Pongo a disposición mi tesis de licenciatura para ser consultada, opinada, debatida y criticada
Agradecimientos:
“(…) uno cree en la inteligencia de que los espejos
devuelven fielmente las imágenes hasta que por ahí alguien, una mano malvada,
empieza a fabricar espejos que deforman, espejos que no devuelven la verdad,
sino la mentira; entonces uno se levanta a la mañana se va a afeitar y ve una
persona rubia, uno que es morocho. Y uno tiene tanta confianza en los espejos
que incluso prevalece esa confianza por encima de la realidad, y uno que se
sabe morocho, que ha vivido una morocha vida, se ve rubio ante el espejo y
empieza a asumir rubias conductas. Yo creo que ha llegado el tiempo de empezar
a desconfiar del espejo, y de pensar que a lo mejor los fabricantes de espejos
tienen intereses inconfesables, intereses que tal vez pasan por no creernos
morochos. Entonces, antes que mirar al espejo hay que preguntarle al de al
lado, al que vivió como nosotros, a ver cómo nos ve, a ver qué le pasa, qué
siente. A veces hay que mirar más la realidad y menos el espejo, porque muchas
veces ese espejo está tendenciosamente modificado y es fraudulento”[1].
¡GRACIAS…! A los que no dejan
que me confundan los espejos que deforman, a los que diariamente me acompañan, mostrándome
distintos puntos de vista, enriqueciendo mi camino laboral, familiar y
profesional. A mis compañeros y
amigos por el apoyo, las ideas, comentarios y críticas recibidas, que siempre
fueron necesarias y suficientes, independientemente de quién y en qué momento
llegaran.
¡GRACIAS…! Al profesor Pedro Gómez por su aporte; a la
profesora Graciela Lisondo por sus correcciones; a Nicolás Dazkalasky y Gustavo
Llabra, hermanos de la vida, compañeros en críticas, en discusiones y en
debates.
¡GRACIAS…! Principalmente a mi director, profesor Ricardo
Bocos, por la confianza desmedida hacia mis ideas, por el apoyo, el aguante, la
dedicación, la motivación y sus aportes que fueron mucho más que suficientes.
MARCO TEÓRICO
En ésta
investigación se tomará el concepto de Hegemonía de Raymond Williams, de su libro Marxismo y Literatura, el cual, según el
autor plantea que “constituye un todo,
un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida.
Es un vívido sistema de significados y valores que, en la medida en que son
experimentados como prácticas, parecen confirmarse recíprocamente. Por lo
tanto, es un sentido de realidad para la mayoría de las gentes de la sociedad,
un sentido absoluto debido a la realidad experimentada más allá de la cual la
movilización de la mayoría de los miembros de una sociedad se torna sumamente
difícil. Es decir que en el sentido más firme, es una ‘cultura’, pero una
cultura que debe ser considerada asimismo como la vívida dominación y
subordinación de clases particulares”[2].
También para este
concepto, serán muy útiles los aportes de la investigación realizada por Helena
Alapín sobre “Hegemonía” definiéndola como “un amplio conjunto de
estrategias prácticas, a través de las cuales un grupo obtiene consenso para su
dominio, por parte de aquellos que se encuentran a él subordinados”[3].
A partir de aquí, se desarrollará un recorrido por sus orígenes, el gran aporte
que realizo Antonio Gramsci y sus implicaciones actuales.
Para el caso de Comunicación, se
parte de una definición simple: poner en común de algo. Luego se ampliará a
partir de los aportes de Aníbal Ford: “nos comunicamos mediante la construcción
de significados/sentidos compartidos a través de diferentes tipos de códigos.
Estos (…) pueden tener mayor o menor grado de formalización o
gramaticalización”. Agrega que, “la comunicación se encuentra en el discurso”;
y, que “las diferentes formas de comunicación no se dan de manera aislada,
cerrada o clausurada, sino simultáneamente”[4],
es decir, para poder poner en común algo, se tiene que estar en comunidad y
estar en un contexto en particular. Dentro de este análisis, se toma también
una ruta, a partir de lo que Hanna Arendt piensa sobre la percepción para
relacionarlo con el concepto de comunicación desde los sentidos.
Con
respecto al Periodismo, se considera desde ésta investigación una forma de dar
a conocer algo a través de un código oral o escrito. Es una forma parcializada
de comunicar y de mostrar una realidad. El periodismo necesariamente está
mediatizado por el soporte por el cual se presenta.
