martes, 12 de mayo de 2015

Qué es lo que me falta



Eso que me falta,
pero... ¿qué me falta,
ausencia de mí,
o falta de ti...?

Enfermedad que mata
(salvo raras excepciones)
en las que aún existo
por el arte de respirar.

Carestía de amor,
caigo otra vez,
falta directa al corazón,
otra ausencia de querer.

Eso que me falta...
¿cómo se llama?
¿Acaso sé qué es… si no sé, 
cómo sé qué es lo que me falta?

01/04/2004

viernes, 8 de mayo de 2015

El reflejo



El tiempo es veloz, tu vida esencial… (David Lebbón)

Esa mañana, me costó levantarme, más de lo habitual. Intentaba y volvía a intentar abrir los ojos; el cuerpo estaba pegado a la cama, como si tuviera un yunque apoyado sobre el pecho; y para completar, el despertador programado en el celular, no paraba de sonar desde las 6:20 de la mañana.
Al fin, cuando logré levantarme, comenzó mi rutina diaria: poner la pava para hacer una taza de café bien cargado, como para despabilar las ideas y quitar el sabor amargo de la boca; mientras tomaba  el desayuno, me iba vistiendo en la cocina, llevaba una silla donde allí ponía la ropa con la que andaría todo el día; abro la ventana para sentir la temperatura ambiente, esa mañana estaba bastante más fría de lo que me imaginaba; Por último, luego de lavarme, me abrigaba para salir.

Ya en la esquina, yendo a la parada del colectivo, veo a la distancia que justo mi bondi pasaba semivacío, y al ver que no lo iba a poder alcanzar, desaceleré el paso, pues, el próximo pasaría en diez minutos; lo que me daba tiempo más que suficiente para llegar y esperarlo.
Parecería ser que mis neuronas se durmieron por un momento, porque no recuerdo el instante en que subí y buscar un lugar en el pasillo del colectivo para poder viajar parado, pero cómodo hacia mi trabajo. Lo que sí recuerdo, era ver mi reflejo en la venta. Juro que no lograba reconocerme. Es decir, me veía a mí mismo: mi barba, mis ojeras, mi ropa, los auriculares en los oídos, la mochila al hombro, las entradas en mi frente; era yo, pero no me podía reconocer. ¿Habría crecido tanto desde las 6:20 hasta las 7:00 am? Era un pregunta que no podía responderme; no tenía argumentos para hacerlo; es más, no sabría que decir para complacerme, a mí mismo, con una respuesta válida.
Me miraba profundamente en ese reflejo, a pesar de lo difuso que se podía apreciar; era tan profunda que podría haber distinguido hasta el color de mis pupilas; me autohipnotizaba de solo verme. No había nada más que llame tanto mi atención. Ni los bocinazos de los vehículos, ni las frenadas de golpe del colectivo, ni la gente que subía y bajaba, ni el ruidito de la máquina para pasar la tarjeta y marcar el boleto, ni siquiera la música en mis oídos. El duelo estaba más que claro: quería reconocerme en esa imagen, la que devolvía el vidrio de la ventana.

Vi, en los ojos del reflejo, que mi vida se había acelerado de una manera extraordinaria, como presionar el FF (fast fower) del control remoto, adelantando lo que sucediera en una película. En unos segundos, vi cuándo me graduaba; cómo sufría con algunos amores en el secundario; me vi también en una entrevista para ingresar a mi primer trabajo, y hasta sentí, por unos instantes, el mismo temor, ansiedad y presión de aquel entonces. Vi en la pupila del hombre en el reflejo, la cita con la cuál conquiste a mi mujer; el casamiento, la cena, el brindis, el baile, las luces, sentí los olores y los perfumes de esa magnífica noche; vi cuando arrancaba por primera vez mi primer automóvil, era un usado que me costó varios años de sacrificado ahorro; en el mismo momento, vi cómo convertía desde el primer gol y hasta el último, en cada partido de futbol jugado con mis amigos. Me vi en los asados, de invitado o de asador. Vi el día que me salió la primera cana en la sien, y hasta cómo mi barba paso del color negro cobrizo a gris, para luego llegar al plateado y terminar finalmente en blanco. Me vi vestido con otras ropas y también desnudo; de traje y corbata, de bermuda y ojotas, de jeans y remera o de gabardina y camisa dentro del pantalón. Vi cuando usé el pelo a la altura de los hombros, y cómo, a medida que se iba adelantando el tiempo, se iba acortando de repente, acorde al mismo avance.
En esa mirada profunda, el tiempo era muy relativo; no porque no pasara, todo lo contrario, el ritmo del tiempo era por demás acelerado. Los segundos eran una exhalación, tanto que podría ser imperceptible el movimiento de las agujas de un reloj. Sería como verme entrar en un cono aceleradamente silencioso y caótico; vi que mis descansos, en las horas nocturnas o diurnas, eran apenas suspiros; donde no llegaba a acostarme, que ya era momento de levantarse; incluso me vi en esa misma mañana antes de subir al colectivo.

