martes, 25 de septiembre de 2018

Ir y venir…


 “No todo lo que brilló alguna vez volverá a brillar…” (Nada Salvaje – Eruca Sativa)

Tenía dolores de cabeza recurrentes y ya me había realizado varios estudios médicos por ello; todos con el mismo resultado: no tenía nada. Mi médico de cabecera era mi mejor amigo, un hermano que elegí de toda la vida. Las consultas en su consultorio eran mucho más distendidas: había música de rock alternativo de fondo, charlas amenas de su familia o consultas sombre mi estado de soltería; y, entre chiste y chiste, me recomendaba dos cosas, primero que me tranquilice para no dejar que el estrés me ganara en la batalla diaria; y segundo, que si no funcionaba pensara en ir a un psicólogo, por lo que entre sonrisas jocosas respondía que prefería unas cervezas con mi amigo, guiño de ojo en medio.

En una de esas juntadas con mi compadre y doctor, me salió con una frase que no solo me hizo reflexionar, sino también hizo que me pasara la migraña de inmediato. Me dijo que había leído una frase en algún libro pero que no recordaba cuál: “los dolores de cabezas son la manifestación de los amores reprimidos”. Luego de escuchar la frase, una sola imagen vino a visitarme en forma de recuerdo: una tarde extremadamente calurosa donde me había corrido la vida para visitar en su casa a Ana y decirle “vine hasta aquí para decirte que estoy loco por vos”; y entre agitación y exaltación le dije también “vine para decirte que estoy enamorado de vos”.

Teníamos quince años por entonces, pronto a cumplir dieciséis los dos, éramos del mismo meses, ella mayor por unos días. Desde aquella tarde y por diez años no nos separamos. Después, cambiaron los objetivos de cada uno; cabíamos nosotros mismos y crecimos y, a su vez, nos dimos cuenta de que no podíamos continuar. Luego, a los pocos meses de separarnos volvimos a estar juntos pero por cuestiones de su salud; cuestiones que Ana no pudo superar.

La frase de “(…) los amores reprimidos” hizo que cayeran por el piso todas y cada una de mis mascaras y luego de un instante de lapsus, Alberto continuó diciendo que ya era hora de cerrar el círculo y otras frases de autoayuda que luego se las devolví con ironía y risas encubiertas, envueltas en un brindis forzado con nuestros chops de cerveza, bebiendo un gran trago largo para pasar la amargura del momento incomodo.

Con Ana nos amábamos frenéticamente, incluso en sus horas finales. Nos amábamos sin mirarnos, nos amábamos con palabras y en el silencio, con solo nuestra presencia. Nos amábamos libremente, dejando que el otro sea tal cual es, algo que era lo bastante difícil. Aunque pareciera utópico.

Ya era de madrugada cuando llegué a casa. Sin acostarme, algo me inquietaba. Busque una caja donde guardaba sus cenizas, pues si bien Ana siempre decía que quería ser cremada, aún faltaba cumplir con su último deseo. Tomé el pequeño cofre que la contenía, una mochila con una muda de ropa y el equipo de mate, lo que tuviera en la billetera y apagando  el celular para evitar que me molestaran, salí con dirección a la terminal de ómnibus.

En un viaje que tuvimos de vacaciones a la Costa, Ana había mencionado que cuando muriera quería que sus cenizas fueran esparcidas en aquella playa. Así que sin pensarlo demasiado compre un boleto en el primer micro que saliera rumbo a Miramar.

El viaje fue largo, las primeras horas no las sentí, pues todavía me encontraba con algún efecto de las cervezas, lo que hizo que durmiera un largo rato. Pero más tarde, no encontraba posición en el asiento. Además, el micro paraba en cada pueblo en su paso lo que agravó el tedio viaje.

Al transcurrir casi veinte horas de viaje el colectivo lograba llegar a su destino. En todo ese tiempo recordaba distintos momentos que habíamos vivido juntos con Ana, en particular aquellas vacaciones en Miramar. La nostalgia me invadía a cada paso. Recordaba que le hacía cosquillas con mi aliento cuando intentaba despertarla cuando habíamos llegado aquella vez; que chapoteábamos con las olas del mar en nuestros paseos; recordaba que no nos perdíamos ningún ocaso durante las tardes. Recordaba también que fueron los últimos años en que reía de verdad. Esa tarde en mi regreso solitario, una mueca prácticamente inconsciente me invadía y se colaba entre mis labios como haciendo remembranza de aquellas sonrisas guardadas en mi memoria.

No me refugié en ningún hotel. El objetivo era claro, había llegado a la playa justo al atardecer. El termo lleno de agua caliente, arremangado el pantalón y con el calzado en mano me dispuse a acompañar a Ana en su último paseo.

A la hora donde el agua turquesa del mar se enfriaba en su totalidad, donde el sol casi desaparece hundido en el horizonte… me senté en la arena y dejé que las olas besaran de a poco mis pies. Coloqué la caja con las cenizas de Ana en la arena y mientras que me cebaba unos mates miraba con mis ojos encapotados coma Ana jugaba al “ir y venir” con la marea creciente. Cada vez era más ir y menos venir y en ese “ir y venir” se me escapaban unas lágrimas que agregaban sal al mar. Y, en una de esas, fue tanto su “ir” que Ana ya no volvió más.

19/09/2018

sábado, 8 de septiembre de 2018

Lamento

Corazón envuelto en espinas
ignorado por la incomprensión,
destrozado por la indiferencia
y golpeado por el dolor.

Sentimientos que pesan en la cara
y que por dentro se desarman;
mata el lamento...
llora los desencuentros.

"Nunca es tarde..." se convence;
pese al esfuerzo
quiere sacarle una sonrisa,
se desvanece en un intento.

No duele tanto el silencio,
es más hondo el recuerdo;
no está en juego lo distinto,
lo que hay en común es el lamento.

