forma poética, pero escribiéndolas a final de cuentas, haciendo que esas ideas sean protagonistas más que los personajes, o personificándolas en un universo propio.

Esa esquina fue mi refugio en el mundo. Era extraño y hasta se podría decir paradójico, pensar que en una esquina siendo tan visible llegara a ser una guarida para mí y para mis universos. Pues sí lo era; era un refugio para mis ideas y mis sentimientos. La fragilidad de los universos que creaba en mi imaginación tomaban fortaleza a diario en la medida que los registraba en mis apuntes de aquel cuaderno tapa dura, y en la medida que iba creando universos mi satisfacción crecía a modo de desahogo en cada uno de ellos.

Con el tiempo fui dejando de lado a esa esquina y la bicicleta también. Perduran todavía los pequeños universos que fui construyendo. A medida que otros los hayan leído, los recuerden o los reconstruyan, seguirán existiendo. Mientras tanto yo iré siendo olvidado o creado por otra imaginación hasta volver a desaparecer en el olvido que es en definitiva el destino inevitable del creador de universos.

14/10/2018

martes, 25 de septiembre de 2018

Ir y venir…


 “No todo lo que brilló alguna vez volverá a brillar…” (Nada Salvaje – Eruca Sativa)

Tenía dolores de cabeza recurrentes y ya me había realizado varios estudios médicos por ello; todos con el mismo resultado: no tenía nada. Mi médico de cabecera era mi mejor amigo, un hermano que elegí de toda la vida. Las consultas en su consultorio eran mucho más distendidas: había música de rock alternativo de fondo, charlas amenas de su familia o consultas sombre mi estado de soltería; y, entre chiste y chiste, me recomendaba dos cosas, primero que me tranquilice para no dejar que el estrés me ganara en la batalla diaria; y segundo, que si no funcionaba pensara en ir a un psicólogo, por lo que entre sonrisas jocosas respondía que prefería unas cervezas con mi amigo, guiño de ojo en medio.

En una de esas juntadas con mi compadre y doctor, me salió con una frase que no solo me hizo reflexionar, sino también hizo que me pasara la migraña de inmediato. Me dijo que había leído una frase en algún libro pero que no recordaba cuál: “los dolores de cabezas son la manifestación de los amores reprimidos”. Luego de escuchar la frase, una sola imagen vino a visitarme en forma de recuerdo: una tarde extremadamente calurosa donde me había corrido la vida para visitar en su casa a Ana y decirle “vine hasta aquí para decirte que estoy loco por vos”; y entre agitación y exaltación le dije también “vine para decirte que estoy enamorado de vos”.

Teníamos quince años por entonces, pronto a cumplir dieciséis los dos, éramos del mismo meses, ella mayor por unos días. Desde aquella tarde y por diez años no nos separamos. Después, cambiaron los objetivos de cada uno; cabíamos nosotros mismos y crecimos y, a su vez, nos dimos cuenta de que no podíamos continuar. Luego, a los pocos meses de separarnos volvimos a estar juntos pero por cuestiones de su salud; cuestiones que Ana no pudo superar.

La frase de “(…) los amores reprimidos” hizo que cayeran por el piso todas y cada una de mis mascaras y luego de un instante de lapsus, Alberto continuó diciendo que ya era hora de cerrar el círculo y otras frases de autoayuda que luego se las devolví con ironía y risas encubiertas, envueltas en un brindis forzado con nuestros chops de cerveza, bebiendo un gran trago largo para pasar la amargura del momento incomodo.

Con Ana nos amábamos frenéticamente, incluso en sus horas finales. Nos amábamos sin mirarnos, nos amábamos con palabras y en el silencio, con solo nuestra presencia. Nos amábamos libremente, dejando que el otro sea tal cual es, algo que era lo bastante difícil. Aunque pareciera utópico.

