domingo, 15 de junio de 2014

Enmimismado

Hacía calor a pesar de haber empezado el invierno por estas latitudes. Esperaba el colectivo que por lo general demoraba varios minutos en llegar, me pareció ese día que tardaba más de lo normal, por lo que me senté en la garita a esperar, algo más cómodo por cierto que estar parado, pues justo los rayos del sol pegaban directamente de frente a las 11:13 de la mañana. Baje el cierre de mi campera mientras miraba pasar los autos y otros buses por la avenida. Será por haber dormido mal la noche anterior; será porque venía acumulando cansancio de varios días; será que es la hora de la mañana que más me cuesta, justo para tomar unos mates fortificantes y luego seguir con la rutina, cosa que me faltaba en ese mismo lugar y momento: el mate y la rutina; será que justo, de todos los quehaceres que tenía por hacer en esa mañana, me quedaron minutos libres solo para tomar el colectivo, por lo que no tenía nada de que preocuparme, nada en que pensar o nada por programar. Podría estar toda una vida buscando motivos de por qué me encontraba tan perceptivo ese día, a la espera del colectivo que me devuelva a la realidad.

Mente en blanco. Comúnmente le llamo “estado de cuelgue”, donde no hay una conexión más importante que la de mi mente, mi cuerpo y mi espíritu al mismo tiempo; como que los tres estados, a las 11:14 am, llegaron al mismo tiempo y al mismo momento a conectarse, a tocarse entre sí cíclicamente. Ya sentado en mi universo propio, todo me parecía nuevo, como si fuera la primera vez que veía un auto, un colectivo transportando personas, el verde del pasto del cantero de la garita, las vías del tren a unos metros de distancia, la estación de servicio al otro lado de la cuadra. En el living de una casa cercana la música de una radio cortada por el ruido de la calle, que su vez se mezclaba con el olor de un guiso, tal vez de arroz con lentejas, que salía de la misma casa; y el olor del pan recién horneado, proveniente de la panadería que está en un local de la estación de servicio de la otra esquina, que a su vez, también se mezclaba con el olor a petróleo refinado del mismo lugar; más allá, unos obreros arreglando parte de una calle; algo más acá, pero del otro lado, albañiles construyendo una habitación que se ocuparía para vaya uno a saber; en mi rostro, el reflejo de los rayos del sol en las lunetas de los vehículos que pasaban, indistintamente el porte, forma, color, estilo o clase que fueran. Todo, absolutamente todo era percibido, minuciosamente por mis sentidos de la vista, oído y olfato.

Una persona parece estar esperando el mismo colectivo, pues ya pasaron dos líneas diferentes, y él no ha realizado mueca o seña alguna para detenerlos; lleva más o menos el mismo tiempo que yo esperando, hasta podría apostar que este señor llego apenas segundos antes que yo. Por más que intento hacer memoria, sé que esa persona estaba allí, pero no puedo recordar qué vestía en absoluto, sí  aseguro que estaba vestido, eso sí que no dudo. Tampoco recuerdo qué le había preguntado, estábamos los dos, él parado y yo sentado hamacando mis piernas. Tenía intenciones de sacar un libro de la mochila que estaba leyendo de hace varios días, pero no podía. La conexión con mi propio universo era tan grande que casi no podía moverme. Oxigenaba mi cerebro con bostezos, estiraba mi cuello y hombros, jugaba con mis dedos, pero no podía moverme más que eso.

11:15 suena el timbre de un mensaje de mi celular, guardado en el bolsillo izquierdo del pantalón; no atino ni a sacarlo, no por inseguridad sino por miedo a no perder la conexión, como si fuera la señal WIFI propia de mí mismo. Ya se escuchan los platos hondos golpear en la mesa de donde se hacía el guisado, como si alguien estuviera presumiendo que iba a almorzar más temprano; los obreros, hacían probablemente su cuarto descanso de la mañana, pues el encargado de buscar el fiambre y el pan, de la panadería que se encontraba en la esquina opuesta de donde ellos estaban trabajando, recién retornaba con la colación correspondiente a esta hora, mientras que otro de los obreros aparecía como escolta del primero con una gaseosa en la mano; el colectivo 130 aún no aparecía, así que seguía conectado con el infinito; unas hormiguitas coloradas empezaron a hacer surco por entre la hierba y el pasto del cantero junto a la garita, unas llevaban ramitas, otras hojas tan grandes o aún más que su propio cuerpo; un perro callejero se escapa de la trompa de un automóvil, resguardándose debajo de mi asiento, respiraba fuerte y asustado, ya queriendo sosegarse; otra cantidad de autos circulaban del otro lado por la onda verde del semáforo; un delivery en moto frenó, se sacó el casco, abrió su habitáculo, saco un paquete debidamente envuelto con papel igualmente embolsado, acercándose a los albañiles grito: “la mila”, le pagaron, se camufló nuevamente, arrancó la moto y salió probablemente a entregar otros pedidos; a mí ya me estaba dando hambre, gire mi cabeza levemente, sorprendido por el bullicio arriba mío: un pajarito llegaba a un nido que se encontraba entre las chapas y la estructura de la garita, mientras que las, muy ruidosas, se dejaban ver por el mundo exterior; el hombre parado miraba su reloj de pulsera, segundos más tardes, algo en su celular con la mano izquierda, mientras que con la derecha sostenía enérgicamente una agenda, que agitaba insistentemente mirando el lado de la avenida por donde tendría que venir nuestro colectivo, es un hecho, esperamos el mismo transporte, cruzó por mi mente en forma de conclusión.