22/05/2002

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Presente


Mi ideas destruidas,
mi brújula indecisa y
mi piel llena de recuerdos.

Mi boca repitiendo tu nombre,
enmudeciendo en cada suspiro,
y mis ganas de vos a cada aliento.

Me pregunto: cómo seguir,
dónde estás, qué puedo hacer…
vuelvo al origen: ¿cómo seguir?

Pena, desaliento, desvanecimiento,
cansancio, hartazgo
y nuevamente desaliento.

Muevo piezas, abro la cancha,
busco nuevas ideas, lo logro y
vuelvo a caer en tus recuerdos.

Un pie acá, otro allá…
en el medio una abismo
y el presente: la soledad.

26/08/2012

domingo, 2 de septiembre de 2018

Dos lunares



“(…) si no puedes recordar algo, es como si no hubiera pasado. De la misma manera, no puedes recordar algo que nunca pasó. Esfuérzate demasiado en recordar y tu memoria te puede mentir”. De Alicia en el país de las maravillas.

Para mí, no hay diferencias entre un día laborable o de descanso, en mi mente es habitual que todos los días sean iguales. No es que la rutina o lo cotidiano le hayan ganado a mi actualidad, sino que, últimamente, solo dejo que los días corran como el agua cuando la canilla se encuentra abierta. Me siento tan vacio que ni el mundo se fija en mí. Pienso recurrentemente que el destino de los hombres es el de olvidar, o el mío en particular al menos. Por eso, creo que el ser humano es limitado; finito en cuestión de tiempo. Por eso es que cada cual hace lo que esté a su alcance para generar lazos fraternos con otros, para lograr no ser olvidados, al menos por un instante pequeño de tiempo. Por eso, creo que a mí ya me han olvidado, o por lo menos yo no recuerdo a alguien por quién recordar, o por quién ocuparse en el tiempo que me queda.

Mis días son iguales, tal vez sean los últimos o quizás sean los primeros no lo recuerdo en verdad. Me levanto y desayuno; saludo a mis compañeros de asilo quienes generalmente no recuerdo. Camino por el jardín interno del edificio o me llevan a caminar, cosa que tampoco recuerdo a diario; sé que estoy acostumbrado a hacerlo porque me duelen los pies y porque veo mi calzado pintado con tierra colorada, la misma tierra del jardín. Duermo siesta y me vuelvo a levantar, o me levantan; me dicen que tengo alguna que otra visita, pero habitualmente no recuerdo quién es o quiénes son. Al finalizar el día, me siento o me sientan a ver televisión; ver es un decir porque suelo mirar sin ver, suelo sentarme con mis compañeros en la sala donde se encuentra el televisor porque no tengo otra cosa que hacer.

Quién soy importa poco; qué hacía, mucho menos. Pero hay algo que es recurrente en mis pensamientos, bah! es el único pensamiento que tengo y se me repite en un continuo presente. Inclusive en los sueños me visita la misma imagen: una joven mujer que se me presenta de frente, nunca le puedo ver el rostro, y si lo hice alguna vez no logro recordarlo; no así una peculiaridad de su persona, tal vez una imperfección tan delicada y sencilla que la hace única y perfecta a la vez, la mujer tiene dos lunares, uno en la base del cuello y otro al iniciar su pecho, separados solo apenas por unos escasos milímetros. No tengo otra imagen; no poseo recuerdo alguno y por más que lo intente no puedo recordar a quién pertenecen estos dos lunares. Creo que son reales, o al menos quiero creer que alguna vez lo fueron; que pertenecieron a alguien, que tal vez haya amado a la mujer dueña de esa imperfecta delicadeza; quizás hasta haya besado con todo mi amor esos tatuajes naturales que ahora me desvelan. Tal vez no es mi tormento una locura, me quiero convencer, sino que hubiesen sido reales en algún momento de mi vida; lamentablemente no puedo recordar, a la vez, no me atrevo a preguntar a mis cuidadores por temor a que olvide la respuesta. “Quisiera recordar más para evitar olvidar esos dos lunares”, me repito en algún momento del día.

También tengo miedo a haberme olvidado cómo era en realidad, por lo que si me mirará en algún espejo, no sé si lograría reconocer al otro que se me aparece como espectro que devuelve la forma. Por tal motivo, hace algún tiempo, aunque no puedo precisar cuándo, he decidido quitar los espejos de mi cuarto, o al menos lo he solicitado y cual pedido de un rey, así se ha concretado.

Escribo a diario mis quehaceres como una tarea predeterminada, dicen que es buen ejercicio para el cerebro y mi memoria. Sin embargo, no sé quién ha escrito las paginas anteriores, pues cada hoja enumerada y fechada, tienen patrones de tipografía similares pero no llegan a ser las mismas, o no tengo la capacidad de precisar si son las mías. Capaz, el cuaderno ha sido de otro y simplemente me ha tocado completar, por ende, la tarea de anterior. Simplemente, y como es mi tragedia diaria, no lo recuerdo.

Una tarde, alguien me consultó sobre una tarea que, según esta persona, yo la había escrito días atrás. Era una leyenda que decía: “esos dos lunares me atormentan, no porque me persigan sino porque yo soy el que los quiere seguir…”. Mi respuesta automática fue que no lo recordaba, obviamente. Luego, esta persona me insistió que hiciera memoria, que realizara un esfuerzo. Sentía como si viviera un dejavu al repetir la historia de los dos lunares: “sucede que no logro recordar su rostro. La verdad, sucede que a esta altura tampoco sé a ciencia cierta si esos lunares, que es lo único que mi memoria recapitula a diario, son o fueron reales. Quiero perseguirlos para escapar a la suerte de este tiempo. Suerte que no me permite recordar nada. Quiero creer, me convenzo de ello a diario. Creo, que es el único motivo por el cual aún no he partido de este mundo, porque pienso que esos lunares son de una mujer, la cual, ya no está en mi vida. A veces siento que esta mujer me está buscando y yo la quiero encontrar; aunque no sepa si aún existe, o si alguna vez existió”.