Vi también avejentar a mis seres más cercanos, los más queridos y los no tanto, los recordados y los olvidados; me dolió ver a mi mujer en un añejamiento veloz, hasta me sentía responsable de ello. Temí que al bajar de éste viaje, encontrará a todos igual o más viejos que yo, porque pensaría que la culpa es mía, por no haber hecho nada para detener este viaje antes. Temí también, que la situación fuera tal, que se tornara irreversible. Temí por ellos, de no poder hacer nada contra el paso fugaz del tiempo, de no tener las herramientas para protegerlos del desgaste, de no poder advertirles de las consecuencias… temí de no poder.

Por un momento parpadeé y casi supe quién era, cómo me llamaba o cuántos años tenía. Pero me engañaba, los reflejos mienten desde el primer momento, porque nunca dejarán de ser un replica de uno mismo; desde su concepción hasta su asesinato alejándonos de ellos. Nos mienten porque ellos nos dicen cómo debiéramos estar, cómo debiéramos pensar, cómo debiéramos sentir, cómo debiéramos actuar. Los reflejos nos mienten en un presente aparente, pues, muestran lo que los ojos de los demás quieren ver, quieren sentir y quieren tocar; nunca dicen lo que uno mismo insatisfactoriamente quiere. Mi reflejo mentía lo que me mostraba. No era real que esa mañana había desayunado y me había vestido en la cocina; no era real que haya caminado hasta la parada y se me haya pasado el colectivo; no era real que mi reflejo me mostrara un tipo blancamente avejentado, al igual que a mi familia. Es por eso que no me reconocía en lo que veía de frente en aquel vidrio, porque ese YO reflejado, no era lo que soy en realidad. No es lo que veía reflejado lo real, sino lo que no muestra ese mismo reflejo, por miedo a no ser aceptado
 
Volví a parpadear, pero esta vez, no estaba parado en el pasillo del colectivo; estaba sobre la falda de una mujer. Ella discutía con el inspector del viaje, que no yo debía pagar el boleto, porque los menores de cuatro años viajan sin cargo. Es en ese momento que logro reconocerme. Ahora el reflejo muestra un pibe con un delantal de jardín maternal, que no entiende de boletos ni de edades y que el único tiempo que reconoce, es cuando tocan el timbre para ir al arenero con sus compañeritos de juego.

05/05/15

domingo, 26 de abril de 2015

Sin palabras


Cómo explicar cuando no hay palabra;
qué decir cuando el silencio habla;
solo queda suspirar, al no saber qué decir,
es que es para no arruinar el momento.

Me quedo sin palabras
luego de un “te amo” tuyo;
me quedo inmóvil ante tu disparo;
cómo reaccionar ante semejante verdad.

Al tu lado, soy todo lo que fui,
soy todo lo que quise ser,
me aceptas como soy;
a tu lado simplemente... “yo soy”.

Cómo corresponder a tu sentimiento;
cómo responder a tu sinceridad;
solo hay una sola manera…
decir el secreto que llevo dentro.

25/04/2015

lunes, 20 de abril de 2015

Amor sin tiempo

En memoria de Nelly…

-"No te puedo prometer la felicidad"; le dijo él, aclarando que, no es que no iba a pelear por su felicidad y por su bienestar. Le dijo también que, nunca la dejaría sola, que estaría siempre a su lado, acompañándola en todo lo que fuera a hacer, en todo lo que quisiera emprender; le dijo que la amaba con toda su alma, como él nunca había amado en su corta vida.

Él se quería casar con ella, por eso le regalo un anillo con una perla cultivada, de color blanca muy fina, para sellar el compromiso. Viajarían al sur del país, en un lugar que, para ese entonces, estaba siendo repoblado, pues, no había gente suficiente para mantener el crecimiento de las ciudades de esa región. Le comentaba él que sería un cambio muy prometedor para ambos, porque a sus apenas 22 años, sería capataz y no un peón ferroviario en su Tafí Viejo natal.

