domingo, 29 de julio de 2018

Bastará…

Bastarán unos segundos
para tener conciencia de lo que fuimos.
Bastarán unos minutos
para darnos cuenta de lo que hicimos.

Tal vez bastarán unas horas
para entender el dolor que nos causamos.

Nos bastará toda la vida
para aceptar el dolor de poder estar juntos.

Bastarán todos los instantes
para saber que conocí la felicidad.

Bastará nada menos que la eternidad
para convencer a nuestras almas para estar juntas.

Quíen sabe cuánto nos bastará comprender
que nuestro amor estaba en la diferencia.

22/10/2001

jueves, 28 de junio de 2018

No me mires así


Una llovizna tenue era testigo en aquella madrugada. No se oía ruido por el balcón que daba a la calle; solo se escuchaba música suave sobre los gemidos de un par de almas desesperadas de amor. En el cuarto reinaba la humedad y estaba alumbrado por las luces de la calle. La misma humedad hacía que los cuerpos se pegaran, la misma humedad que hacía que los mismos cuerpos no se pudieran separar. En un momento, llegué a sentir el cuerpo entumecido, cosquilleos que subían por mis piernas y mis brazos hasta llegar a mi rostro para terminar en mi boca. Habíamos sido jóvenes en aquel instante de tiempo. Tan jóvenes que no medíamos consecuencias sentimentales. Consecuencias que con el transcurrir del tiempo nos iban a hacer arrepentir de habernos alejado. Nos burlamos del tiempo en aquel instante y creímos que “todo iba a estar bien”, que “nada nos iba a cambiar”.

Sucedió que el tiempo nos fue modificando de a poco, cambió nuestras perspectivas y nos fue alejando el uno del otro. Lo que parecía incierto entre nosotros y no quisimos reconocer nunca ante los demás, terminó sopesando y distanciándonos; odiándonos por nuestras impunes acciones y por nuestras soberbias omisiones mutuas. Y, como era obvio, ocultábamos bien adentro todas las escenas de amor en las que actuábamos; dejó de importarnos los surcos de caricias que habíamos sabido tatuar uno en el cuerpo del otro; queriendo silenciar a la fuerza nuestra memoria, y a la vez, enmudecer al corazón y no nos volvimos a cruzar en mucho tiempo. En muchos años, diría yo.

Un sueño recurrente me visitaba en las noches últimamente. La misma escena donde los  cuerpos se derretían; que la humedad y la fatiga eran acompañadas por una lluvia de verano. Luego, amanezco transpirado como si esa madrugada también fuera replicada por mi cuerpo, en un constante dejavu pero diferente, mutilado por el tiempo. Mi sueño terminaba siempre con la misma negación: “no me mires así…”; me decía ya exhausta.

Esa mañana de camino a la universidad en colectivo, como era habitual saqué un libro de mi mochila y me predisponía a su lectura. Desde mi banco la vi. Me dije a mi mismo que no podía ser, sabía que no y me quería convencer de que lo fuera en realidad. Estaba parada más adelante y se movía al ritmo del mismo movimiento del andar del vehículo. Su cabello castaño claro estaba intacto, no faltaba ningún rizo. Una ventana se habría y el viento jugaba también con sus cabellos, enredándolos entre sí, y a su vez también con un pañuelo que lleva enroscado en su cuello.

Me quería convencer de que si era, pero no. No podía ser ella. Este espectro que se me presentaba en este horario tan temprano era más joven; igualmente hermosa; igualmente atractiva; igualmente fresca; pero no podía ser ella. Me miraba en el reflejo de la pantalla de mi celular y veía no a un joven sino a un tipo más grande y me convencía que no era ella a través de mi propio reflejo.

No podía concentrarme en mi lectura, por lo que tuve que abandonarla a las pocas cuadras en que esa mujer subió al colectivo. Recordaba mi sueño recurrente; recordaba y rememoraba cada episodio de ese sueño y se mezclaba, a su vez con otros recuerdos, donde nos amábamos de otras maneras; donde solo bastaba mirarnos y sonreír; dónde quedábamos abrazados en el balcón esperando que las primeras luces del sol pintaran de dorado las retasadas nubes; cuando unos mates eran el único sustento de alimento que teníamos por días; cuando nos abrazábamos al enterarnos de un triunfo o una derrota en nuestras materias, dónde con esos mismos abrazos nos amábamos sin sexo, sino solo en la presencia del otro.

¡Pero era Florencia! Intentaba darme valor para levantarme de mi lugar, pero me atornillaba mi soberbia. Quería de veras acercarme, pero me pesaba más el remordimiento de no haber hecho todo lo que esté a mi alcance en aquellos años para poder mantener cerca a esta mujer. ¡Flor…! Gritaba mi alma, a la vez que se cuestionaba si era o no era, la duda era grande pero más grande eran las fuerzas internas que me pesaban en mi lugar en el colectivo para no levantarme.

Era mi Flor. Era mi Florencia que se me hacía presente desde otros tiempos aquí y ahora para mortificarme. Pero no podía ser ella, parecía algo más alta, sus cabellos algo más claros, su silueta algo más delgada, era algo más diferente.