A pesar de que seguía mi percepción a flor de piel, no interrumpía este estado actual mío; al contrario, era cada vez más profunda la conexión, ya que empecé a verme a mí mismo en otras paradas de colectivo a lo largo de mi existencia; de muy pequeño y con mi madre, cuando estábamos por ir al jardín, de más grande cuando iba por primera vez al secundario; cuando escribí mi primer poema para ella, esa compañera por la que no podía dormir; me vi a mí mismo estudiando textos, escuchando música, corriendo al colectivo que arrancaba su marcha cuando recién estaba llegando a la esquina de la parada; me vi empapado por aquel que no frenó y paso por arriba de un charco de agua sucia y acumulada por la lluvia, dejándome hecho una piltrafa; me vi bajo otras lluvias, algunas luces de la noche, otras luces de amaneceres luego de algún baile; esperando para ir a mi primer recital, a mi primer trabajo, a mi primera cita, a mi primer partido de básquet y volviendo de mi primer derrota tal vez. 

En la esquina la rotonda muy transitada, giro a la derecha y el 130 descansaba por fin en el semáforo; el señor se apuro a hacerle señas desde ahora. Eran ya las 11:16. Sentía que alguien me clavaba una mirada a lo lejos; el chofer se quería asegurar que yo también esperaba el mismo transporte. Se dio el verde, me di cuenta porque empezaban a moverse los vehículos; el bondi comenzaba a acelerar; yo quería moverme, pero no quería perder la conexión que me estaba haciendo revivir tantísimos momentos; el 130 empezó a frenar suavemente hasta llegar a la garita y me levanté instintivamente, como por reflejo; las hormiguitas, los obreros, los albañiles, el que presumía de almorzar temprano, el chofer, los autos, el perro callejero, los pajaritos del nido, todos, absolutamente todos, seguían con su rutina sin parar, yo me negaba a convertirme en uno de ellos; con lo que me costó conectarme conmigo mismo.

“Boleto mínimo por favor a la ciudad”, le dije al chofer; como caminando sobre una nube, agarrado con la mano derecha al pasamano del techo del colectivo, buscaba casi sin querer encontrar, un lugar para sentarme nuevamente; los ojos de los otros pasajeros que ya estaban en el colectivo se posaron sobre mi andar pausado; ojos negros, otros marrones, algunos verdes claros y también celestes, los menos; encontré lugar al fondo, a medida que el colectivo comenzaba a avanzar, sentía que mi conexión se iba perdiendo; 11:17 giro a la izquierda para salir de la avenida, en la próxima esquina otra parada; dos personas bajan y unas cuantas que no llego a contar suben; las puertas se abren y cierran y arrancamos de nuevo por una pendiente larga y a velocidad considerada; vuelvo en mi, refriego mis ojos y limpio alguna tierrita que se me había pegado en el lagrimal. Vuelvo a ser yo mismo, el yo de siempre, el desconectado de mi y conectado con los demás, los otros empiezan a reconocerme, por fin las miradas cambian de objetivo; me acuerdo del mensaje, busco el celular del bolsillo y lo leo; con esa acción, las últimas miradas dejan de seguirme, ya todo es normal, pues todos o la mayoría de los pasajeros, tienen un aparato al cuál consultan cada medio segundo.

Ya son las 11:18, logro acomodarme en el asiento, saco el libro de mi mochila y las miradas de extrañeza recaen nuevamente hacia mi persona.

16/04/2014






 

lunes, 9 de junio de 2014

¿Cómo hacer?