La persona que tenía en frente era una mujer, que tenía (o tiene) la misma edad que yo creía tener. Una vez que respondí a su pregunta, comenzó a desabotonarse su camisa blanca, dejándola abierta como si fuera un escote en forma de “V”, dejando al descubierto el centro de su pecho. Luego giró su cabeza mirando hacia su costado derecho, que casualmente daba hacia las ventanas al jardín; estiró su cuello y dejó evidenciar dos lunares, uno en la base del cuello y el otro, apenas separado, ya sobre el inicio del pecho. De pronto mi único recuerdo se condice con mi realidad y la imagen por fin tiene rostro. Un rostro, ahora, de mujer madura atormentada por el olvido perpetuo de quién tiene en frente. Un rostro que tal vez haya conocido en otra época, en años más juveniles. Un rostro que no reconocí (y que sigo sin reconocer) pero que su mirada me devuelve pestañas mojadas y reconocimiento de amor.


Mi asombro duró solo un instante tan corto que no lo puedo recordar. Cuando quise guardar esta experiencia en mi trastocada memoria, ya no sabía a quién tenía en frente. Solo sabía, y aún sé, que mi memoria repite una y otra vez la misma y única imagen: dos lunares apenas separados, uno en la base del cuello y el otro apenas empezando el pecho de una mujer; los cuales me persiguen tanto que hasta logro soñarlos.

01/09/2018




jueves, 23 de agosto de 2018

Soltar

Intenta besarle como si besaras mis labios...
intenta abrasarle como cuando te aferrabas a mi cuerpo
y en lo posible, trata de darle forma como el mío.

Dibújale cicatrices como las que yo tenía
dale un nombre que no sea el mio
inventale una historia que hayas creído construir conmigo.

Trata de crearle un universo diferente al que te construí
intenta soportar mi ausencia en su presencia 
intenta sanarle los dolores que te quedaron de mi.

Trata de aferrarte a tu futuro incierto
intenta reescribirte sobre mis renglones torcidos
ámale como me habrías amado a mí.

22/08/2018

domingo, 19 de agosto de 2018

Paso tras paso tras paso…



You are not me, Arlandria. You and what army,  Arlandria?
Oh, God you gotta make it stop.
Arlandria – Foo Fighters.

Parecía largo el camino que había comenzado, había asfalto primero y luego de repente, la ruta terminó y comenzó una huella por un camino de tierra a la cual seguí. Sentí que no tenía otra opción más que seguir adelante, más que seguir caminando. Sentí que conocía dónde iba; sin embargo, después de haber andado deambulando todo el día me detuve en ingreso a un puente y allí me quedé parado mirando la nada misma por un buen rato. 

No recuerdo haber parpadeado; no recuerdo si había pasado pensamiento alguno por mi cabeza; no recuerdo cuánto tiempo estuve allí parado; tampoco recuerdo si mí llegada a ese puente fue durante el día o si ya había anochecido; mucho menos recordaba de dónde venía o dónde había empezado mi recorrido. Lo que si recordaba es que primero avanzó un pie y luego le siguió el otro y así paso tras paso tras paso… avanzaba hasta llegar donde había llegado, sin saber siquiera qué lugar era.

No recuerdo cuál fue mi nombre; ni recuerdo tampoco qué fue de mí antes de mi peregrinación. Tal vez, incluso, me cuesta recordar cuál eran mis certezas. No tenía reloj o celular; y si los tuve alguna vez no sabría decir sobre su paradero, si me los robaron, si yo mismo los había entregado o si los había extraviado. Sin embargo, a cada paso que daba sentía, y era seguro, que el tiempo tal cual se lo conoce se iba diluyendo. Sentía que cada composición del tiempo eran la misma tierra levantaban mis pasos, que cada una de sus partículas eran polvo que se levantaba y caían nuevamente alrededor de mis pies, que los minutos y los segundo iban dejando de existir en la medida que iba dando cada uno de mis pasos; y que a su vez que daba un paso, me perdía aún más en el camino y que al igual que el tiempo, iba perdiendo la noción de mi mismo.

Para los demás deambulaba sin rumbo. Sin embargo, tal vez era yo quién tenía el rumbo correcto, adecuadamente orientado y no así el resto. No corría, solo caminaba paso tras paso tras paso… un pie luego el otro, una necesidad que me llevaba a querer llegar a un lugar sin brújula alguna, pero sabiendo muy dentro mío cuál era la ruta que tenía que seguir. El puente estaba allí erguido frente a mí deseoso que empezara a desandarlo. Mientras que los demás seguían con su mirada mi andar sobre el puente, yo hacía caso omiso a sus miradas y me deja llevar como el agua, donde el viento va formando con su paso las figuras más hermosas en el oleaje, así… me dejaba llevar paso tras paso tras paso.

De repente, tuve un instante de lucidez mundana donde pude ver inútilmente a mí alrededor como queriendo reconocer (tal vez reconocerme también a mi) el lugar a donde había llegado. Sin alarmarme, miraba en todas las direcciones y observaba con curiosidad el puente que comenzaba delante de mis pies. Una estructura de hierro pintada de herrumbre por los años y por la reacción al clima húmedo del lugar; por debajo de él, corría un río manso con cierta profundidad; había algunos botes de pesca que no parecían percatarse de mi existencia; tampoco lo hacían los vehículos que cruzaban de manera intermitente por el puente.

Mis pies ya se encontraban dispuestos para seguir avanzando, en aquel mismo instante de lucidez me sorprendía una fuerte encrucijada, pues mi cuerpo pedía descanso, mi mente buscaba reencontrarse y ubicarse geográficamente, pero a la vez me impulsaba a seguir adelante a través del puente.