Ya era de madrugada cuando llegué a casa. Sin acostarme, algo me inquietaba. Busque una caja donde guardaba sus cenizas, pues si bien Ana siempre decía que quería ser cremada, aún faltaba cumplir con su último deseo. Tomé el pequeño cofre que la contenía, una mochila con una muda de ropa y el equipo de mate, lo que tuviera en la billetera y apagando  el celular para evitar que me molestaran, salí con dirección a la terminal de ómnibus.

En un viaje que tuvimos de vacaciones a la Costa, Ana había mencionado que cuando muriera quería que sus cenizas fueran esparcidas en aquella playa. Así que sin pensarlo demasiado compre un boleto en el primer micro que saliera rumbo a Miramar.

El viaje fue largo, las primeras horas no las sentí, pues todavía me encontraba con algún efecto de las cervezas, lo que hizo que durmiera un largo rato. Pero más tarde, no encontraba posición en el asiento. Además, el micro paraba en cada pueblo en su paso lo que agravó el tedio viaje.

Al transcurrir casi veinte horas de viaje el colectivo lograba llegar a su destino. En todo ese tiempo recordaba distintos momentos que habíamos vivido juntos con Ana, en particular aquellas vacaciones en Miramar. La nostalgia me invadía a cada paso. Recordaba que le hacía cosquillas con mi aliento cuando intentaba despertarla cuando habíamos llegado aquella vez; que chapoteábamos con las olas del mar en nuestros paseos; recordaba que no nos perdíamos ningún ocaso durante las tardes. Recordaba también que fueron los últimos años en que reía de verdad. Esa tarde en mi regreso solitario, una mueca prácticamente inconsciente me invadía y se colaba entre mis labios como haciendo remembranza de aquellas sonrisas guardadas en mi memoria.

No me refugié en ningún hotel. El objetivo era claro, había llegado a la playa justo al atardecer. El termo lleno de agua caliente, arremangado el pantalón y con el calzado en mano me dispuse a acompañar a Ana en su último paseo.

A la hora donde el agua turquesa del mar se enfriaba en su totalidad, donde el sol casi desaparece hundido en el horizonte… me senté en la arena y dejé que las olas besaran de a poco mis pies. Coloqué la caja con las cenizas de Ana en la arena y mientras que me cebaba unos mates miraba con mis ojos encapotados coma Ana jugaba al “ir y venir” con la marea creciente. Cada vez era más ir y menos venir y en ese “ir y venir” se me escapaban unas lágrimas que agregaban sal al mar. Y, en una de esas, fue tanto su “ir” que Ana ya no volvió más.

19/09/2018

sábado, 8 de septiembre de 2018

Lamento

Corazón envuelto en espinas
ignorado por la incomprensión,
destrozado por la indiferencia
y golpeado por el dolor.

Sentimientos que pesan en la cara
y que por dentro se desarman;
mata el lamento...
llora los desencuentros.

"Nunca es tarde..." se convence;
pese al esfuerzo
quiere sacarle una sonrisa,
se desvanece en un intento.

No duele tanto el silencio,
es más hondo el recuerdo;
no está en juego lo distinto,
lo que hay en común es el lamento.

22/05/2002

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Presente


Mi ideas destruidas,
mi brújula indecisa y
mi piel llena de recuerdos.

Mi boca repitiendo tu nombre,
enmudeciendo en cada suspiro,
y mis ganas de vos a cada aliento.

Me pregunto: cómo seguir,
dónde estás, qué puedo hacer…
vuelvo al origen: ¿cómo seguir?

Pena, desaliento, desvanecimiento,
cansancio, hartazgo
y nuevamente desaliento.

Muevo piezas, abro la cancha,
busco nuevas ideas, lo logro y
vuelvo a caer en tus recuerdos.

Un pie acá, otro allá…
en el medio una abismo
y el presente: la soledad.

26/08/2012

domingo, 2 de septiembre de 2018

Dos lunares



“(…) si no puedes recordar algo, es como si no hubiera pasado. De la misma manera, no puedes recordar algo que nunca pasó. Esfuérzate demasiado en recordar y tu memoria te puede mentir”. De Alicia en el país de las maravillas.

