Se dice que el homo
sapiens empezó a hablar porque tenía la necesidad de decir algo. Hubo una
vez, hace mucho tiempo, una paloma entrenada. Tenía en su cerebro caminos
aéreos, rutas de viento que ejecutaba perfectamente. Era una paloma mensajera como
tantas otras. Ésta en particular ¿pudo haber cambiado nuestra historia?
Corrían los años de la Segunda Guerra Mundial, ya casi
los de su finalización. Las palomas
mensajeras todavía se utilizaban, en especial en zonas donde los cables del
telégrafo habían sido cortados o intervenidos por los soldados de la AAA, para
evitar que los aliados puedan comunicarse entre sí las órdenes correspondientes
de ataque. Es una habitual estrategia de guerra dejar incomunicado al enemigo, para
así lograr una ventaja, un anticipo en las maniobras enemigas. El espionaje es
el gran “ganador” de la guerra.
El Sargento William Scott, del Regimiento III de
Comunicaciones del Ejército inglés, tenía el hábito de enviar palomas con
mensajes codificados, en unos tubos de color rojo, agarrados a la pata del
animal. Estos animales diminutos de tamaño, fueron fundamentales para entonces,
pues eran más difíciles de atrapar, en esta guerra se habían utilizado más de
250.000 palomas con estas características.
Para evitar que sus mensajes cifrados cayeran en manos
equivocadas, el Sargento Scott enviaba palomas mensajeras. Dependiendo de la
distancia, debían volar solamente a dos destinos: Londres donde estaba la sede
centrar le comunicaciones; o Surrey, donde se planificaba los desembarcos de
“el día D”. El destinatario de los mensajes en ambos casos era “X02”,
nomenclatura definida para un Comandante de Grupos de Bombarderos.
Hacía mucho frío, cualquier estufa humeante servía
para calentar el cuerpo. Algún que otro brebaje también ayudaba. Scott
terminaba de codificar un mensaje importantísimo, lo colocó en el habitáculo
rojo de la paloma especialmente seleccionada. No todas viajaban de noche y con
ese frío. Solo ésta paloma, su preferida. Ya había trabajado con ella en otras
ocasiones de manera excelente. Tal vez tenía un nombre, alguna vez lo sabremos,
quizás no. Solo a ella le daba un beso en su cabeza antes de dejarla liberar su
vuelo. ¿Qué es lo que decía el mensaje? ¿Tardaría más de la cuenta esta vez?
Preguntas que se hacia el Sargento, con la urgencia que merecía la situación.
Ella, se posó en una chimenea para retomar fuerzas, los músculos de sus alas
estaban endurecidos por la baja temperatura. No llegó a su destino. La
encontraron poco más de 60 años después. Por cobijarse del frío cayó dormida en
el interior de la chimenea. Aún hoy intentan descifrar su mensaje.
Hubo otra vez en la que unos pescadores del Mar del
Norte entraron una elegante botella recientemente enredada entre los hilos
firmemente anudados de las redes. Pescadores que ya habían tenido hallazgos
diferentes, no similares ni parecidos: neumáticos, trozos de barcos, baúles
llenos de lodo y musgo, cadáveres de animales y de humanos; por todos los
dioses, el papeleo que se debe realizar cuando se encuentra un cuerpo.
La botella es muy antigua. Por ella, habrá pasado una
cerveza prodigiosa en sus años jóvenes; algún whisky; o tal vez, simplemente
agua de deshielo bien fría para calmar la sed de los marineros. ¿Quién pudiera
saber el origen concreto de su bebida y de su envase? ¿Importa al fin mismo del
hallazgo pertinente? Por su forma, seguro es para coleccionar.
Esta vez era diferente, mucho más preciso, un hallazgo
misterioso. La botella no tenía una bebida en particular, estaba cuidadosamente
cerrada. Desde el exterior, se divisaba poco, pero se notaba que no había
líquido por dentro. Luego de un costoso trabajo, los marineros alemanes
lograron abrir semejante tesoro. Al hacerlo, se dieron con lo que le llamaría
yo, un segundo hallazgo: un rollo de papel. Estaba ajado, amarillo por el paso
de los años, veteado por el efecto del reflejo de la luz del sol en el agua y
en consecuencia en la botella. Konrad Fischer, capitán del barco pescador, fue
el encargado de abrir la botella, será por ser oficial de más alto rango en el
navío, será por tener el valor de hacerlo, será por que fue él quien tomo la
decisión de hacer, será que a él le ganó más curiosidad que a la de los
marineros a su cargo.
Al abrir el rollo de papel, se dio con una postal
danesa de 1913, pudo reconocer los sellos y las insignias en el margen inferior
de la misma postal, también distinguió la fecha en el margen superior. Estaba
escrita en Stterlin, una forma de escribir de principios de siglo XX, casi
extinto hasta nuestros días; ya no hay muchos, muy pocos diría yo, que conocen
en profundidad ésta forma de escribir. El mar se había llevado consigo, no solo
la botella, sino también su mensaje.
¿Cuántas vidas se habrán salvado, o cuántas más se
habrían perdido? ¿Cuántas acciones se evitaron, o cuántas más se podrían haber
realizado? ¿Cuántos sentimientos ocultos en un mensaje antiguo hoy, y sin poder
llegar a su esperado remitente? ¿Cuántos de nuestros destinos habrían sido
diferentes, en caso que estos mensajes llegaran o no a sus destinos? ¿Qué
historias se podrían haber escrito de otra forma, o qué otros personajes
habrían aparecido en las historias? Hoy decimos, hacemos y omitimos con facilidad
muchos de estos interrogantes que, muy probablemente, quedarán sin responder. Tal
vez sólo nuestra imaginación sea los remitentes específicos para terminar de
descifrar mensajes, separados por el tiempo pero unidos también por el tiempo;
en este caso, el tiempo contemporáneo de los hallazgos.
23/03/2014
23/03/2014
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