-SILENCIO!!! Le gritaba a mi propia mente y a las ideas que me aturdían con su silencioso ruido ambiente; tanto me aturdía ese silencio de mis pensamientos que terminaba replicándose en el resto de mi cuerpo; queriendo escapar a mis pensamientos de retorno a un presente fugaz e instantáneo e imperceptible, como también querer escapar a mis recuerdos que buscaban ganarle una carrera mi presente para hacerme reaccionar y así poder alienarme nuevamente a la rutina.

Por fin mis pies avanzaban sobre el puente. Lo comencé a recorrer paso tras paso tras paso… lo cruzaba sin mirar hacia abajo o a los costados; solo me concentraba en mí peregrinación la cual no sabía cuándo iba a terminar.

No puedo explicar cómo pero el tiempo y su composición en minutos y en horas no me afectaban; era inerte a su transcurrir; lo cruzaba transversalmente, ni sobre ni por debajo, sino que lo cruzaba a través del mismo tiempo. Mientras que los demás que me miraban se encontraban esclavizados por el tiempo, yo lo cruzaba por la libertad de mis pasos dejándome llevar a través de él, penetrando en cada uno de sus compuestos. En otro lapsus de lucidez, comprendía el por qué de  su mirada despectiva; ellos miraban con envidia la libertad que tenía mi andar. Ellos eran los que decían que estaba loco; mi andar despreocupado les respondía que era el más cuerdo de todos. Ellos decían que estaba saliendo del mundo real; en mi andar me convencía cada vez más que al cruzar ese puente abandonaba un mundo de opresión donde el carcelero era el tiempo, y a dónde iba a llegar era un lugar privilegiado, despojado de limitaciones o preocupaciones; un mundo el cual me sentía como propio; un lugar sin extensiones y sin nombres, sin dueños y sin cotidianeidades que se aferraban como grilletes a los tobillos.

El parte médico dijo que la causa fue muerte cerebral que el corazón al ser joven y tan fuerte, mantenía con vida al resto del cuerpo pero que mi cabeza ya no estaba más. Mi mente en realidad estaba totalmente en blanco en total libertad de sus ataduras mundanas. Mientras que mi andar sigue siendo paso tras paso tras paso a través de la naturaleza del universo.


19/08/2018

domingo, 5 de agosto de 2018

Estatua

Aquel año había sido muy duro para mi economía doméstica. En ocho meses me había mudado de departamento en tres ocasiones por el elevado el importe de los alquileres; y de un departamento muy cómodo cercano a la zona céntrica, tuve que mudarme a un barrio más alejado de casas bajas, se notaba a la vista que muchos de los vecinos habían modificado sus viejas “casas chorizo” en un inmueble de muchos mono ambientes. La línea “D” del tren tenía su estación en la entrada del barrio y de ahí, debía caminar unas ocho cuadras para llegar al nuevo departamento.

Era un lugar tranquilo. La mayoría de los alquileres estaban destinados a estudiantes universitarios, pues este barrio se encontraba cercano a la ciudad universitaria y también era uno de los más económicos en precios de alquiler. Había bares oscuros por todos lados; lugares propicios para espíritus nocturnos o sonámbulos y para almas bohemias que buscaban un refugio en la oscuridad.

Me había graduado hace pocos meses en una Licenciatura en Matemáticas, sin embargo a pesar de que lo mío siempre fueron los números, mi materia pendiente era relacionarme con los demás. Hasta mi gata Carmela se escapaba cuando nuestra convivencia se torna insoportable; luego de un par de horas, a veces días, volvía a lo cotidiano de soportarme.

Una noche mis ex compañeros de estudio decidieron “sacarme” de mi refugio. Ellos mucho más habidos que yo en cuestión de las salidas, me llevaron a un bar cercano a la estación del barrio. En realidad, la condición para que pueda abandonar mi estado de confort en el sillón de mi casa con mis libros era que no tenga que tomarme ningún tren, sino que ellos vinieran para mi zona. Con los muchachos brindábamos por temas pendientes: mi reciente logro facultativo; por la mudanza; por los amoríos de ellos; porque a Cristian y a Luis le quedaba muy poco también para recibirse; por el nuevo trabajo de uno; por la beca conseguida de mi parte para avanzar con una investigación de doctorado. Ya entrada la madrugada y la cantidad de “copas”, brindábamos hasta por los autos que pasaban por la calle, por suerte no era una calle muy transitada sino nuestro estado habría sido más deplorable. Recordamos también a otros compañeros que habían quedado en el camino; criticamos duramente también a los amores que nos abandonaron y que actualmente son el amor de otra persona, creyéndonos ser mejores partidos ahora, envalentonados por la bebida, claro.

Cerca de las cuatro de la madrugada, comencé a desconocerme y a desconocer a mis compañeros de bebidas; con mis reflejos bastante disminuidos me levanté, saque unos billetes del bolsillo y los tiré sobre la mesa y me fui del bar. La inercia y el peso de mi cuerpo me iban llevando con andar lento y tambaleantemente hacia mi departamento. Casi como persiguiendo a mi propia sombra reflejada por la luz de la luna caminaba barrio adentro. Con la certeza de conocer el camino de regreso, sin explicación alguna, giré en una esquina cambiando de rumbo. Miraba para todos lados para volver a orientarme y seguía girando sin sentido, mirando hacia atrás y hacia los costados. De repente, en una de esas veces que me di vuelta, vi a una mujer arrodillada prácticamente desnuda en el jardín de una casa.