Para mí, no hay diferencias entre un día laborable o de descanso, en mi mente es habitual que todos los días sean iguales. No es que la rutina o lo cotidiano le hayan ganado a mi actualidad, sino que, últimamente, solo dejo que los días corran como el agua cuando la canilla se encuentra abierta. Me siento tan vacio que ni el mundo se fija en mí. Pienso recurrentemente que el destino de los hombres es el de olvidar, o el mío en particular al menos. Por eso, creo que el ser humano es limitado; finito en cuestión de tiempo. Por eso es que cada cual hace lo que esté a su alcance para generar lazos fraternos con otros, para lograr no ser olvidados, al menos por un instante pequeño de tiempo. Por eso, creo que a mí ya me han olvidado, o por lo menos yo no recuerdo a alguien por quién recordar, o por quién ocuparse en el tiempo que me queda.

Mis días son iguales, tal vez sean los últimos o quizás sean los primeros no lo recuerdo en verdad. Me levanto y desayuno; saludo a mis compañeros de asilo quienes generalmente no recuerdo. Camino por el jardín interno del edificio o me llevan a caminar, cosa que tampoco recuerdo a diario; sé que estoy acostumbrado a hacerlo porque me duelen los pies y porque veo mi calzado pintado con tierra colorada, la misma tierra del jardín. Duermo siesta y me vuelvo a levantar, o me levantan; me dicen que tengo alguna que otra visita, pero habitualmente no recuerdo quién es o quiénes son. Al finalizar el día, me siento o me sientan a ver televisión; ver es un decir porque suelo mirar sin ver, suelo sentarme con mis compañeros en la sala donde se encuentra el televisor porque no tengo otra cosa que hacer.

Quién soy importa poco; qué hacía, mucho menos. Pero hay algo que es recurrente en mis pensamientos, bah! es el único pensamiento que tengo y se me repite en un continuo presente. Inclusive en los sueños me visita la misma imagen: una joven mujer que se me presenta de frente, nunca le puedo ver el rostro, y si lo hice alguna vez no logro recordarlo; no así una peculiaridad de su persona, tal vez una imperfección tan delicada y sencilla que la hace única y perfecta a la vez, la mujer tiene dos lunares, uno en la base del cuello y otro al iniciar su pecho, separados solo apenas por unos escasos milímetros. No tengo otra imagen; no poseo recuerdo alguno y por más que lo intente no puedo recordar a quién pertenecen estos dos lunares. Creo que son reales, o al menos quiero creer que alguna vez lo fueron; que pertenecieron a alguien, que tal vez haya amado a la mujer dueña de esa imperfecta delicadeza; quizás hasta haya besado con todo mi amor esos tatuajes naturales que ahora me desvelan. Tal vez no es mi tormento una locura, me quiero convencer, sino que hubiesen sido reales en algún momento de mi vida; lamentablemente no puedo recordar, a la vez, no me atrevo a preguntar a mis cuidadores por temor a que olvide la respuesta. “Quisiera recordar más para evitar olvidar esos dos lunares”, me repito en algún momento del día.

También tengo miedo a haberme olvidado cómo era en realidad, por lo que si me mirará en algún espejo, no sé si lograría reconocer al otro que se me aparece como espectro que devuelve la forma. Por tal motivo, hace algún tiempo, aunque no puedo precisar cuándo, he decidido quitar los espejos de mi cuarto, o al menos lo he solicitado y cual pedido de un rey, así se ha concretado.

Escribo a diario mis quehaceres como una tarea predeterminada, dicen que es buen ejercicio para el cerebro y mi memoria. Sin embargo, no sé quién ha escrito las paginas anteriores, pues cada hoja enumerada y fechada, tienen patrones de tipografía similares pero no llegan a ser las mismas, o no tengo la capacidad de precisar si son las mías. Capaz, el cuaderno ha sido de otro y simplemente me ha tocado completar, por ende, la tarea de anterior. Simplemente, y como es mi tragedia diaria, no lo recuerdo.