Se toma a Daniel Bougnoux para
definir a la noción
de Información: “implica, simultáneamente, los datos, las noticas y el
conocimiento. [Denomina] información al
acontecimiento que emerge sobre el fondo estable de un horizonte de
expectativas o de configuraciones más o menos previsibles. (…) conviene señalar
que la información no es la energía y que no actúa sobre nosotros como un
reflejo o un estímulo que implica una respuesta. El mundo de la información
evoluciona en las relaciones ternarias y no ‘entre partes’”[5].
Durante el desarrollo de los
capítulos de la investigación, también se analizará minuciosamente sobre la
Agenda Setting, como la forma de ver a los medios decidiendo sobre qué temas
son importes y cuáles no dentro de una sociedad.
Otro de los conceptos que se repetirán en la
investigación es el de Opinión Pública. Desde acá, este punto tiene que ver con
las noticias que ya socavaron en los publico/consumidores, pues, no puede haber
una posición generalizada de una audiencia sobre un hecho sobre el cual no se
conoce.
A continuación, el
desarrollo de la investigación donde se podrá apreciar cómo se relacionan entre
sí estos conceptos.
HEGEMONÍA: CONCEPTOS Y
DERIVADOS
“No creas lo que tus ojos te
dicen. Solo muestran limitaciones. Mira con tu entendimiento, descubre lo que ya
sabes, y hallaras la manera de volar”
Richard Bach, en Juan
Salvador Gaviota.
Hegemonía, conceptos y derivados
La palabra “hegemonía” está siendo muy utilizada en estos tiempos, ya sea
para investigaciones o para hacer acusaciones. Pero la primera pregunta
obligada es qué es hegemonía o qué implica nombrarla. Otra pregunta recurrente para
ser analizada será qué utilidad tiene saber que algo es hegemónico o no.
La idea en esta parte de la investigación es, justamente, tratar de
deshilachar este concepto tan usado últimamente, en boca de muchos y repetido en
programas periodísticos; se tratará de saber cuál es su sentido y tratar de
analizarlo desde varias perspectivas: desde un punto de vista político,
cultural, social y comunicacional.
Una investigación realizada
por Helena Alapín nos dice que, “Hegemonía” es un concepto
que refiere a la existencia de una diversidad en la sociedad, dentro de la cual
ocurre el predominio de uno de los integrantes de ella sobre los otros. Nos
dice a su vez que, no implica en modo alguno la desaparición de las diferencias
o de la diversidad en sí, sino por el contrario, el mantenimiento de las mismas
bajo un consenso en el cual las partes aceptan, no sólo la diversidad, sino
también las reglas de juego dentro del cual esa unidad de lo diverso podrá ser
reproducida. Alapín define “hegemonía” como “un amplio conjunto de estrategias
prácticas, a través de las cuales un grupo obtiene consenso para su dominio,
por parte de aquellos que se encuentran a él subordinados”[6].
Para Raymond Williams, en Marxismo y Literatura, “hegemonía”
también “constituye un todo, un cuerpo de
prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida. Es un vívido
sistema de significados y valores que, en la medida en que son experimentados
como prácticas, parecen confirmarse recíprocamente. Por lo tanto, es un sentido
de realidad para la mayoría de las gentes de la sociedad, un sentido absoluto
debido a la realidad experimentada más allá de la cual la movilización de la
mayoría de los miembros de una sociedad se torna sumamente difícil. Es decir
que en el sentido más firme, es una ‘cultura’[7],
pero una cultura que debe ser considerada asimismo como la vívida dominación y
subordinación de clases particulares”[8].
Nos detenemos aquí un momento. Las culturas se
caracterizan más por sus puntos encontrados que por sus diversidades. Para que
un grupo pueda ejercer su voluntad sobre otro, debe haber un “otros” en el cual
se reflejen diferencias dentro de un contexto dado y, por ende, en una sociedad
determinada. Lo que se quiere es, justamente, expresar una dinámica en el
concepto de Hegemonía a través del concepto de Cultura. Si bien puede ser mal
entendido como una situación dada, “como más uniforme, más estática y más
abstracta”[9],
esto no es así. Él mismo Williams, expresa en otros párrafos del mismo libro,
que esta dinámica de hegemonía debe ser justificada, renovada y actualizada por
el grupo dominante, así de esa manera perpetuar sus ideas o normativas a los
subalternos. Pero no es cualquier dinámica, sino una de lucha constante. Ya que
esas ideas, prácticas o normativas dominantes, son asimismo “continuamente
resistidos, limitada, alterada, desafiada por presiones que de ningún modo le
son propias”[10]. Por
tanto, lo que propone Williams es que “debemos agregar al concepto de Hegemonía
los conceptos de contrahegemonía y de hegemonía alternativa, que son elementos
reales y persistentes de la práctica”[11].