Ella me miraba absorta envuelta solo en su piel iluminada de plata y blanco; atontado por mi mareo atiné solo a quedarme parado contemplando toda la belleza que se presentaba frente mío, sin entender absolutamente nada. Con la boca seca y mi lengua pegándose al paladar, logré preguntarle si se encontraba bien; ella asentó con la cabeza. Al instante y prácticamente si pensar, le pregunté si sabía dónde quedaba mi casa. Sin apuro, ella levanto su brazo y señalo al sur, por la misma acera por la que venía caminando; no dijo palabra alguna; se quedó en silencio en el mismo lugar arrodillada en medio del jardín de su casa, bañándose de luna con suma tranquilidad; parecía sentirse segura estando detrás la reja que nos separaba. No recuerdo más de aquella noche, solo que amanecí en el sillón de mi departamento con Carmela parada en mi pecho pidiéndome que le diera de comer; era domingo al mediodía y tenía solo comida para mi gata. Días después, fueron apareciendo de a poco algunos destellos de memoria de lo ocurrido aquella madrugada, pero una sola imagen se había quedado congelada en mi cabeza: la mujer desnuda arrodillada en el jardín de una casa.

No parecía una mujer convencional. Bah! Quiero creer que no lo era, pues, nunca había visto a otra mujer desnuda en el jardín de una casa. Me había cautivado su mirada, la postura firme de su cuerpo, su espalada siempre erguida y rígida, eran detalles inusuales, no recuerdo haberlos visto en otras mujeres. Me había sorprendido su extrema naturalidad ante mi presencia. Vi, también, delicadeza en aquella mujer; vi timidez muy a pesar de su desnudez. Vi, por primera vez, a alguien que de verdad me miraba; sentí también por primera vez en mucho tiempo que no era una mirada despectiva hacia mí, sino una mirada con ternura. Vi sencillez en esa mujer. Vi belleza personificada; vi naturalmente la belleza de aquella mujer arrodillada frente mío; vi la naturalidad de su desnudez. Sentía un deseo que quería salir de mi interior. Vi con deseo la belleza que tenía esa mujer. Todo lo pude contemplar después, no en aquella madrugada; solo pude verlo cuando tomé conciencia de que en mi persona también hay deseo y sentimientos, no solamente libros y números, muy a pesar de que creía que, últimamente, ellos me estaban consumiendo.

Esta toma de conciencia me permitió continuar pensando; en principio creía que todas esas características que había podido contemplar de aquella mujer, era una referencialidad hacía mi propia persona, me quería convencer de que en realidad no había visto a esa mujer desnuda, sino que mi cabeza hacía alguna referencia a mi mismo sobre las características que iba encontrando de esa mujer. Las dudas empezaron a explotar como si fuera lava de un volcán: tal vez necesitaba toparme con esa mujer para poder ver que en mi interior también hay una persona desnuda; o tal vez necesitaba darme cuenta que mi atención no debía estar tan abocada solamente a los números; o tal vez que a mi vida le hacía falta una compañía más humana.

Continuaba meditando en los viajes en tren de vuelta a casa o cuando caminaba las cuadras de la estación hasta mi departamento. Ponía música en mis oídos y pensaba que, transcurrido tiempo de vivir solo recién comenzaba a descubrirme a mí mismo. Cada vez me abstraía más y más en mis pensamientos. Perecía como que me ausentaba del mundo sentado en mi butaca del tren. Una tarde, me había dado cuenta que la formación comenzaba su recorrido nuevamente saliendo de la estación donde debía bajarme. Me levante a las apuradas aprovechando que su velocidad todavía era reducida. Con mi mochila a medio cerrar en una mano y mi abrigo en la otra, salté del vagón aterrizando casi al finalizar el andén y quedando alejado del acceso principal, salí de la estación por un costado, cosa que me obligó a cambiar mi ruta diaria.

A medida que iba entrando hacía el barrio en mi caminata, me detuve un instante en una esquina para guardar mi abrigo en mi mochila cuando vi (mirando sin querer mirar) una silueta arrodillada en un jardín. Al enfocar la mirada me asusté de tal manera que trastabillé sobre mis pasos dando pequeños saltos hacia atrás, sin hacer pie caí sentado en la vereda. Cuando me levanté, vi la mujer desnuda de la otra noche, pero no era tal cuál la misma mujer; precisamente no era una mujer sino una estatua con forma de mujer completamente desnuda arrodillada en el jardín de una casa. Parado de frente a la estatua, y contemplándola una y otra vez y en diferentes ángulos pude reconocer sus facciones con las de aquella madrugada: era ella! De golpe, sentí una suerte de abrumadora decepción de mí mismo al creer que esa figura de piedra pudo haber sido real la otra noche.

Ya en casa, me mofaba de mí mismo y de la borrachera que me había levantado aquella noche y de mi imaginación al creer que esa estatua estuviera viva y se habría comunicado conmigo. Más tarde, me hundía en la bronca porque concluía que efectivamente mi interrelación con los demás era tan deficiente que llegaba a la necesidad de imaginarme que me comunicaba con una estatua de piedra; en caso de intentar dialogar con cualquier otra persona, o más precisamente con una mujer de carne y hueso, habría fracasado rotundamente. Y para finalizar, nuevamente me sentía decepcionado de mí y de mi realidad solitaria; de tener la compañía de una mascota que también poco me tolera; que hasta a mi mismo me cuesta mirarme al espejo y cargar diariamente con mi propio peso. Decepción de haberme creído correspondido, aunque sea mínimamente por un instante por una preciosa mujer, que lamentablemente resultó ser una estatua. Concluía que todo esto me llevaría a una esquizofrénica soledad.

A partir del descubrimiento de la estatua, decidí cambiar la ruta de vuelta a casa; me desviaría unas cuadras para poder ver a esa estatua. Mi andar se hizo regular por aquella vereda. Quería conocer a los dueños de esa casa; quería conocer más detalles de esta estatua. Me preguntaba quién la había esculpido, cómo había llegado hasta allí, en quién se habían inspirado, y en otras locuras. Pero no se percibía movimiento en el interior del domicilio. En ocasiones me quedaba sentado en el umbral de la verja para merendar en compañía de semejante piedra y no me sentía tan solo; algunos vecinos pasaban y me miraban despectivamente, como si estuviera loco. Mirada a la que estaba acostumbrado, claro; y me iba convenciendo de ello también, que mi locura iba en crecimiento.