Una tarde, alguien me consultó sobre una tarea que, según esta persona, yo la había escrito días atrás. Era una leyenda que decía: “esos dos lunares me atormentan, no porque me persigan sino porque yo soy el que los quiere seguir…”. Mi respuesta automática fue que no lo recordaba, obviamente. Luego, esta persona me insistió que hiciera memoria, que realizara un esfuerzo. Sentía como si viviera un dejavu al repetir la historia de los dos lunares: “sucede que no logro recordar su rostro. La verdad, sucede que a esta altura tampoco sé a ciencia cierta si esos lunares, que es lo único que mi memoria recapitula a diario, son o fueron reales. Quiero perseguirlos para escapar a la suerte de este tiempo. Suerte que no me permite recordar nada. Quiero creer, me convenzo de ello a diario. Creo, que es el único motivo por el cual aún no he partido de este mundo, porque pienso que esos lunares son de una mujer, la cual, ya no está en mi vida. A veces siento que esta mujer me está buscando y yo la quiero encontrar; aunque no sepa si aún existe, o si alguna vez existió”.

La persona que tenía en frente era una mujer, que tenía (o tiene) la misma edad que yo creía tener. Una vez que respondí a su pregunta, comenzó a desabotonarse su camisa blanca, dejándola abierta como si fuera un escote en forma de “V”, dejando al descubierto el centro de su pecho. Luego giró su cabeza mirando hacia su costado derecho, que casualmente daba hacia las ventanas al jardín; estiró su cuello y dejó evidenciar dos lunares, uno en la base del cuello y el otro, apenas separado, ya sobre el inicio del pecho. De pronto mi único recuerdo se condice con mi realidad y la imagen por fin tiene rostro. Un rostro, ahora, de mujer madura atormentada por el olvido perpetuo de quién tiene en frente. Un rostro que tal vez haya conocido en otra época, en años más juveniles. Un rostro que no reconocí (y que sigo sin reconocer) pero que su mirada me devuelve pestañas mojadas y reconocimiento de amor.


Mi asombro duró solo un instante tan corto que no lo puedo recordar. Cuando quise guardar esta experiencia en mi trastocada memoria, ya no sabía a quién tenía en frente. Solo sabía, y aún sé, que mi memoria repite una y otra vez la misma y única imagen: dos lunares apenas separados, uno en la base del cuello y el otro apenas empezando el pecho de una mujer; los cuales me persiguen tanto que hasta logro soñarlos.

01/09/2018




jueves, 23 de agosto de 2018

Soltar

Intenta besarle como si besaras mis labios...
intenta abrasarle como cuando te aferrabas a mi cuerpo
y en lo posible, trata de darle forma como el mío.

Dibújale cicatrices como las que yo tenía
dale un nombre que no sea el mio
inventale una historia que hayas creído construir conmigo.

Trata de crearle un universo diferente al que te construí
intenta soportar mi ausencia en su presencia 
intenta sanarle los dolores que te quedaron de mi.

Trata de aferrarte a tu futuro incierto
intenta reescribirte sobre mis renglones torcidos
ámale como me habrías amado a mí.

22/08/2018

domingo, 19 de agosto de 2018

Paso tras paso tras paso…



You are not me, Arlandria. You and what army,  Arlandria?
Oh, God you gotta make it stop.
Arlandria – Foo Fighters.

Parecía largo el camino que había comenzado, había asfalto primero y luego de repente, la ruta terminó y comenzó una huella por un camino de tierra a la cual seguí. Sentí que no tenía otra opción más que seguir adelante, más que seguir caminando. Sentí que conocía dónde iba; sin embargo, después de haber andado deambulando todo el día me detuve en ingreso a un puente y allí me quedé parado mirando la nada misma por un buen rato. 

No recuerdo haber parpadeado; no recuerdo si había pasado pensamiento alguno por mi cabeza; no recuerdo cuánto tiempo estuve allí parado; tampoco recuerdo si mí llegada a ese puente fue durante el día o si ya había anochecido; mucho menos recordaba de dónde venía o dónde había empezado mi recorrido. Lo que si recordaba es que primero avanzó un pie y luego le siguió el otro y así paso tras paso tras paso… avanzaba hasta llegar donde había llegado, sin saber siquiera qué lugar era.