Siguiendo con lo expuesto, contrahegemonía es una fuerza
de choque, es decir, un grupo subalterno que se enfrenta al grupo dominador. El
campo de batalla siempre es el cultural, allí es donde se brindan las mayores
batallas. Dice María Pía López, en un artículo publicado en Página 12, “la
hegemonía es confrontativa pero no necesariamente bélica: se ancla en la aceptación
de ciertos valores sectoriales (de una clase, de una alianza de clases) por
parte del sentido común. La legitimidad de las relaciones de dominio social y
de acción del Estado se sustenta sobre un régimen de creencias que es,
precisamente, el de la hegemonía. Es decir, si la noción gramsciana por un lado
nos remite al orden de las clases, por el otro alude al modo en que éstas
confluyen aceptando aquello que no proviene de sus propias filas. Es noción que
articula el conflicto y la conciliación”[12].
Lo que se plantea desde la Hegemonía, es siempre la posibilidad de dominación
cultural sobre otro. Pero, cuando el otro no reconoce lo que se le impone
culturalmente, ahí es donde comienza la lucha, la confrontación, la resistencia
cultural por dirimir quién es el que termina dominando en el entorno dado. Lo
que está en juego no es tan solo que un grupo determinado, en una sociedad,
imponga su cultura y sus formas, sino también las posibilidades de ejercer el
poder de un grupo sobre el otro. Es decir, no solamente está en juego el
capital humano, la sociedad misma, sino también el capital simbólico de dominación
de las representaciones de poder.
Williams
también nos dice que: “la realidad de toda
hegemonía, es su difundido sentido político y cultural. Es que, mientras que
por definición siempre es dominante,
jamás lo es de un modo total o exclusivo”[13].
Existen también, pues, “otras formas alternativas o directamente opuestas de la
política y la cultura en la sociedad como elementos significativos. Habremos de
explorar sus condiciones y sus límites, pero su presencia activa es decisiva;
no sólo porque deben ser incluidos en todo análisis histórico (a diferencia del
análisis trascendental), sino como formas que han tenido un efecto
significativo en el propio proceso hegemónico”[14].
En otras palabras, hay un reconocimiento entre las posiciones dominantes y
subalternas, de lo hegemónico y contrahegemónico, puesto que, a partir del ese
reconocimiento, los límites de cada uno, es donde se presentará la batalla en
sí.
¿Qué es lo alternativo entonces? No es hegemónico ni
contrahegemónico, no es ni dominante ni dominado. Lo alternativo son
movimientos culturales que empiezan a surgir. Son pequeñas minorías que por su
novedad, van tomando forma y van creciendo minúsculamente. Dice Williams, “dentro
de este proceso activo lo hegemónico, debe ser visto como algo más que una
simple transmisión de una dominación (inmodificable). Por el contrario, todo
proceso hegemónico debe estar en un estado especialmente alerta y receptivo
hacia las alternativas y la oposición que cuestiona o amenaza su dominación. La
realidad del proceso cultural debe incluir siempre los esfuerzos y
contribuciones de los que de un modo u otro se hallan fuera o al margen de los
términos que plantea la hegemonía”[15].
Otra batalla que parte desde lo cultural, es también el poder apropiarse
de esa cultura emergente, nueva y/o alternativa. Puesto que lo hegemónico, por
ende dominante, por naturaleza quiere asumir su dominio sobre ellos de forma
natural, es decir, a través de persuasión o consenso para ampliar sus márgenes
en el campo cultural de batalla. Muy por el contrario, la fuerza de choque, lo
contrahegemónico, también tratará de persuadir a lo alternativo pero en este
caso para enfrentar al dominante. Cabe aclarar que, cuando lo alternativo o
emergente es absorbido por cualquiera de las dos fuerzas, hegemónica o
contrahegemónica, en ese preciso momento deja de ser alternativo, pasa a las
líneas de batalla de cualquiera de las dos.
En
un principio: Hegemonía
Carlos
Altamirano es el director de un copilado de investigación sobre términos usados
por los Estudios Culturales en Latinoamérica[16].