Escuchaba voces y risas algo burlonas de adolecentes que pasaban por la vereda. Aparentemente, me había quedado dormido en la vereda del jardín de la estatua, sin embargo tenía algo nublada mi vista y no distinguía bien. Tenía la percepción de estar en otro lado pero en el mismo lugar, como si la perspectiva hubiera cambiado. No podía moverme, pero veía que una sombra frente mío se levantara y me quisiera hablar con las manos. Ya era de noche, una brisa corría suave y la luna en lo más alto de la oscuridad, alumbraba la vereda. Quise levantarme pero no podía, estaba arrodillado en el jardín de la casa. La sombra que no podía distinguir me decía “gracias por escucharme, siempre lo haces, eres muy lindo para ser una estatua de piedra“.


Comprendí al fin el por qué la dureza de mi persona y la fantástica imaginación que tenía; comprendí por qué la gata no era mi mascota, sino que ella solía visitarme en mi jardín; que las copas no las tomaba yo, sino los jóvenes que por mi vereda pasaban; comprendí que la mujer desnuda no era la estatua, sino mi referencia a lo que sería yo en carne y hueso. Finalmente comprendí que la estatua siempre había sido yo y que en el afán de escaparme de mi destino de piedra, imaginaba otra realidad, donde los números eran lo mío.

05/08/2018

domingo, 29 de julio de 2018

Bastará…

Bastarán unos segundos
para tener conciencia de lo que fuimos.
Bastarán unos minutos
para darnos cuenta de lo que hicimos.

Tal vez bastarán unas horas
para entender el dolor que nos causamos.

Nos bastará toda la vida
para aceptar el dolor de poder estar juntos.

Bastarán todos los instantes
para saber que conocí la felicidad.

Bastará nada menos que la eternidad
para convencer a nuestras almas para estar juntas.

Quíen sabe cuánto nos bastará comprender
que nuestro amor estaba en la diferencia.

22/10/2001

jueves, 28 de junio de 2018

No me mires así


Una llovizna tenue era testigo en aquella madrugada. No se oía ruido por el balcón que daba a la calle; solo se escuchaba música suave sobre los gemidos de un par de almas desesperadas de amor. En el cuarto reinaba la humedad y estaba alumbrado por las luces de la calle. La misma humedad hacía que los cuerpos se pegaran, la misma humedad que hacía que los mismos cuerpos no se pudieran separar. En un momento, llegué a sentir el cuerpo entumecido, cosquilleos que subían por mis piernas y mis brazos hasta llegar a mi rostro para terminar en mi boca. Habíamos sido jóvenes en aquel instante de tiempo. Tan jóvenes que no medíamos consecuencias sentimentales. Consecuencias que con el transcurrir del tiempo nos iban a hacer arrepentir de habernos alejado. Nos burlamos del tiempo en aquel instante y creímos que “todo iba a estar bien”, que “nada nos iba a cambiar”.

Sucedió que el tiempo nos fue modificando de a poco, cambió nuestras perspectivas y nos fue alejando el uno del otro. Lo que parecía incierto entre nosotros y no quisimos reconocer nunca ante los demás, terminó sopesando y distanciándonos; odiándonos por nuestras impunes acciones y por nuestras soberbias omisiones mutuas. Y, como era obvio, ocultábamos bien adentro todas las escenas de amor en las que actuábamos; dejó de importarnos los surcos de caricias que habíamos sabido tatuar uno en el cuerpo del otro; queriendo silenciar a la fuerza nuestra memoria, y a la vez, enmudecer al corazón y no nos volvimos a cruzar en mucho tiempo. En muchos años, diría yo.

Un sueño recurrente me visitaba en las noches últimamente. La misma escena donde los  cuerpos se derretían; que la humedad y la fatiga eran acompañadas por una lluvia de verano. Luego, amanezco transpirado como si esa madrugada también fuera replicada por mi cuerpo, en un constante dejavu pero diferente, mutilado por el tiempo. Mi sueño terminaba siempre con la misma negación: “no me mires así…”; me decía ya exhausta.

Esa mañana de camino a la universidad en colectivo, como era habitual saqué un libro de mi mochila y me predisponía a su lectura. Desde mi banco la vi. Me dije a mi mismo que no podía ser, sabía que no y me quería convencer de que lo fuera en realidad. Estaba parada más adelante y se movía al ritmo del mismo movimiento del andar del vehículo. Su cabello castaño claro estaba intacto, no faltaba ningún rizo. Una ventana se habría y el viento jugaba también con sus cabellos, enredándolos entre sí, y a su vez también con un pañuelo que lleva enroscado en su cuello.

Me quería convencer de que si era, pero no. No podía ser ella. Este espectro que se me presentaba en este horario tan temprano era más joven; igualmente hermosa; igualmente atractiva; igualmente fresca; pero no podía ser ella. Me miraba en el reflejo de la pantalla de mi celular y veía no a un joven sino a un tipo más grande y me convencía que no era ella a través de mi propio reflejo.

No podía concentrarme en mi lectura, por lo que tuve que abandonarla a las pocas cuadras en que esa mujer subió al colectivo. Recordaba mi sueño recurrente; recordaba y rememoraba cada episodio de ese sueño y se mezclaba, a su vez con otros recuerdos, donde nos amábamos de otras maneras; donde solo bastaba mirarnos y sonreír; dónde quedábamos abrazados en el balcón esperando que las primeras luces del sol pintaran de dorado las retasadas nubes; cuando unos mates eran el único sustento de alimento que teníamos por días; cuando nos abrazábamos al enterarnos de un triunfo o una derrota en nuestras materias, dónde con esos mismos abrazos nos amábamos sin sexo, sino solo en la presencia del otro.