Cómo hacer que florezca la esperanza,
que amanezcan soles en madrugada,
hacer aparecer sonrisas y miradas
en vacías y amargas noches de soledad.

Cómo hacer que pase a la nueva mañana,
sin dejar las estrellas que me acompañan;
a pesar de los días, a pesar de las horas,
de los rezos cardinales para que la lluvia apaciguare.

Cómo hacer que vuelva la fuerza y las ganas
sin necesidad de esfuerzo ni de ejercicio,
para caminar nuevos caminos y
oler nuevas flores o cultivar nuevos jardines.

Cómo eliminar las angustias,
y hacer aparecer nuevas inspiraciones,
hacer que el cuerpo, el corazón y la mente aguanten
a pesar de la historia, los recuerdos y la memoria. 

26/08/2011

jueves, 5 de junio de 2014

Golpeando almohadas


Una cama doble plaza alberga recuerdos
que solo sus huellas, hilvanan sentimientos,
vueltas y vueltas, doy en la noche,

Golpeando almohadas...
creyendo que es tu cuerpo,
lo extraño hasta las lagrimas.
¿Porque a mí no me puede pasar?
¿Quién soy yo para evitar al destino?
Ya no tengo escapatoria, debo soportar.

Tanta angustia y dolor, tu ausencia eterna,
mi corazón te aguarda hasta que lo vengas a buscar.
Soledad compañera mía...
no permitas jamás que se borre de mi cabeza
la imagen de su sonrisa,
lo único que me queda.

Llanto sin consuelo, alma que desespera,
culmine momento para su final encuentro.
Se extraña tu caricia en los lamentos y las noches,
tu dulce mirada vuelve a mi en recuerdos y me parte en dos al medio.

He visto cuando viviste,
he visto cuando lloraste.
Ahora con esta ausencia,
muero también con tu muerte.