Desde allí, Juan Carlos Portantiero realiza un análisis del concepto que nos
importa. Dice que: “el término de Hegemonía tradicionalmente significaba
supremacía de una comunidad política sobre otras, a partir de una traslación
del latín de la palabra griega hegemon[17],
significa el que marcha a la cabeza. A partir del Renacimiento, fue ampliado
basado ya no en la fuerza sino en la cultura y las costumbres. Así, Maquiavelo
utilizaba la figura del centauro para explicar éste término como mezcla de
fuerza y de inteligencia, de violencia y de razón. Este significado es tomado
por Marx para connotar al vocablo de hegemonía de una doble perspectiva de la
política”[18].
Prosigue
diciéndonos que, técnicamente, para la metodología marxista, el tema de la
hegemonía (tomado también así por Lenin) “se vincula directamente al de
alianzas de clase y postula como eje de indagación la relación entre clase
obrera y el resto de las clases subordinadas (…)”. “Dicha alianza, en la medida
en que pudiera dirigir un ciclo de revolución permanente era capaz de
transformar una etapa de revolución democrática en revolución socialista (…)”.
Bajo este contexto, hegemonía implicaba “la construcción de un bloque popular
revolucionario con la conducción ideológica y organizativa del proletario y de
su partido para la conquista del poder político”[19].
A
partir de Gramsci, el concepto se amplia y se reubica en un marco mucho más
universal para la teoría política contemporánea. A partir de sus aportes, “la
palabra “hegemonía”[20]
comenzará a funcionar como un instrumento de análisis para las ciencias
sociales en un rango que va desde las ciencias políticas y la sociología histórica
hasta la teoría de la cultura y el
estudio de la socialización y de
construcción de ideologías”[21].
Portantiero
dice que, para Gramsci, “la supremacía de un grupo social se expresa de dos
modos: como dominio y como dirección intelectual y moral, como dominante de los
grupos adversarios y dirigente de los grupos aliados, en una primera distinción
conceptual entre dominación y dirección como componentes de la hegemonía”[22].
“Un
rasgo común en todas estas aproximaciones conceptuales a la noción de hegemonía
es la necesidad de ubicar a sus portadores sociales, a los mediadores entre
clases fundamentales e individuos”. Para ellos, dice Portantiero, “Gramsci
desarrolla la teoría de los intelectuales que está, indisolublemente ligada a
la problemática de la hegemonía como dirección política y cultural. Partiendo
de la idea de que todos los hombres son intelectuales (esto es, provistos de
racionalidad) aunque “no todos los hombres poseen en la sociedad la función de intelectuales”, Gramsci
define a esa función como los empleados de los grupos sociales fundamentales
para las tareas de hegemonía social y de gobierno político, o sea, como
productores de concesos y/u organizadores de la violencia legítima”. “Los
intelectuales, en su función de burocracia política, tienden a generar
comportamientos estamentales, a considerarse a sí mismos como si fueran el
Estado, lo que genera ‘complicaciones desagradables’, para el grupo económico
fundamental que es el Estado, hasta
colocar puntos de crisis en el sistema. Esta dimensión burocrática de la
función de los intelectuales pertenece al plano superestructural de la sociedad
política. Una segunda dimensión de la función intelectual es la de constructora
de concesos, de valores, de representaciones colectivas en el seno de las
instituciones de la sociedad civil”[23].
Este
análisis de los intelectuales, puede contemplarse actualmente en los distintos
programas de televisión o de radio, donde letrados, pensadores y periodistas
reconocidos, a los que se los presenta como “intelectuales”, salen en defensa
de sus ideales que son compartidos con los de un modelo político-económico en
particular, ya sea por parte del Estado, de un partido político o ya sea de
intereses privados. Se plantean también, discusiones y acusaciones en defensa o
detrimento de esas ideas o esas posturas. Recodemos que, para que un grupo sea
dominante (hegemónico) para poder batallar culturalmente contra los grupos
subalternos, y lograr dominarlos, los que van a llevar adelante el estandarte
son justamente los Intelectuales. A la larga, estos terminan siendo portadores
de las voces de la militancia política del mismo grupo dominador, y viceversa.
En el caso de los grupos contrahegemónicos, también tienen sus intelectuales
adeptos, quienes tratarán de hacer el mismo trabajo de difusión de ideas, para
congeniar alianzas estratégicas, pero en este caso, en contra de los que se
erigen dominantes.
Desde
este punto, volviendo a las ideas de Helena Alapín, nos señala que “la
situación de hegemonía es siempre la de equilibrio inestable, y que la
situación de hegemonía supone el perfeccionamiento de la dominación”[24].