No recuerdo cuál fue mi nombre; ni recuerdo tampoco qué fue de mí antes de mi peregrinación. Tal vez, incluso, me cuesta recordar cuál eran mis certezas. No tenía reloj o celular; y si los tuve alguna vez no sabría decir sobre su paradero, si me los robaron, si yo mismo los había entregado o si los había extraviado. Sin embargo, a cada paso que daba sentía, y era seguro, que el tiempo tal cual se lo conoce se iba diluyendo. Sentía que cada composición del tiempo eran la misma tierra levantaban mis pasos, que cada una de sus partículas eran polvo que se levantaba y caían nuevamente alrededor de mis pies, que los minutos y los segundo iban dejando de existir en la medida que iba dando cada uno de mis pasos; y que a su vez que daba un paso, me perdía aún más en el camino y que al igual que el tiempo, iba perdiendo la noción de mi mismo.

Para los demás deambulaba sin rumbo. Sin embargo, tal vez era yo quién tenía el rumbo correcto, adecuadamente orientado y no así el resto. No corría, solo caminaba paso tras paso tras paso… un pie luego el otro, una necesidad que me llevaba a querer llegar a un lugar sin brújula alguna, pero sabiendo muy dentro mío cuál era la ruta que tenía que seguir. El puente estaba allí erguido frente a mí deseoso que empezara a desandarlo. Mientras que los demás seguían con su mirada mi andar sobre el puente, yo hacía caso omiso a sus miradas y me deja llevar como el agua, donde el viento va formando con su paso las figuras más hermosas en el oleaje, así… me dejaba llevar paso tras paso tras paso.

De repente, tuve un instante de lucidez mundana donde pude ver inútilmente a mí alrededor como queriendo reconocer (tal vez reconocerme también a mi) el lugar a donde había llegado. Sin alarmarme, miraba en todas las direcciones y observaba con curiosidad el puente que comenzaba delante de mis pies. Una estructura de hierro pintada de herrumbre por los años y por la reacción al clima húmedo del lugar; por debajo de él, corría un río manso con cierta profundidad; había algunos botes de pesca que no parecían percatarse de mi existencia; tampoco lo hacían los vehículos que cruzaban de manera intermitente por el puente.

Mis pies ya se encontraban dispuestos para seguir avanzando, en aquel mismo instante de lucidez me sorprendía una fuerte encrucijada, pues mi cuerpo pedía descanso, mi mente buscaba reencontrarse y ubicarse geográficamente, pero a la vez me impulsaba a seguir adelante a través del puente.

-SILENCIO!!! Le gritaba a mi propia mente y a las ideas que me aturdían con su silencioso ruido ambiente; tanto me aturdía ese silencio de mis pensamientos que terminaba replicándose en el resto de mi cuerpo; queriendo escapar a mis pensamientos de retorno a un presente fugaz e instantáneo e imperceptible, como también querer escapar a mis recuerdos que buscaban ganarle una carrera mi presente para hacerme reaccionar y así poder alienarme nuevamente a la rutina.

Por fin mis pies avanzaban sobre el puente. Lo comencé a recorrer paso tras paso tras paso… lo cruzaba sin mirar hacia abajo o a los costados; solo me concentraba en mí peregrinación la cual no sabía cuándo iba a terminar.