El casamiento se llevaría a cabo en la iglesia principal de esa ciudad, al mediodía. Así se estilaba para esos tiempos; -“es el horario en que la realeza contraía matrimonio, con la luz del día”; le comentaba a ella, y concluía su deseo expresando un piropo: -“mi princesa”.

No eran muchas las familias que tenían automóviles, todavía eran una novedad para la época; así que, una carreta con caballos blancos la llevaría a la entrada del templo, para que su padre la entregara en el altar. Ella se vestiría de blanco, con pocos vuelos en su diseño, como para mostrar su aire veinteañero; tendría el pelo corto, como lo usaba habitualmente; luciría su anillo con la perla, sobre los guantes también blancos en juego con los arreglos de su vestido; antes de estar lista, repasaría la lista de cosas que debía tener, si o si por tradición, para poder casarse: lo nuevo, un colgante con un dije también con una perla, para hacer juego, obsequiado por su madrina de bautismo; lo viejo, un prendedor de su madre, con la forma de mariposa, con alas de color blancas y rosa pastel, todas las mujeres de la familia lo habían usado solo para ese tipo de ceremonia; su mejor amiga le prestaría una peineta en forma semilunar, simulando una corona, confirmándole a su prometido su estatus de princesa; y por último, ella tendría un pañuelo azul marino, escondido en el guante, un regalo de su padre cuando aún era niña, luego de enjugarle sus lagrimas, tras caerse en la plaza mientras jugaba en un columpio. Recién allí, y una vez teniendo todo sobre su cama, comenzaría a cambiarse para su boda.

No habría luna de miel, pues el puesto de él lo urgía, debido a su ascenso en la administración del ferrocarril, debería presentarse cuanto antes para poder ordenar los papeles y administrar las cuentas, si bien no eran complicadas, merecían de mucha atención. A parte, el hecho de mudarse para las tierras frías ya sería un viaje inolvidable juntos.

Después de la boda asistirían a una reunión muy intima en los jardines de la casa de ella, aprovechando el enorme parquizado. Solo la familia y los amigos más cercanos estarían presentes; ninguno de los dos fueron de tener muchos amigos, pues ambos tenían perfil bajo, eran lo que comúnmente se suele llamar “más familieros”. Se colocarían unos largos tablones en paralelo, uno para los invitados de él, y el otro para los invitados de ella. La entrada sería sencilla, no querían demostrar ostentación, tampoco aparentar algo que no eran y que no tenían; el plato principal sería Paella, como para homenajear a sus orígenes de inmigrantes españoles; el postre, como para no desentonar con el resto del humilde festejo, Torrejas de Pan con crema y/o dulce de leche, dependiendo del gusto de cada invitado.

Él, soñaba todas las noches con su descendencia, estaba seguro de que la marca que podía dejar en la tierra, no eran sus obras, su merito en el trabajo o sus títulos colgados en el living de la casa; sino, la enseñanza que le dejaría a sus hijos para la vida. Serían dos si tenían mucha suerte; un varón, para poder mantener su apellido en el tiempo; y una mujer, sería la luz de los ojos de ella y el principal motivo de celos de él. Con el tiempo, los niños se harían grandes, profesionales y formarían, también, sus respectivas familias. De tanto en tanto, volverían al pago como para ver cómo andan los parientes en Tafí Viejo, recordar con nostalgia a los desaparecidos y extrañar a los que no se pudieran ver por falta de tiempo.
 
Ellos de grandes, serían visitados por los nietos, cada día por medio, sino todos los días, para que los disfrutaran y los malcriaran con alfajores de chocolate, o quizás con churros rellenos de dulce de leche para la merienda. Los pequeños traerían nuevamente la alegría al hogar, abandonado por los hijos ya ocupados en sus quehaceres cotidianos. Y llegaría el momento de partir, ancianos, luego de haber vivido y disfrutado una vida llena de dificultades y tareas.

-"No es posible. Que deje todo y que abandone a mi familia, no pude ser"; dijo ella. En ese mismo momento, la promesa de “nunca ser abandonada”, se rompió. El no podía perder su oportunidad de crecimiento en el sur; y ella, por el amor que le tenía, tampoco se permitiría que él, abandonara sus aspiraciones en pos de ella.