En un giro del colectivo, apenas dobló las rodillas para no desestabilizarse y fue como volver al pasado, cuando se paraba en la cama y empezaba a bailar en aquel nuestro  cuarto semioscuro, aclarecido por la luz que ingresaba de la calle por el ventanal. Y movía sus piernas, sus brazos acompañaban sus movimientos y su cuerpo se contorneaba para mantener el equilibrio pisando suavemente el colchón. Y esta señorita de hoy tenía los mismos rasgos de mi Florencia en sus movimientos. Entonces, si era mi Flor.

Al desocuparse un asiento cercano, la joven logra sentarse acomodando su cartera sobre sus piernas y su cabello todo de lado por sobre su hombro derecho. Estaba justo del lado del pasillo en las filas del conductor, y su pelo le cubría todo el rostro, ocultándose como percibiendo que alguien la estaba acosando con la mirada. Apenas se veía su nuca y también la reconocía como una alegoría que se me presentaba irónica cerca de mí. Nuca la cual habré acariciado con el filo de mis labios y con el vértice de mis dedos; nuevos recuerdos se presentaban en mi para torturarme, tal cual se presentaba esta mujer dos asientos delante de mi lugar.

Perdido en mis pensamientos, no me percate que ella se había levantado. Desesperado miré para todos lados para poder encontrarla con mis ojos ansiosos. De repente, escuché el timbre de la puerta trasera del colectivo que anunciaba que alguien se quería bajar. Automáticamente, cual reflejo, giré para cerciorarme que fuera ella. Descendía del coche y en ese bajar sentía que el tiempo se escurría nuevamente entre mis manos. De un brinco superé todos los miedos y pesares que me atornillaban en mi butaca, y ya con el colectivo en movimiento y la puerta cerrándose, logré bajar de un salto a la vereda.

-“Flor…” Dije con primera timidez y agitación. Al no tener reacción, grité con más temperamento ¡“Florencia”!.

Por fin se dio vuelta y me sonrió como reconociéndome. Cuando la alcance, su mirada había cambiado. Eran los mismos rasgos que recordaba, pero no era el mismo rostro juvenil el cual había perseguido horas enteras en mis clases.

La joven respondió a mi llamado: “¿profe… se encuentra usted bien?”. Una suerte de velo se cayó de mis ojos; tratando de reaccionar logré responderle que me encontraba bien, que pensaba que era otra persona y avergonzado y algo sonrojado, concluí entregando mi secreto: “eres igual a alguien… otra época… otros años… me disculpo por asustarte”.

Me di vuelta, continué caminando, pues faltaban aún algunos metros para llegar a la universidad. Me miré en el reflejo de una vidriera de un negocio y vi un hombre cercano a los cuarenta, avejentado por la pesadez de decisiones equivocadas y traumatizado por un pasado que no quiere soltar.

16/06/2018

miércoles, 4 de abril de 2018

Jamás bailaron

Habían sido compañeros todo el secundario y durante esos cinco años, no pudo decirle a Emma las diferentes sensaciones que le cruzaban por todo el cuerpo las veces que se le acercaba, las veces que le miraba o las veces en las que podían entablar una conversación.

Emma era de las alumnas más lindas de la promoción; había sido elegida “Reina de los Estudiantes” en reiteradas ocasiones y era la más pretendida de escuela. Álvaro, en cambio, era un estudiante más bien introvertido, nadie sabía mucho de él, solo lo suficiente: era un pibe medianamente estudioso, no estaba eximido en todas sus materias, pero tenía un buen promedio; era bueno para los deportes colectivos a pesar que no tenía un físico muy atlético; los profesores decían que era vago, pero no era exactamente lo que sucedía con él, pues, era bastante inteligente y le costaba poco estudiar, punto que le favorecía para estudiar en poco tiempo lo que al resto nos llevaba algo más de esmero, básicamente, no le costaba entender; era un pibe dócil y servicial; era poco gracioso, más bien tenía un humor bastante oscuro; era un pibe de perfil bajo, pero cuando se presentaba o cuando daba una lección oral, se hacía notar con presencia bien marcada, tono fuerte de voz y seguridad en su mirada. Esa seguridad no condecía cuando debía hablar con Emma, no así con el resto de las compañeras. Todos sabíamos que por Emma tenía una debilidad asumida. Algunos compañeros llegaron a notar que hasta le temblaban las piernas en ocasiones compartidas con ella, y esto Emma lo sabía.
Emma tenía una belleza muy peculiar. No era como la mayoría de las alumnas que asistían a la escuela. No era muy alta, con tendencia a estar por encima de su peso, lo que le daba apenas unos relieves en su figura juvenil, y ese detalle es lo que la diferenciaba del resto. Tenía una sonrisa mágica, ojos claros que iluminaban su paso y cabello castaño; nunca se le iba a notar cuándo ella pudiera encontrarse mal o triste, todo lo disimulaba muy bien. En cambio Álvaro, no se guiaba de estereotipos, más bien él se hacía su propia moda con lo que tenía; era de poco hablar y de mucho escuchar; él era más bien bohemio, escribía lo que su imaginación e inspiración le dictaban; pero él tenía una musa que le permitía mover su inspiración y activar a su imaginación: Emma.