Continua diciéndonos que “ninguna práctica puede ser definida ‘en sí’ como
hegemónica o contrahegemónica. Depende de quien la lleva a cabo, con qué
objetivo y con qué sentido, y también de las actitudes o respuestas del
adversario. Toda práctica tanto hegemónica como contrahegemónica puede ser
transformada en el proceso de luchas en exactamente su contrario. Las
apropiaciones y reapropiaciones de los productos culturales es una
característica de las luchas por la hegemonía, y en ese contexto deben ser
analizados”[25].
Ese es precisamente el trabajo de los intelectuales para Gramsci, interpretar,
significar, resignificar, apropiarse y reapropiarse de los símbolos y herramientas
culturales del otro. ¿Con qué fin? El único: absorber la cultura del otro,
hegemonizar al otro, haciéndolo parte de las filas de uno, en el sentido más
clásico.
En
este mismo marco, María Pía López, en el artículo ya citado, nos muestra un
nuevo sentido sobre las batallas culturales. Nos dice: “la contienda pensada
bélicamente nos exige como soldados (…) antes que como intérpretes libres de
una situación. La batalla reclama inclusión en una trinchera o en una facción
(…) en la batalla hay un nosotros y un ellos, claramente definidos. En los
últimos tiempos, esa diferenciación no provino de una determinación económica
–como la noción de clases o la distinción entre poseedores y desposeídos, o
entre pueblo y oligarquía–, sino de una pertenencia simbólica, a un linaje u
otro del pensamiento y la cultura”[26].
Siempre la elección de un pensamiento, ideología o cultura, demanda ponerse del
lado de la vereda que uno se siente más convencido; el trabajo del intelectual
es tratar que ese convencimiento sea más de un tipo de conversión, puesto que,
es de esta manera la que menos denota en las conciencias de las personas, porque
depende de las decisiones de uno mismo la propia entrega, a partir de la
manipulación cultural que los mismos intelectuales están acostumbrados a
realizar para lograr ese mismo fin. Para ir finalizando, ¿no será que la autora
tiene una visión más “romántica” en su crítica a las batallas culturales a
partir del mismo trabajo de “intelectual” en el cual se ve inmersa?
[1]
Se cita textualmente a Alejandro Dolina en un informe de 6 7 8. María Julia Oliván y Pablo Alabarces. “6 7 8. La Creación de Otra
Realidad”. Pág. 167 - 168.
[3] Helena Alapín y Víctor Mariani. Taller Integrador: Escuela
y Diversidad Cultural I.S.F.D y T. Nº 128 (Material de uso interno). Algunas
Consideraciones Sobre el Concepto de Hegemonía. Julio 1998. FPyCS UNLP.
[4]
Carlos Altamirano (director). Términos críticos de Sociología de la Cultura.
Comunicación pág. 21-22, por Aníbal Ford. Ed. Paidós.
[5] Daniel Bougnoux. “Introducción a las Ciencias de la Comunicación”. Claves,
Buenos Aires, 1999.
[6] Helena Alapín y Víctor Mariani. Taller Integrador: Escuela
y Diversidad Cultural I.S.F.D y T. Nº 128 (Material de uso interno). Algunas
Consideraciones Sobre el Concepto de Hegemonía. Julio 1998. FPyCS UNLP.
[9]
Ibíd. Pág. 134.
[10]
Ibíd. Pág. 134.
[11]
Ibíd. Pág. 134.
[12] María Pía
López Socióloga, docente de La Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Batallas y
Hegemonías. Lunes, 30 de mayo de 2011;
www.pagina12.com.ar.
[13]
Raymond Williams, Marxismo y Literatura, pág. 135.
[14]
Ibíd. Pág. 135.
[15]
Ibíd. Pág. 135.
[16]
Carlos Altamirano (director). Términos críticos de Sociología de la Cultura. “Hegemonía”
(pág. 115). Ed. Paidós.
[17]
Las cursivas son del mismo autor.
[18]
Ibíd. Pág. 115.
[19]
Ibíd. Pág. 115.
[20]
Las comillas son del autor.
[21]
Ibíd. Carlos Altamirano. Pág. 116.
[22]
Ibíd. Pág. 117.
[23]
Ibíd. Pág. 118.
[24]
Por
Helena Alapín y Víctor Mariani. Julio
1998. FPyCS UNLP. Algunas Consideraciones Sobre el Concepto de
Hegemonía.
[25]
Ibíd.
[26] María Pía López. Batallas y Hegemonías. Lunes,
30 de mayo de 2011; www.pagina12.com.ar.
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