Los años pasaron, con el tiempo ella dejó de recibir sus correspondencias, un poco porque él se cansó de insistir a la distancia y otro poco porque ella, dejó de responder por tanta insistencia.

Ella fue maestra y tuvo miles de hijos ajenos, ya que no los pudo tener con él; vivió para su familia, más precisamente para sus hermanas. Y más tarde, viviría para sus sobrinos, para malcriarlos como a los nietos que no iba a poder tener.

Una noche, luego de que le dieran de alta en el sanatorio, por haber estado internada por una afección, ya con sus 80 años, le pidió a una muchacha que la cuidaba, que le ayude a recorrer la casa que la vio nacer, crecer, jugar, llorar, reír, entrar, salir, vestirse, estudiar, rezar, y volver a llorar por su amor perdido y por su amor reafirmado en la familia; tocó las paredes, las ventanas y los muebles; miró sus plantas; contemplo la inmensa oscuridad que había entre su casa, en el jardín, hasta llegar al horizonte de la calle con la luz tenue de los faroles. Se tomó con más fuerza del brazo de la muchacha para agacharse y acariciar a su mascota, una perra que había rescatado de la calle y que le hizo compañía en los últimos tiempos. Fue al baño y se lavó la cara; se puso su camisón y se durmió con las manos entrelazadas, acariciando su anillo con la perla. Al cerrar sus ojos, se entrego a los sueños para no despertar más.
 
Unas semanas después de su inhumación, se vio a un hombre vestido de traje y sobrero, bien puesto; estaba parado de frente a la tumba de ella. Apoyado apenas sobre su bastón, él enjugó unas lágrimas de su rostro, con un pañuelo muy delicado de color azul.

19/04/2015



sábado, 14 de marzo de 2015

Te vas...


Te vas y ya te extraño: no volverás.
¿Qué voy a hacer con mi vida
si ya no estás?

Hoy no estás y te recuerdo,
y me recuerdas que mi corazón
no te quiere olvidar.

Te fuiste y me dejas atrás
ya no vas a regresar;
como cuesta ésta mí soledad.

14/03/2006

martes, 3 de marzo de 2015

No sé si decirte algo

No sé si decirte algo...
o dejar que el silencio hable solo;
ya que mis palabras son sordas,
y mis sentimientos mudos.

No sé si decirte algo...
(o callar lo que siento)
esperanzarme en silencio
mientras repito a mis adentros:
cuánto es lo que te quiero.

No sé si decirte algo...
no porque no pueda hablarte,
sino por temor a que no quieras escucharme,
pero esto no impide que siga amándote.

No sé si decirte algo...
porque no se si querrás escuchar,
este nudo por el cual enmudezco tanto:
"por ti vivo y sin ti... muero".

19/04/2003

lunes, 16 de febrero de 2015

Ver para creer…

Cuando era chico me decía un tío: “soy ateo gracias a Dios, tampoco creo en brujas, pero de que las hay, las hay”; luego de decirme la frase, el tipo se iba a hacer atender por una curandera para que “le tiraran el cuerito”; y así, lo curen de empacho.

Yo era un pibe que se había criado en la zona centro de la ciudad, casi al finalizar mi adolescencia, mi familia se mudó a una casa que se encontraba en un barrio periférico; lo cual, me trastornó en varios sentidos: los horarios de los comercios, abrían más tarde de lo que yo estaba acostumbrado; los vecinos siempre muy interesados por la vida y los quehaceres de mi familia, no dejaban de husmear por el jardín de la casa nueva; y, lo peor de todo, el estrepitoso silencio de las siestas y de las noches, llegaba a perturbarme demasiado, tanto que me hacían extrañar el verdadero ruido de ciudad.

Habían pasado unos meses del cambio de casa, y de un día para otro, mis perros, los que teníamos en ese entonces, no paraban de ladrar por las noches. Era rarísimo, pues, empezaban con el concierto de llanto, ladridos y aullidos, siempre a partir de las 2 de la mañana; a veces se amanecían así, otras veces a eso de las 5 caían rendidos del cansancio.