Provenían de mundos diferentes, a él le fascinaba el rock and roll, en cambio ella prefería más los sonidos pop de melodías mucho más tranquilas y románticas. Ella no pasaba sobresaltos domésticos, en cambio él tenía que remarla con sus padres día a día, debía ayudar a sus hermanos cuando los padres no volvían de trabajar. Ella vivía cerca del zona centro (clase media para arriba) y él en los suburbios (más bien media estancada). En definitiva, eran diferentes y los mundos de los que provenían les marcaban aún más las diferencias.

En la escuela se armaban bailes de vez en cuando y era la primera vez que Álvaro sentía una extraña necesidad de asistir, pues estaba finalizando la secundaría y aún no había asistido a ninguno. No había mucho que preparar, debía vestir su delgada figura nada más; nada muy formal, unos jeans y unas zapatillas chatitas, cómodo digamos. La entrada no había costado tanto, a él le costaba más reconocerse en el baile como sujeto, más que en los recitales de bandas de rock. Había semejanzas, pero pesaban más las diferencias, o él hacía prevalecer las diferencias.

Por fin, después de haber andado divagando por el patio de la escuela donde se ejecutaba el baile, se encontró con sus compañeros de aula, quienes habían hecho mucho para que Álvaro fuera; habían estado insistiéndole varias semanas (desde que se habían enterado que se iba a realizar el baile) para que asistiera y ahí estaba él, parado delante de ellos, sus compañeros varones (las chicas estaban por otro sector) con ambas manos en los bolsillos, cabeza hacia abajo, como tímido. Fue un jolgorio su recibimiento, era prácticamente su primer baile. Los compañeros le comentaban que esperaban a un par más de ellos que fueron al baño y que luego se reunirían con sus compañeras; le habían comentado que estaban todos juntos en una gran ronda bailando y que cada cual iba pasando al centro de la misma para “hacer lo suyo” (cada cual hacía alguna monería, algún paso de baile) para divertirse en grupo.

De verdad habían realizado una gran ronda, estaban presentes casi todos los alumnos del curso. Todos, o la mayoría, en especial las señoritas estaban muy bien loockeados, cada uno con su estilo propio. Como no podía ser de otra manera, de todos resaltaba Emma. Era, definitivamente, la más hermosa de todas; se movía al ritmo de la música fuerte en su lugar, al compás del juego de luces de colores que prendían y apagaban. También se destacaba Álvaro, no tanto por su vestimenta, sino, más bien por su presencia; ellos eran los más buscados en la ronda y eran consultados para dar opiniones de todo: de la música, de las luces, de los pasos de baile, de las vestimentas, de las anécdotas, de las bromas, de las risas.

De pronto, entre los saltos y los movimientos de todos los compañeros, ellos quedaron de frente formando una pareja para bailar. El patio no tenía techo y se había nublado, y las nubes estaban tan encapotadas que estaba empezando a lloviznar. Algunos grupos de estudiantes prefirieron ir a refugiarse. Ellos sin embargo, se mantuvieron parados frente a frente haciendo un paso al costado, un paso al centro y luego un paso más al otro costado, seguían el compás de la música sin bailar propiamente, pero no se quedaban quietos. Se miraban entre los juegos de luces; se miraban buscando mirarse, a pesar que sus compañeros los hablaban, ellos estaban de pronto absortos, perdidos mutuamente, fundidos en la mirada el uno con el otro. Mientras seguían el ritmo de frente, él no tenía el valor de tomarle la mano; en cambio Emma, algo más resuelta y decidida que tímida, lo agarró de las manos y le dijo: “seguime… y por nada del mundo me sueltes”. En ese instante su musa inspiradora se hizo presente en carne y hueso. Palabras sueltas que rondaban en su cabeza se encadenaban en una conjunción de frases. El aire se hizo liviano y sentía que estaba volando, más que bailando. Él hizo caso, no la soltó más, no solo porque se lo había pedido ella, sino porque ni demente la iba a soltar, él no quería soltarla. Sería como querer soltar el universo, una vez que lo tenías en tus manos.

Cuando el tema finalizó, habían quedado prácticamente amarrados en un abrazo y él comenzó a relatar:

“Jamás habíamos bailado estas melodías
el  día no sé si comienza o termina
aunque la lluvia nos quiera separar
estos son los momentos en los que no me quiero quedar a solas.
Camino por la oscuridad de la noche
jamás habíamos bailado tomados de la mano
y ya no hay más tiempo
sólo quedamos los dos parados de frente
mirándonos en el fondo de la pista
en algún amanecer que imaginamos
entre la melodía y las luces del lugar” (18/01/2005).