No puedo explicar cómo pero el tiempo y su composición en minutos y en horas no me afectaban; era inerte a su transcurrir; lo cruzaba transversalmente, ni sobre ni por debajo, sino que lo cruzaba a través del mismo tiempo. Mientras que los demás que me miraban se encontraban esclavizados por el tiempo, yo lo cruzaba por la libertad de mis pasos dejándome llevar a través de él, penetrando en cada uno de sus compuestos. En otro lapsus de lucidez, comprendía el por qué de  su mirada despectiva; ellos miraban con envidia la libertad que tenía mi andar. Ellos eran los que decían que estaba loco; mi andar despreocupado les respondía que era el más cuerdo de todos. Ellos decían que estaba saliendo del mundo real; en mi andar me convencía cada vez más que al cruzar ese puente abandonaba un mundo de opresión donde el carcelero era el tiempo, y a dónde iba a llegar era un lugar privilegiado, despojado de limitaciones o preocupaciones; un mundo el cual me sentía como propio; un lugar sin extensiones y sin nombres, sin dueños y sin cotidianeidades que se aferraban como grilletes a los tobillos.

El parte médico dijo que la causa fue muerte cerebral que el corazón al ser joven y tan fuerte, mantenía con vida al resto del cuerpo pero que mi cabeza ya no estaba más. Mi mente en realidad estaba totalmente en blanco en total libertad de sus ataduras mundanas. Mientras que mi andar sigue siendo paso tras paso tras paso a través de la naturaleza del universo.


19/08/2018

domingo, 5 de agosto de 2018

Estatua

Aquel año había sido muy duro para mi economía doméstica. En ocho meses me había mudado de departamento en tres ocasiones por el elevado el importe de los alquileres; y de un departamento muy cómodo cercano a la zona céntrica, tuve que mudarme a un barrio más alejado de casas bajas, se notaba a la vista que muchos de los vecinos habían modificado sus viejas “casas chorizo” en un inmueble de muchos mono ambientes. La línea “D” del tren tenía su estación en la entrada del barrio y de ahí, debía caminar unas ocho cuadras para llegar al nuevo departamento.

Era un lugar tranquilo. La mayoría de los alquileres estaban destinados a estudiantes universitarios, pues este barrio se encontraba cercano a la ciudad universitaria y también era uno de los más económicos en precios de alquiler. Había bares oscuros por todos lados; lugares propicios para espíritus nocturnos o sonámbulos y para almas bohemias que buscaban un refugio en la oscuridad.

Me había graduado hace pocos meses en una Licenciatura en Matemáticas, sin embargo a pesar de que lo mío siempre fueron los números, mi materia pendiente era relacionarme con los demás. Hasta mi gata Carmela se escapaba cuando nuestra convivencia se torna insoportable; luego de un par de horas, a veces días, volvía a lo cotidiano de soportarme.

Una noche mis ex compañeros de estudio decidieron “sacarme” de mi refugio. Ellos mucho más habidos que yo en cuestión de las salidas, me llevaron a un bar cercano a la estación del barrio. En realidad, la condición para que pueda abandonar mi estado de confort en el sillón de mi casa con mis libros era que no tenga que tomarme ningún tren, sino que ellos vinieran para mi zona. Con los muchachos brindábamos por temas pendientes: mi reciente logro facultativo; por la mudanza; por los amoríos de ellos; porque a Cristian y a Luis le quedaba muy poco también para recibirse; por el nuevo trabajo de uno; por la beca conseguida de mi parte para avanzar con una investigación de doctorado. Ya entrada la madrugada y la cantidad de “copas”, brindábamos hasta por los autos que pasaban por la calle, por suerte no era una calle muy transitada sino nuestro estado habría sido más deplorable. Recordamos también a otros compañeros que habían quedado en el camino; criticamos duramente también a los amores que nos abandonaron y que actualmente son el amor de otra persona, creyéndonos ser mejores partidos ahora, envalentonados por la bebida, claro.

Cerca de las cuatro de la madrugada, comencé a desconocerme y a desconocer a mis compañeros de bebidas; con mis reflejos bastante disminuidos me levanté, saque unos billetes del bolsillo y los tiré sobre la mesa y me fui del bar. La inercia y el peso de mi cuerpo me iban llevando con andar lento y tambaleantemente hacia mi departamento. Casi como persiguiendo a mi propia sombra reflejada por la luz de la luna caminaba barrio adentro. Con la certeza de conocer el camino de regreso, sin explicación alguna, giré en una esquina cambiando de rumbo. Miraba para todos lados para volver a orientarme y seguía girando sin sentido, mirando hacia atrás y hacia los costados. De repente, en una de esas veces que me di vuelta, vi a una mujer arrodillada prácticamente desnuda en el jardín de una casa.