¡Pero era Florencia! Intentaba darme valor para levantarme de mi lugar, pero me atornillaba mi soberbia. Quería de veras acercarme, pero me pesaba más el remordimiento de no haber hecho todo lo que esté a mi alcance en aquellos años para poder mantener cerca a esta mujer. ¡Flor…! Gritaba mi alma, a la vez que se cuestionaba si era o no era, la duda era grande pero más grande eran las fuerzas internas que me pesaban en mi lugar en el colectivo para no levantarme.

Era mi Flor. Era mi Florencia que se me hacía presente desde otros tiempos aquí y ahora para mortificarme. Pero no podía ser ella, parecía algo más alta, sus cabellos algo más claros, su silueta algo más delgada, era algo más diferente.

En un giro del colectivo, apenas dobló las rodillas para no desestabilizarse y fue como volver al pasado, cuando se paraba en la cama y empezaba a bailar en aquel nuestro  cuarto semioscuro, aclarecido por la luz que ingresaba de la calle por el ventanal. Y movía sus piernas, sus brazos acompañaban sus movimientos y su cuerpo se contorneaba para mantener el equilibrio pisando suavemente el colchón. Y esta señorita de hoy tenía los mismos rasgos de mi Florencia en sus movimientos. Entonces, si era mi Flor.

Al desocuparse un asiento cercano, la joven logra sentarse acomodando su cartera sobre sus piernas y su cabello todo de lado por sobre su hombro derecho. Estaba justo del lado del pasillo en las filas del conductor, y su pelo le cubría todo el rostro, ocultándose como percibiendo que alguien la estaba acosando con la mirada. Apenas se veía su nuca y también la reconocía como una alegoría que se me presentaba irónica cerca de mí. Nuca la cual habré acariciado con el filo de mis labios y con el vértice de mis dedos; nuevos recuerdos se presentaban en mi para torturarme, tal cual se presentaba esta mujer dos asientos delante de mi lugar.

Perdido en mis pensamientos, no me percate que ella se había levantado. Desesperado miré para todos lados para poder encontrarla con mis ojos ansiosos. De repente, escuché el timbre de la puerta trasera del colectivo que anunciaba que alguien se quería bajar. Automáticamente, cual reflejo, giré para cerciorarme que fuera ella. Descendía del coche y en ese bajar sentía que el tiempo se escurría nuevamente entre mis manos. De un brinco superé todos los miedos y pesares que me atornillaban en mi butaca, y ya con el colectivo en movimiento y la puerta cerrándose, logré bajar de un salto a la vereda.

-“Flor…” Dije con primera timidez y agitación. Al no tener reacción, grité con más temperamento ¡“Florencia”!.

Por fin se dio vuelta y me sonrió como reconociéndome. Cuando la alcance, su mirada había cambiado. Eran los mismos rasgos que recordaba, pero no era el mismo rostro juvenil el cual había perseguido horas enteras en mis clases.

La joven respondió a mi llamado: “¿profe… se encuentra usted bien?”. Una suerte de velo se cayó de mis ojos; tratando de reaccionar logré responderle que me encontraba bien, que pensaba que era otra persona y avergonzado y algo sonrojado, concluí entregando mi secreto: “eres igual a alguien… otra época… otros años… me disculpo por asustarte”.

Me di vuelta, continué caminando, pues faltaban aún algunos metros para llegar a la universidad. Me miré en el reflejo de una vidriera de un negocio y vi un hombre cercano a los cuarenta, avejentado por la pesadez de decisiones equivocadas y traumatizado por un pasado que no quiere soltar.

16/06/2018

miércoles, 4 de abril de 2018

Jamás bailaron

Habían sido compañeros todo el secundario y durante esos cinco años, no pudo decirle a Emma las diferentes sensaciones que le cruzaban por todo el cuerpo las veces que se le acercaba, las veces que le miraba o las veces en las que podían entablar una conversación.

Emma era de las alumnas más lindas de la promoción; había sido elegida “Reina de los Estudiantes” en reiteradas ocasiones y era la más pretendida de escuela. Álvaro, en cambio, era un estudiante más bien introvertido, nadie sabía mucho de él, solo lo suficiente: era un pibe medianamente estudioso, no estaba eximido en todas sus materias, pero tenía un buen promedio; era bueno para los deportes colectivos a pesar que no tenía un físico muy atlético; los profesores decían que era vago, pero no era exactamente lo que sucedía con él, pues, era bastante inteligente y le costaba poco estudiar, punto que le favorecía para estudiar en poco tiempo lo que al resto nos llevaba algo más de esmero, básicamente, no le costaba entender; era un pibe dócil y servicial; era poco gracioso, más bien tenía un humor bastante oscuro; era un pibe de perfil bajo, pero cuando se presentaba o cuando daba una lección oral, se hacía notar con presencia bien marcada, tono fuerte de voz y seguridad en su mirada. Esa seguridad no condecía cuando debía hablar con Emma, no así con el resto de las compañeras. Todos sabíamos que por Emma tenía una debilidad asumida. Algunos compañeros llegaron a notar que hasta le temblaban las piernas en ocasiones compartidas con ella, y esto Emma lo sabía.
Emma tenía una belleza muy peculiar. No era como la mayoría de las alumnas que asistían a la escuela. No era muy alta, con tendencia a estar por encima de su peso, lo que le daba apenas unos relieves en su figura juvenil, y ese detalle es lo que la diferenciaba del resto. Tenía una sonrisa mágica, ojos claros que iluminaban su paso y cabello castaño; nunca se le iba a notar cuándo ella pudiera encontrarse mal o triste, todo lo disimulaba muy bien. En cambio Álvaro, no se guiaba de estereotipos, más bien él se hacía su propia moda con lo que tenía; era de poco hablar y de mucho escuchar; él era más bien bohemio, escribía lo que su imaginación e inspiración le dictaban; pero él tenía una musa que le permitía mover su inspiración y activar a su imaginación: Emma.