Ella lo miró, primero sorprendida por las palabras que emanaban de su boca; luego lo miro inerte porque no entendía lo que quería decirle con esas palabras, no entendía lo que esas frases querían insinuar, o bien no quería entender el significado de lo que Álvaro le estaba tratando de expresar; Por último lo miró con compasión, porque ella no supo qué responder ante semejante proclamación. Una compañera los interrumpió, para ese instante la lluvia se había vuelto aguacero, se había convertido en tormenta de agua y viento. Él se había quedado unos segundos más parado en medio del patio contemplando como corrían todos hacía un alero que estaba siendo utilizado de refugio. El baile terminó y de a poco, a medida que la tormenta se disipaba, también se desconcentraba de gente el patio de la escuela.

A los pocos días, Emma y Álvaro se habían reencontrado en el mismo patio, en el recreo. Ella dejó que sus amigas se adelantaran unos pasos, él estaba con sus manos en el bolsillo y algo cabizbajo; intento disculparse por sus palabras, sin embargo ella lo interrumpió con un beso en la mejilla. Le dijo a continuación: “vas a ser un gran escritor… un gran poeta”. Luego de esto, no se volvieron a cruzar. A Álvaro se lo vio con la frente en alto, caminaba con más seguridad; y a Emma se la encontraba algo más silenciosa y pensativa. Jamás volvieron a bailar juntos.


02/04/2018









domingo, 1 de abril de 2018

Muero

Muero por rosar tus labios
y que me amarren tus brazos.

Muero por acariciarte
y surcar caminos por tu piel.

Muero a cada instante
e intento revivir con tu mirada.

Muero de ambición
en el deseo de tenerte.

Muero en la dulce ansiedad
por regalarte mis madrugadas.

Muero de dolor
por la indiferencia de tus rechazos.

Muero y vuelvo a morir
en tu reiterado silencio.

Muero por vos
y me salva una palabra tuya.

Simplemente muero
porque no se si puedo vivir sin vos.

24/09/2001

sábado, 24 de marzo de 2018

Suspiro

En un suspiro te recuerdo,
y caigo de rodillas;
en otro te aparecen en fotos
y el ayer se vuelve hoy.

Un suspiro surca por todo mi cuerpo
tal vez un beso fugitivo del tiempo;
otro suspiro se presenta recordándome
que nunca más se volverá a repetir.

Un suspiro fue olvidado en un cristal,
y que ahí se desvanecerá
creyendo que será recuperado
en un latido deprimido.

Otro suspiro que se me presenta
ante la vieja amargura
de un fuerte sentimiento
que se resiste a perecer.

Un nuevo suspiro y otro que le sigue,
muriendo y volviendo a vivir...
creyendo que en cada uno de ellos
se podrá recuperar lo que ya está perdido.

13/10/2002

sábado, 3 de marzo de 2018

Florero

…a mis Tata y Mima

Le acomodaba el cuello de la blusa porque estaba doblado, Bernardo era insoportablemente jodido con esos detalles, los cuales para su mujer, Dora, eran totalmente irrelevantes. Estuvieron juntos más de la mitad de sus vidas; eran de esas personas que se mimetizaban el uno con el otro, que se hablan con la mirada; degustaban los placeres pequeños y los maximizaban apoyándose en el otro, desde el sabor de una tarta de coco hasta los mates amargos de la tarde; se disfrutaban juntos caminando de la mano en la cuadra de su casa o en los paseos de compras por el almacén o la panadería.

Bernardo acariciaba el suave rostro frío de Dora, la yema de sus dedos texturados por la espereza de los años y por el excesivo trabajo de carpintero de toda su vida. Ellos no tenían lujos, vivían justos, bien, tranquilos con la jubilación de autónomo de él y de maestra de  ella. Al final de sus días ya no planificaban tareas o viajes, sino que vivían los momentos sabiéndose que cada uno de ellos, cualquiera fuere, por mas cotidiano que sea, podría ser efectivamente el ultimo. Tampoco les interesaba el noticiero ni las novelas de la tarde, preferían mirar por la ventana del hall hacia la calle o sentarse alrededor de su mesita de mate en el fondo de la casa mientras arreglaban el jardín.

Bernardo le arreglaba el rulo del flequillo a Dora. Desde que se conocieron fue así, pues ella tenía el cabello rebelde e hipersensible a la humedad. Estaban solos, pues no pudieron concebir hijos, y con el tiempo, no es que se resignaron, sino que se resguardaron en ellos mismos de todas las terapias alternativas e invasivas que fueron demoliendo sus aspiraciones; y también se resguardaron de la burocracia del estado, que lenta y muy perezosa le negó la ilusión de poder recibirse de padre y madre porque ya “eran entrados de edad”.

Bernardo definitivamente era el jodido en los detalles… cortaba flores de su propio jardín para Dora. A diario ella se amanecía con una rosa, un clavel o una cala indistintamente en la mesa de la cocina, en un florero muy delicado. Y cuando no tenía ninguna de estas flores, bastaba solo con flores silvestres o aromáticas para empezar con mejor semblante a la mañana. Esta ocasión era especial, y fue un enorme ramo con todas las flores del jardín, como lo hacía en otras ocasiones especiales. Todas prolijamente cortadas.