Ella me miraba absorta envuelta solo en su piel iluminada de plata y blanco; atontado por mi mareo atiné solo a quedarme parado contemplando toda la belleza que se presentaba frente mío, sin entender absolutamente nada. Con la boca seca y mi lengua pegándose al paladar, logré preguntarle si se encontraba bien; ella asentó con la cabeza. Al instante y prácticamente si pensar, le pregunté si sabía dónde quedaba mi casa. Sin apuro, ella levanto su brazo y señalo al sur, por la misma acera por la que venía caminando; no dijo palabra alguna; se quedó en silencio en el mismo lugar arrodillada en medio del jardín de su casa, bañándose de luna con suma tranquilidad; parecía sentirse segura estando detrás la reja que nos separaba. No recuerdo más de aquella noche, solo que amanecí en el sillón de mi departamento con Carmela parada en mi pecho pidiéndome que le diera de comer; era domingo al mediodía y tenía solo comida para mi gata. Días después, fueron apareciendo de a poco algunos destellos de memoria de lo ocurrido aquella madrugada, pero una sola imagen se había quedado congelada en mi cabeza: la mujer desnuda arrodillada en el jardín de una casa.

No parecía una mujer convencional. Bah! Quiero creer que no lo era, pues, nunca había visto a otra mujer desnuda en el jardín de una casa. Me había cautivado su mirada, la postura firme de su cuerpo, su espalada siempre erguida y rígida, eran detalles inusuales, no recuerdo haberlos visto en otras mujeres. Me había sorprendido su extrema naturalidad ante mi presencia. Vi, también, delicadeza en aquella mujer; vi timidez muy a pesar de su desnudez. Vi, por primera vez, a alguien que de verdad me miraba; sentí también por primera vez en mucho tiempo que no era una mirada despectiva hacia mí, sino una mirada con ternura. Vi sencillez en esa mujer. Vi belleza personificada; vi naturalmente la belleza de aquella mujer arrodillada frente mío; vi la naturalidad de su desnudez. Sentía un deseo que quería salir de mi interior. Vi con deseo la belleza que tenía esa mujer. Todo lo pude contemplar después, no en aquella madrugada; solo pude verlo cuando tomé conciencia de que en mi persona también hay deseo y sentimientos, no solamente libros y números, muy a pesar de que creía que, últimamente, ellos me estaban consumiendo.

Esta toma de conciencia me permitió continuar pensando; en principio creía que todas esas características que había podido contemplar de aquella mujer, era una referencialidad hacía mi propia persona, me quería convencer de que en realidad no había visto a esa mujer desnuda, sino que mi cabeza hacía alguna referencia a mi mismo sobre las características que iba encontrando de esa mujer. Las dudas empezaron a explotar como si fuera lava de un volcán: tal vez necesitaba toparme con esa mujer para poder ver que en mi interior también hay una persona desnuda; o tal vez necesitaba darme cuenta que mi atención no debía estar tan abocada solamente a los números; o tal vez que a mi vida le hacía falta una compañía más humana.

Continuaba meditando en los viajes en tren de vuelta a casa o cuando caminaba las cuadras de la estación hasta mi departamento. Ponía música en mis oídos y pensaba que, transcurrido tiempo de vivir solo recién comenzaba a descubrirme a mí mismo. Cada vez me abstraía más y más en mis pensamientos. Perecía como que me ausentaba del mundo sentado en mi butaca del tren. Una tarde, me había dado cuenta que la formación comenzaba su recorrido nuevamente saliendo de la estación donde debía bajarme. Me levante a las apuradas aprovechando que su velocidad todavía era reducida. Con mi mochila a medio cerrar en una mano y mi abrigo en la otra, salté del vagón aterrizando casi al finalizar el andén y quedando alejado del acceso principal, salí de la estación por un costado, cosa que me obligó a cambiar mi ruta diaria.