04/07/2004

miércoles, 4 de junio de 2014

Hallazgos


Se dice que el homo sapiens empezó a hablar porque tenía la necesidad de decir algo. Hubo una vez, hace mucho tiempo, una paloma entrenada. Tenía en su cerebro caminos aéreos, rutas de viento que ejecutaba perfectamente. Era una paloma mensajera como tantas otras. Ésta en particular ¿pudo haber cambiado nuestra historia?
Corrían los años de la Segunda Guerra Mundial, ya casi los de su  finalización. Las palomas mensajeras todavía se utilizaban, en especial en zonas donde los cables del telégrafo habían sido cortados o intervenidos por los soldados de la AAA, para evitar que los aliados puedan comunicarse entre sí las órdenes correspondientes de ataque. Es una habitual estrategia de guerra dejar incomunicado al enemigo, para así lograr una ventaja, un anticipo en las maniobras enemigas. El espionaje es el gran “ganador” de la guerra.
El Sargento William Scott, del Regimiento III de Comunicaciones del Ejército inglés, tenía el hábito de enviar palomas con mensajes codificados, en unos tubos de color rojo, agarrados a la pata del animal. Estos animales diminutos de tamaño, fueron fundamentales para entonces, pues eran más difíciles de atrapar, en esta guerra se habían utilizado más de 250.000 palomas con estas características.
Para evitar que sus mensajes cifrados cayeran en manos equivocadas, el Sargento Scott enviaba palomas mensajeras. Dependiendo de la distancia, debían volar solamente a dos destinos: Londres donde estaba la sede centrar le comunicaciones; o Surrey, donde se planificaba los desembarcos de “el día D”. El destinatario de los mensajes en ambos casos era “X02”, nomenclatura definida para un Comandante de Grupos de Bombarderos.
Hacía mucho frío, cualquier estufa humeante servía para calentar el cuerpo. Algún que otro brebaje también ayudaba. Scott terminaba de codificar un mensaje importantísimo, lo colocó en el habitáculo rojo de la paloma especialmente seleccionada. No todas viajaban de noche y con ese frío. Solo ésta paloma, su preferida. Ya había trabajado con ella en otras ocasiones de manera excelente. Tal vez tenía un nombre, alguna vez lo sabremos, quizás no. Solo a ella le daba un beso en su cabeza antes de dejarla liberar su vuelo. ¿Qué es lo que decía el mensaje? ¿Tardaría más de la cuenta esta vez? Preguntas que se hacia el Sargento, con la urgencia que merecía la situación. Ella, se posó en una chimenea para retomar fuerzas, los músculos de sus alas estaban endurecidos por la baja temperatura. No llegó a su destino. La encontraron poco más de 60 años después. Por cobijarse del frío cayó dormida en el interior de la chimenea. Aún hoy intentan descifrar su mensaje.
Hubo otra vez en la que unos pescadores del Mar del Norte entraron una elegante botella recientemente enredada entre los hilos firmemente anudados de las redes. Pescadores que ya habían tenido hallazgos diferentes, no similares ni parecidos: neumáticos, trozos de barcos, baúles llenos de lodo y musgo, cadáveres de animales y de humanos; por todos los dioses, el papeleo que se debe realizar cuando se encuentra un cuerpo.
La botella es muy antigua. Por ella, habrá pasado una cerveza prodigiosa en sus años jóvenes; algún whisky; o tal vez, simplemente agua de deshielo bien fría para calmar la sed de los marineros. ¿Quién pudiera saber el origen concreto de su bebida y de su envase? ¿Importa al fin mismo del hallazgo pertinente? Por su forma, seguro es para coleccionar.
Esta vez era diferente, mucho más preciso, un hallazgo misterioso. La botella no tenía una bebida en particular, estaba cuidadosamente cerrada. Desde el exterior, se divisaba poco, pero se notaba que no había líquido por dentro. Luego de un costoso trabajo, los marineros alemanes lograron abrir semejante tesoro. Al hacerlo, se dieron con lo que le llamaría yo, un segundo hallazgo: un rollo de papel. Estaba ajado, amarillo por el paso de los años, veteado por el efecto del reflejo de la luz del sol en el agua y en consecuencia en la botella. Konrad Fischer, capitán del barco pescador, fue el encargado de abrir la botella, será por ser oficial de más alto rango en el navío, será por tener el valor de hacerlo, será por que fue él quien tomo la decisión de hacer, será que a él le ganó más curiosidad que a la de los marineros a su cargo.
Al abrir el rollo de papel, se dio con una postal danesa de 1913, pudo reconocer los sellos y las insignias en el margen inferior de la misma postal, también distinguió la fecha en el margen superior. Estaba escrita en Stterlin, una forma de escribir de principios de siglo XX, casi extinto hasta nuestros días; ya no hay muchos, muy pocos diría yo, que conocen en profundidad ésta forma de escribir. El mar se había llevado consigo, no solo la botella, sino también su mensaje.
¿Cuántas vidas se habrán salvado, o cuántas más se habrían perdido? ¿Cuántas acciones se evitaron, o cuántas más se podrían haber realizado? ¿Cuántos sentimientos ocultos en un mensaje antiguo hoy, y sin poder llegar a su esperado remitente? ¿Cuántos de nuestros destinos habrían sido diferentes, en caso que estos mensajes llegaran o no a sus destinos? ¿Qué historias se podrían haber escrito de otra forma, o qué otros personajes habrían aparecido en las historias? Hoy decimos, hacemos y omitimos con facilidad muchos de estos interrogantes que, muy probablemente, quedarán sin responder. Tal vez sólo nuestra imaginación sea los remitentes específicos para terminar de descifrar mensajes, separados por el tiempo pero unidos también por el tiempo; en este caso, el tiempo contemporáneo de los hallazgos.

23/03/2014

sábado, 31 de mayo de 2014

Caminando

Caminando sin mascaras ni escudos,
Totalmente endeble y vulnerable.
Sintiendo el peso del mundo
En mi espalda y sobre mis piernas.
Caminando sin armadura,
Dejándome golpear por la realidad.
Derramando lágrimas y tristeza,
Por ausencias que serán irremediables.
Arrastrando los pasos, pateando piedras,
Entendiendo sin entender:
Como se te extraña tío...
“La muerte no es el fin de la vida,
Sino el principio de la tranquilidad y la paz”.
Caminando... acomodando ideas,
Encontrando sentimientos.
Enmarcando epitafios ajenos,
Para entender la naturaleza propia.
17/11/2013

Cambiar la piel

Qué difícil es cambiar la piel,
Pues, no deja de estar pegada al cuerpo...
En cambio los recuerdos,
Solo se archivan en la memoria.

La piel no olvida fácilmente,
Es la que extraña dolores y caricias;
Roses y amores; golpes y caídas;
Que la memoria niega en el olvido.

Es más difícil aún...
Sabiendo que ha sido surcada,
Miles de veces por caricias,
Extremesiendose en cada una de ellas.

Extrañas huellas como tatuajes,
Senderos desconocidos por otros,
Que solo los mismos dedos (o los mismos
labios)
Son capaces de recorrer y la memoria... de recordar.

22/11/2013