Bernardo dejó de respirar por un instante, prácticamente el mismo tiempo en que Dora lo hacía. Se iba su vida en el mismo segundo que su vida (Dora) se le estaba marchitando. Es verdad lo que dice la gente: “con cada muerte morimos también un poco cada uno”. Un poco o una gran parte de nuestra existencia desaparece cuando el otro se nos va. Bernardo sentía cómo su vida se le iba en cada latido; y con cada latido, un recuerdo de su vida junto a Dora se iba diluyendo también.

El silencio que quedó en la casa en las mañanas, en los mates de la tarde, en el arreglo del jardín, fue consumiendo lo que quedaba de su vida. Ya no había en quién apoyarse al caminar para salir a hacer las compras, ni comentarios u opiniones de cómo quedaría un arreglo nuevo o una planta nueva en el jardín.

Si. Quedaba el silencio que gritaba a viva voz la ausencia de vida, la ausencia de historia, la ausencia del ser, la ausencia del compañero. Ese silencio fue matando de una forma totalmente impune al que quedaba. No fueron las palabras no dichas, no fue el sentimiento de extrañeza, no fue la soledad, sino el silencio perpetuo de los espacios antes compartidos fue lo que terminó con la vida de Bernardo.

Más que un relato de cómo va consumiendo la soledad a una persona, es un relato de cómo una persona se entregó para acompañar en la muerte a su compañera. Él había cortado todas las flores del jardín por esta ocasión especial, la despedida de Dora. Ella toda tiesa y firme en su refugio final construido por las mismas manos que le acariciaban por última vez. Él le acomodaba el cabello, que aunque sin vida ya, le seguía dando dolores de cabeza. Le acomodaba la blusa porque su cuello no debía desentonar. Bernardo acariciaba el rostro suave y frío de Dora en su sueño profundo con sus manos ásperas. Sus dedos recordaban, en cada centímetro que iban acariciando, todas las caricias juntas que habían dado a lo largo de los años junto a su compañera; y a su vez, empezaba a extrañar las caricia que ellos mismos no darían más. Nació entonces un anhelo de reencuentro, con el deseo también de que sea pronto.

La muerte los separó físicamente aunque creo que ambos murieron el mismo día, el momento de Bernardo fue unos años más tarde. Mientras tanto, la tumba de Dora amanecía todos los días con una flor diferente, en un florero muy delicado y prolijamente acomodado.

01/03/2018

viernes, 26 de enero de 2018

Secreto


La ciudad nos señala,
la oscuridad nos abraza,
los autos alumbran en su paso
mientras nos fundimos apasionados.

Qué cortos son los tiempos...
cuán duro es el alejamiento,
a pesar de la distancia
nos buscamos en nuestros pensamientos.

Qué difícil es cuando se extraña
por no saber bien a que...
si se extraña más el cuerpo
o si se extraña más al ser.

La cuidad mira callada
uno a uno cada beso,
y envidia con rabia
lo impunes que somos en ellos.

Que la noche nos siga abrigando
de las miradas curiosas,
que nos oculte celosa
en nuestro secreto pecado.

26/01/2018

lunes, 25 de diciembre de 2017

Pasillos


Hacía mucho calor aquella tarde, ya se había anunciado alerta meteorológico por fuertes tormentas, con rayos y vendavales de viento. Eran esas tardes las que me gustaban más salir de casa, pues era habitual salir a entrenar ya que me preparaba para participar en el triatlón ironman.

Durante la semana, en mis horarios libres había entrenado en nado en la laguna del dique de una localidad cercana a casa; también salí a correr en un circuito que me había diseñado yo mismo pasando por la plaza dónde jugaba en mi infancia, siguiendo por la avenida principal hasta llegar a la ruta, un par de varios kilómetros y luego de vuelta a casa, pero esta vez en sentido contrario.


Aquella tarde era un sábado muy caluroso, y se prestaba para salir a rodar en la bicicleta de carrera. Si quería llegar a la meta en la más dura de las competencias de triatlón, debía entrenar para los 180 kilómetros en bicicleta, sin importar el estado del tiempo, ni los alertas meteorológicos. Antes de salir, en el jardín de mi casa hacía la entrada en calor estirando los músculos, revisaba el equipamiento de mi bici, cargaba agua en las dos cantimploras que tenía y salía. Las nubes ya estaban muy encapotadas, sin embargo el brillo de la luz me molestaba la vista. Sin que se termine de armar la tormenta en las alturas comenzaban a caer las primeras gotas.

Apurando el paso para salir y en el mismo momento que agarraba el picaporte de la reja de casa todo alrededor se iluminó y quedé envuelto en un tremendo silencio. Un rayo había alcanzado a la reja de casa y en un silencio blanco, claro, luminoso sentí pasar por todo mi cuerpo sus casi trescientos mil voltios de energía. Mi mano estaba pegada a la manija de la puerta de la reja. El tiempo parecía no transcurrir; parecía que todo a mi alrededor se había congelado en el tiempo, miraba las caras de unos vecinos que estaban en sus veredas, un auto girando por la esquina, un gorrión queriendo aterrizar en la rama de la magnolia plantada en la vereda; pero ninguno de ellos se movía. En cambio yo si sentía que me podía mover; atiné a abrir la puerta de la reja motivado por la idea de salir de casa e intentando escapar de las fuerzas del rayo que me tenían atrapado.