Provenían de mundos diferentes, a él le fascinaba el rock and roll, en cambio ella prefería más los sonidos pop de melodías mucho más tranquilas y románticas. Ella no pasaba sobresaltos domésticos, en cambio él tenía que remarla con sus padres día a día, debía ayudar a sus hermanos cuando los padres no volvían de trabajar. Ella vivía cerca del zona centro (clase media para arriba) y él en los suburbios (más bien media estancada). En definitiva, eran diferentes y los mundos de los que provenían les marcaban aún más las diferencias.

En la escuela se armaban bailes de vez en cuando y era la primera vez que Álvaro sentía una extraña necesidad de asistir, pues estaba finalizando la secundaría y aún no había asistido a ninguno. No había mucho que preparar, debía vestir su delgada figura nada más; nada muy formal, unos jeans y unas zapatillas chatitas, cómodo digamos. La entrada no había costado tanto, a él le costaba más reconocerse en el baile como sujeto, más que en los recitales de bandas de rock. Había semejanzas, pero pesaban más las diferencias, o él hacía prevalecer las diferencias.

Por fin, después de haber andado divagando por el patio de la escuela donde se ejecutaba el baile, se encontró con sus compañeros de aula, quienes habían hecho mucho para que Álvaro fuera; habían estado insistiéndole varias semanas (desde que se habían enterado que se iba a realizar el baile) para que asistiera y ahí estaba él, parado delante de ellos, sus compañeros varones (las chicas estaban por otro sector) con ambas manos en los bolsillos, cabeza hacia abajo, como tímido. Fue un jolgorio su recibimiento, era prácticamente su primer baile. Los compañeros le comentaban que esperaban a un par más de ellos que fueron al baño y que luego se reunirían con sus compañeras; le habían comentado que estaban todos juntos en una gran ronda bailando y que cada cual iba pasando al centro de la misma para “hacer lo suyo” (cada cual hacía alguna monería, algún paso de baile) para divertirse en grupo.

De verdad habían realizado una gran ronda, estaban presentes casi todos los alumnos del curso. Todos, o la mayoría, en especial las señoritas estaban muy bien loockeados, cada uno con su estilo propio. Como no podía ser de otra manera, de todos resaltaba Emma. Era, definitivamente, la más hermosa de todas; se movía al ritmo de la música fuerte en su lugar, al compás del juego de luces de colores que prendían y apagaban. También se destacaba Álvaro, no tanto por su vestimenta, sino, más bien por su presencia; ellos eran los más buscados en la ronda y eran consultados para dar opiniones de todo: de la música, de las luces, de los pasos de baile, de las vestimentas, de las anécdotas, de las bromas, de las risas.

De pronto, entre los saltos y los movimientos de todos los compañeros, ellos quedaron de frente formando una pareja para bailar. El patio no tenía techo y se había nublado, y las nubes estaban tan encapotadas que estaba empezando a lloviznar. Algunos grupos de estudiantes prefirieron ir a refugiarse. Ellos sin embargo, se mantuvieron parados frente a frente haciendo un paso al costado, un paso al centro y luego un paso más al otro costado, seguían el compás de la música sin bailar propiamente, pero no se quedaban quietos. Se miraban entre los juegos de luces; se miraban buscando mirarse, a pesar que sus compañeros los hablaban, ellos estaban de pronto absortos, perdidos mutuamente, fundidos en la mirada el uno con el otro. Mientras seguían el ritmo de frente, él no tenía el valor de tomarle la mano; en cambio Emma, algo más resuelta y decidida que tímida, lo agarró de las manos y le dijo: “seguime… y por nada del mundo me sueltes”. En ese instante su musa inspiradora se hizo presente en carne y hueso. Palabras sueltas que rondaban en su cabeza se encadenaban en una conjunción de frases. El aire se hizo liviano y sentía que estaba volando, más que bailando. Él hizo caso, no la soltó más, no solo porque se lo había pedido ella, sino porque ni demente la iba a soltar, él no quería soltarla. Sería como querer soltar el universo, una vez que lo tenías en tus manos.

Cuando el tema finalizó, habían quedado prácticamente amarrados en un abrazo y él comenzó a relatar:

“Jamás habíamos bailado estas melodías
el  día no sé si comienza o termina
aunque la lluvia nos quiera separar
estos son los momentos en los que no me quiero quedar a solas.
Camino por la oscuridad de la noche
jamás habíamos bailado tomados de la mano
y ya no hay más tiempo
sólo quedamos los dos parados de frente
mirándonos en el fondo de la pista
en algún amanecer que imaginamos
entre la melodía y las luces del lugar” (18/01/2005).

Ella lo miró, primero sorprendida por las palabras que emanaban de su boca; luego lo miro inerte porque no entendía lo que quería decirle con esas palabras, no entendía lo que esas frases querían insinuar, o bien no quería entender el significado de lo que Álvaro le estaba tratando de expresar; Por último lo miró con compasión, porque ella no supo qué responder ante semejante proclamación. Una compañera los interrumpió, para ese instante la lluvia se había vuelto aguacero, se había convertido en tormenta de agua y viento. Él se había quedado unos segundos más parado en medio del patio contemplando como corrían todos hacía un alero que estaba siendo utilizado de refugio. El baile terminó y de a poco, a medida que la tormenta se disipaba, también se desconcentraba de gente el patio de la escuela.

A los pocos días, Emma y Álvaro se habían reencontrado en el mismo patio, en el recreo. Ella dejó que sus amigas se adelantaran unos pasos, él estaba con sus manos en el bolsillo y algo cabizbajo; intento disculparse por sus palabras, sin embargo ella lo interrumpió con un beso en la mejilla. Le dijo a continuación: “vas a ser un gran escritor… un gran poeta”. Luego de esto, no se volvieron a cruzar. A Álvaro se lo vio con la frente en alto, caminaba con más seguridad; y a Emma se la encontraba algo más silenciosa y pensativa. Jamás volvieron a bailar juntos.


02/04/2018