A medida que iba entrando hacía el barrio en mi caminata, me detuve un instante en una esquina para guardar mi abrigo en mi mochila cuando vi (mirando sin querer mirar) una silueta arrodillada en un jardín. Al enfocar la mirada me asusté de tal manera que trastabillé sobre mis pasos dando pequeños saltos hacia atrás, sin hacer pie caí sentado en la vereda. Cuando me levanté, vi la mujer desnuda de la otra noche, pero no era tal cuál la misma mujer; precisamente no era una mujer sino una estatua con forma de mujer completamente desnuda arrodillada en el jardín de una casa. Parado de frente a la estatua, y contemplándola una y otra vez y en diferentes ángulos pude reconocer sus facciones con las de aquella madrugada: era ella! De golpe, sentí una suerte de abrumadora decepción de mí mismo al creer que esa figura de piedra pudo haber sido real la otra noche.

Ya en casa, me mofaba de mí mismo y de la borrachera que me había levantado aquella noche y de mi imaginación al creer que esa estatua estuviera viva y se habría comunicado conmigo. Más tarde, me hundía en la bronca porque concluía que efectivamente mi interrelación con los demás era tan deficiente que llegaba a la necesidad de imaginarme que me comunicaba con una estatua de piedra; en caso de intentar dialogar con cualquier otra persona, o más precisamente con una mujer de carne y hueso, habría fracasado rotundamente. Y para finalizar, nuevamente me sentía decepcionado de mí y de mi realidad solitaria; de tener la compañía de una mascota que también poco me tolera; que hasta a mi mismo me cuesta mirarme al espejo y cargar diariamente con mi propio peso. Decepción de haberme creído correspondido, aunque sea mínimamente por un instante por una preciosa mujer, que lamentablemente resultó ser una estatua. Concluía que todo esto me llevaría a una esquizofrénica soledad.

A partir del descubrimiento de la estatua, decidí cambiar la ruta de vuelta a casa; me desviaría unas cuadras para poder ver a esa estatua. Mi andar se hizo regular por aquella vereda. Quería conocer a los dueños de esa casa; quería conocer más detalles de esta estatua. Me preguntaba quién la había esculpido, cómo había llegado hasta allí, en quién se habían inspirado, y en otras locuras. Pero no se percibía movimiento en el interior del domicilio. En ocasiones me quedaba sentado en el umbral de la verja para merendar en compañía de semejante piedra y no me sentía tan solo; algunos vecinos pasaban y me miraban despectivamente, como si estuviera loco. Mirada a la que estaba acostumbrado, claro; y me iba convenciendo de ello también, que mi locura iba en crecimiento.

Escuchaba voces y risas algo burlonas de adolecentes que pasaban por la vereda. Aparentemente, me había quedado dormido en la vereda del jardín de la estatua, sin embargo tenía algo nublada mi vista y no distinguía bien. Tenía la percepción de estar en otro lado pero en el mismo lugar, como si la perspectiva hubiera cambiado. No podía moverme, pero veía que una sombra frente mío se levantara y me quisiera hablar con las manos. Ya era de noche, una brisa corría suave y la luna en lo más alto de la oscuridad, alumbraba la vereda. Quise levantarme pero no podía, estaba arrodillado en el jardín de la casa. La sombra que no podía distinguir me decía “gracias por escucharme, siempre lo haces, eres muy lindo para ser una estatua de piedra“.


Comprendí al fin el por qué la dureza de mi persona y la fantástica imaginación que tenía; comprendí por qué la gata no era mi mascota, sino que ella solía visitarme en mi jardín; que las copas no las tomaba yo, sino los jóvenes que por mi vereda pasaban; comprendí que la mujer desnuda no era la estatua, sino mi referencia a lo que sería yo en carne y hueso. Finalmente comprendí que la estatua siempre había sido yo y que en el afán de escaparme de mi destino de piedra, imaginaba otra realidad, donde los números eran lo mío.

05/08/2018