Cuando logré abrir la puerta, se me presentó en ese instante algo muy diferente a la escena cotidiana congelada por el tiempo que anteriormente estaba viendo. A medida que abría más mi puerta, un pasillo muy extraño se me presentaba frente a mí. Era como una galería de casa antigua, con enormes arcos a un costado apuntando a un patio interno donde había un rosedal y otras plantas que no pude distinguir. Mi curiosidad y mis ganas de escapar de ese horroroso congelamiento me motivaron a ingresar al pasillo. Miraba en el patio la gran diversidad de colores que tenía el jardín; tuve la impresión de ya haber recorrido ese lugar alguna vez, pues se parecía mucho a mi escuela de primaria, a diferencia de que en vez de un jardín teníamos piso de cemento y una estatua de un prócer que se erigía arrogante en medio del patio.

Caía la tarde y oscurecía con más rapidez de lo que estaba acostumbrado en el entorno de este pasillo. Giré para ver mi casa y ya no estaba más. La puerta, la reja mi jardín y todo lo que giraba a mi escena domestica había sido absorbido por este extraño lugar. Me asome a los balcones de los arcos y vi que el cielo estaba cubiertos de formas muy extrañas, como pasillos encastrados en otros pasillos y galerías que subían y bajaban en diferentes direcciones. En ese momento sentí un ahogo rotundo y caí de rodillas desorientado, creí no salir de ese lugar; me levante de inmediato y comencé a correr en la dirección que me proporcionaba este pasillo. Había unas puertas al otro lado de las barandas, aparentemente eran habitaciones y en algunas había luces en el interior y se escuchaba ruido de personas hablando entre ellas, pero todas las puertas se encontraban cerradas.

Al final de esa galería, me topé con una escalera que llevaba a un piso superior. Sus escalones eran de mármol blanco ya desgastado por el uso seguramente, la guarda de la escalera tenía formas coloniales de hierro torcido y el pasamano era de madera de roble suavizado por el uso también. Subí saltando de a dos escalones, al llegar al descanso, tome aire y retomé el curso hacia arriba. Al terminar el ascenso me esperaba otra galería no muy alentadora igual que la del piso de abajo. En ese instante vi salir a un señor vestido de época a la mitad del pasillo, aparentemente de uno de los cuartos de ese piso. Le grité y me miró, avance hacia él despacio para no asustarlo con mi atuendo moderno. Cuando puse un pie en la galería, nuevamente una luz demasiado blanca y fuerte me cegó; seguí avanzando y ya todo se fue aclarando. Sin embargo, ya me encontraba en otro lugar, era otro pasillo muy diferente al anterior. En este lugar parecía ser un horario temprano justo en la salida del sol; la construcción no era tan añeja como la anterior. Este pasillo era mucho más cerrado, pero a su vez, tenía cinco ventanas equidistantes en aproximadamente quince metros de largo, me daba la impresión de ser un edifico de oficinas.

Me paré de frente a unos ascensores aparentemente no estaban funcionando porque no respondían, además los focos del pasillos se encontraban parpadeando, por lo que decidí bajar por la escalera que tenía forma de caracol. Cada vez que intentaba abrir la puerta de acceso a los pisos inferiores me daba con que las mismas estaban cerradas. Me encontraba en el piso sexto cuando comencé el descenso. Un piso tras otro, todos cerrados, como que el destino no me quería dar una escapatoria a este limbo que me tendía una trampa y ya comenzaba a sentir el encierro y el mareo por giro de la escalera. El último piso (en este caso el primer piso) lo baje rodando porque me había tropezado con mis propios pasos, mi cabeza golpeo con la puerta de salida y esta sí se abrió. Cuando por fin pude salir del claustro de las escaleras, me di con que ya estaba en la planta baja. La puerta del edificio se encontraba abierta, parecía ser un edificio ubicado en un lugar céntrico, pues se apreciaba mucha circulación de personas afuera. Por un momento reconocí la vereda y los comercios que se encontraban en la vereda de enfrente. Salí al trote del descanso de las escaleras al hall de entrada y de un salto quise salir a la vereda. Sin mucha suerte porque no aterricé en la vereda sino en otra galería, en medio del brinco nuevamente me envolvió una luz blanca que me transportó al interior de una iglesia.

La iglesia estaba vacía, había ingresado por una especie de puerta lateral al altar. Parecía ser mediodía y hacía mucho calor y desde donde estaba podía ver que la puerta de entrada se encontraba abierta. Comencé a correr por la galería centrar del templo para poder salir, pero recordando lo que me había ocurrido en las dos ocasiones anteriores, me detuve justo antes de la puerta. Me preocupaba la idea de cruzar esa puerta de acceso, pues no sabía dónde más podía seguir apareciendo; me preocupaba no poder encontrar la salida definitiva a estas especies de laberintos. En ese instante, paso por la cabeza la letra de una canción “…atrapado en libertad…” (Preso en mi ciudad – Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota), porque si bien no estaba encerrado en ninguna prisión, me sentía “encerrado” en estos pasillos que me llevaban a otros pasillos, preso de no poder decidir dónde poder ir.