El vecino de la casa de al lado, Don Patricio, parece que tampoco podía dormir por el escándalo que hacían mis perros. Luego de varias semanas, donde hubo noches realmente insoportables, se acercó y me dijo que el problema de los animales, no era la adaptación al nuevo barrio como yo creía; me dijo también que, andan rondando espíritus en el barrio; y que a ellos, les gusta espantar a los animales, en especial a los que son nuevos, ya que aún no los reconocen. Terminaba diciendo que, también a los espíritus les gusta caminar por las calles o las veredas o por las casas del barrio, cuando los animales los perciben, aullan; en esos casos hay que cortarles las piernas a los fantasmas, para que dejen de caminar por acá, dando vueltas los calzados. Yo le seguí la corriente, por respeto a su edad, ya que era una persona mayor, por lo que no quise contradecirlo. A parte, él llevaba ya como cuarenta y tantos años en la misma casa, algo debía intuir. Cosa de mandinga che, esa noche mis perros descansaron tranquilos, no pasó nada, y así varias noches, por lo que dejé de preocuparme.

Para lo único que a mí me servía el silencio de la noche, era para sentarme a estudiar, ya que  me ayudaba en la concentración, de esa forma podía fijar mejor los conceptos; además le daba una mejor utilidad a mi insomnio recurrente. Una de esas noches, estaba preparando un final; y, a la hora acostumbrada, los perros empezaron a aullar, a llorar y ladrar. Siempre estudiaba descalzo, así que me calcé con unas zapatillas que tenía cerca, y salí al jardín para ver que sucedía. No había movimiento en la calle, y al verme a mí en el jardín, los animales se calmaron. Volví al comedor y continué estudiando. Al rato, mis perros volvieron con los llantos, esta vez solo con eso, pero eran constantes. En ese momento me acorde de la charla con Don Patricio, y di vueltas esas zapatillas que tenía cerca. Inmediatamente, ellos dejaron de aullar. Como por arte de magia.

A media mañana, ese mismo día, me lo cruce al vecino y le comente lo sucedido, y claro, le dije también lo de las zapatillas; y él me contestó con mucha holgura: “se lo dije… uste no me quería creer lo de los fantasmas”.

Antes de salir de casa para ir a rendir, ya por la tarde, revisaba si tenía conmigo celular, billetera y llaves; a estas últimas, no las podía encontrar. Las busqué por el comedor; por mi dormitorio; en el baño, pensando que se abrían caído; fui por el jardín hasta la puerta a ver si no las había dejado puestas en la cerradura; y nada, las llaves no aparecían por ningún lado. En ese momento, estaba Don Patricio barriendo la vereda, y al verme preocupado me pregunta que me pasaba. Al contarle, y como si me estuviera dando receta de remedio para enfermo, me dice que debería dar vuelta un vaso; con ello, encerraría al duende que me robó las llaves, y que hasta que no aparezcan, lo dejara así.

Acordándome de la efectividad del primer consejo, al retornar a la cocina, dije en voz alta “mira duende, te dejo encerrado hasta que aparezcan mis llaves, y más vale que sea rápido que tengo me tengo que ir”; y efectivamente, di vueltas un vaso que había utilizado en el almuerzo; mientras tanto, seguía revolviendo papeles y otras cosas sobre la mesa. De pronto, así como si nada, veo que mis llaves estaban arriba de la heladera. Juro que había buscado allí. Acto seguido, me acerco al vaso y con la mano medio temblorosa (seguro habrían sido ya los nervios del examen creo, aún me río por dentro), doy vuelta el vaso y le doy las gracias al supuesto duende, por devolverme las llaves que me había robado.

Al salir, me lo crucé nuevamente al vecino, al contarle de la conclusión de lo ocurrido, él me contestó: creer o reventar.


10/02/2015

domingo, 1 de febrero de 2015

Eterno y limitado


Me muero en tu ausencia,
las pausas se hacen amargas,
el insomnio se presenta,
y las madrugadas muy largas.

En el recuerdo te espero,
para tratar de aliviar,
las veces que no te veo
por nuestros desencuentros.

Cuando estamos juntos los ratos son eternos,
el tiempo finito y limitado,
las caricias no nos alcanzan
para demostrar lo que tenemos.

Ladrones de secretos, mentiras para vernos,
personas de quién nos escondemos,
pensar en todo lo que hacemos
para que el encuentro... se nuestro.

La despedida se presenta
y volemos a la rutina;
el adiós nos pone de acuerdo
para el próximo encuentro.

Bajo las mismas condiciones,
en las mismas circunstancias:
aparece nuevamente la ausencia;
que nos gana ésta batalla.

Esperando para volver a vernos,
y compartir esos ratos eternos,
en nuestro limitado tiempo,
para darnos las caricias que tanto queremos.

22/09/2004