Me daba mucha incertidumbre el no saber que me esperaba del otro lado de la puerta y me empezaba a preguntar cómo hacer para volver a mi realidad; cómo hacer para salir de este laberinto de pasillos. Reflexionaba, a la vez que cada persona es un laberinto de tiempo, diferente a otras personas, diferente a otros laberintos; que nadie sabe cómo circular por su propio laberinto de tiempo; que vamos improvisando en cada paso y que en cada giro, o en mi caso en cada pasillo que iba avanzando, es un laberinto nuevo y que puede cambiar con cada decisión o experiencia que uno va tomando.

Entendí, entonces que este laberinto en que me encontraba era mí tiempo, no mi presente sino que por dónde venía desandando hasta ahora eran mis recuerdos o por lo menos, parte o esencia de mis recuerdos cada uno de los pasillos que iba cruzando. Entendí que para volver, debía ir reconociendo estos lugares y reconocer qué había decidido hacer en cada uno de ellos. Entendí que el tiempo me estaba poniendo a prueba conmigo mismo, con mi propio tiempo. Entendí que el tiempo es diferente entre el hombre y la mujer, y entre cada individuo a la vez; entendí que mi encierro no eran estos laberintos, estos pasillos o galerías en sí por los cuales estaba andando, sino que mi laberinto real de tiempo era mi presente, pues andaba corriendo contra métricas, records y clasificaciones, pero no me preocupaba por el presente mismo. Entendía que una vez que tomaba conciencia de mi presente esa acción ya era pasado, y que esa fracción de segundos los había perdido.

Me sentía listo para cruzar esta vez, me sentía dueño de mi tiempo nuevamente; siempre lo había sido, pero ahora tomaba conciencia de ello. Cruce la puerta de esa iglesia y la luz blanca se hizo presente y me envolvió una vez más. Esta vez no renegué de ella, deje que me abrazara y que me conduzca. Fui contemplando otros pasillos y otras galerías encerradas en un tiempo particular, en el de mi memoria. Es cierto lo que dicen las personas que han vuelto de la muerte “es como ver pasar una película delante de uno”. Avanzaba cada vez con mayor velocidad hasta que las mismas imágenes, los pasillos y las galerías se volvían todas blancas, del mismo blanco que me envolvía. Lo blanco se transformó en tiempo, luego lo blanco y el tiempo se volvieron abstractos.

De repente abrí mis ojos y me vi postrado en una habitación que tenía claridad, aparentemente era un hospital. Unos vecinos habían sido testigos: estaba saliendo de casa cuando un rayo alcanzo la reja justo en el momento en que yo la tocaba. La descarga fue de tal magnitud que me hizo volar por el aire unos metros hasta llegar al porche de entrada de mi casa y como había quedado abierta la puerta de la verja, entraron, me recogieron y me llevaron a al centro asistencial. Sin embargo, cada vez que preguntan qué es lo que me sucedió, les contesto que me estuve en un laberinto de tiempo; que fui preso del laberinto de mi vida.


22/12/2017

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Lecciones

Sus pupilas se abrieron y reconocían las deformes sombras que miraba por primera vez, curioso hecho fue que así fuera, pues nunca jamás había visto antes, sin embargo pudo hacerlo, pudo mirar y reconocer la estirpe de su sangre, pudo ver a sus antepasados y los parecidos que él mismo tenía con respecto a los rostros y aspectos de los abuelos de sus abuelos.

Abrió sus ojos y de repente todo tuvo color. Todo se bañó de colores mágicos, brillosos, fuertes, saturados, sombríos, grisáceos; y luego de repente, las luces que tanto le llamaron la atención se apagaron de a parpadeos y él no entendía por qué. Estallaba de llanto porque quería seguir viendo todos esos colores y juegos de luces que había en aquella habitación; y lloraba porque parpadeaba y no podía sostener la mirada, seguramente se le cansaba la vista y se secaban las pupilas, y volvía a estallar en llanto porque quería seguir viendo la mágica fantasía de formas, colores, sombras y brillos.

Entendió que tenía un origen lejano, un origen que a sus antecesores les habría costado mucho iniciar hasta llegada su presencia misma. Entendió que era hijo, nieto, hermano, primo; que iba a ser amigo, que tendría alguna profesión o no, si él a si mismo lo decía. Entendió su primera lección: podía decidir. Entendió que una decisión puede cambiar el rumbo de muchas cosas, por más pequeño que fuera él, o por más que su decisión sea un instante, un pequeño momento, entendió que era parte de algo, un funcionario dentro de un gran funcionamiento colectivo. Vio que no estaba solo, vio que había otros, que no era el único; que otros como él estaban igual que él en ese momento, que otros habían sido y también entendió que otros iban a ser como él.

Sus ojos vieron cosas que jamás había visto, que probablemente nunca jamás iba a volver a ver. Supo en ese instante que debía aprovechar antes que fuera tarde, antes que perdiera todo conocimiento; que iba a tener una sola oportunidad; que la sabiduría, sin saber mucho qué era eso, solo iba a ser un instante, un relámpago.

Él miraba la luz, miraba sin ver, miraba con la vista perdida el mundo mundante. Pero él miraba más profundo. Vio, en ese su presente, el fluir del agua y los vientos soplar; vio cómo nacía la montaña, de dónde provenía su altura, cómo hizo para tener esa forma, y supo entender todo. Miraba los arroyos que le daban forma y los animales que dependían del recorrido del agua y de cómo caía por medio de la altura de su montaña. Vio cómo el hielo se convertía en agua, cómo esta corría buscando el mar, cómo pasó de ser agua dulce a agua salada, y luego su transformación ultima, como el calor la evaporaba para ser nube y luego lluvia. Vio como la lluvia alimentaba la humedad de la montaña y cómo el ciclo volvía a empezar desde el techo del mundo, tocando el cielo, hasta las más bajas tierras. Entendió qué es un ciclo sin saberlo, solo miró y entendió sin querer entender. Entonces aprendió una nueva lección: la naturaleza es bella en la medida en que la dejemos trabajar en su obra de arte.

Él Miraba las sombras de la habitación y miraba en ellas la curiosidad del mundo, motor de las ideas y de los ideales más fuertes. Aprendió de ello que no todo es puro, que la maldad también existe. Observo entonces que había caos y destrucción. Vio que el odio entre las personas también pasa por una decisión tan pequeña como con la que él mismo había visto instantes antes; que las mismas decisiones pequeñas que podían cambiar el universo, podían ser guiadas por el odio hacia otras personas y el deseo de hacer daño a los demás. Vio que las sombras eran parecidas al ocultamiento, sin saber que es ocultarse. Vio que esa extraña oscuridad venía también de la misma raza de la que él provenía. Sintió culpa por lo que vio, por el daño que se hacían los hombres entre sí con la escusa de defender un estandarte, un escudo, un color, una bandera, un ideal.

Entendió entonces que lo moral y la moralidad de las cosas está impregnada en todos los actos de loa hombres. Entendió que lo moral y la moralidad de las mismas cosas, son convenciones a conveniencia de los que les convienen que las cosas sean entendidas en un solo sentido, sin tolerar el sentido de otros que pueden diferir. Vio que la moralidad de algunos era más intolerante que la de otros y que esta intolerancia llevo a enfrentamientos, guerras y destrucciones. Vio cómo los mismos hombres se hacían daño entre ellos. A pesar que no le gustó lo que veía, siguió mirando y entre tanta muerte y escombros de ciudades destruidas, necesito ver algo más; allí es donde aprendió una nueva lección, que algo diferente debía haber. Pudo oír con su mirada lo que de las ruinas emergía, pudo oír de entre los mismos escombros el grito de ¡Libertad! Entendió aquí que la libertad de unos cuantos (muchos, pocos, cuantos fueran) dependía de la opresión de otros tantos. Lloró al entender esta lección. Definitivamente no le gusto lo que había visto, pero con mucho dolor aceptaba saber que él también, desde que existe, es parte de este funcionamiento.

Sabiendo que le quedaba poco tiempo para aprender, agudizó la vista y contemplo a la familia de un muerto al que estaban velando. Su mirada tenía una perspectiva horizontal, mirando el techo y su alrededor, tan acostado como al mismo que estaban velando. Observó las lágrimas de las personas que lo rodeaban, vio y sintió en sus propios ojos el dolor de la ausencia, las cicatrices que van dejando la partida de seres amados. Con ello entendió un aspecto del amor, el reconocimiento del alejamiento que muchas veces, o la mayoría de las veces, ante la partida y el alejamiento de un cercano decidimos callar antes de poder decir lo que uno lleva dentro. En ese momento volvió a romper en llanto, en medio de la habitación, en medio de sus seres queridos como queriendo decir desde ese momento todo lo que no sabía decir hasta entonces, sin perder más tiempo. Nueva lección aprendida: aunque no se sepa cómo, hay que decir.

Pero a su vez, aprendió algo del mismo acto de la despedida: era parte de la vida misma. Si bien muerto ya estaba muerto y nada podemos hacer para revivirlo, entendió que volvía a ser parte de la vida en su mismo deceso. Estaba más vivo que muerto; pues él ya pertenecía al universo, ya era un todo mismo; ya era universo. Dejo de existir, pero no dejo de vivir ni de hacer vivir, pues su propia materia iba a ser abono y compost de la tierra; la propia pudrición del cuerpo daría vida a la tierra y al funcionamiento mismo del universo. La muerte ya no era más entendida como muerte, la muerte encierra vida. La muerte es vida. Entonces entendió, que no todo final finaliza, sino que muchas veces (tal vez en la mayoría de las veces) es tan solo un nuevo comienzo. Un inicio de lucha, un comienzo de vida o de una nueva energía. Un amor distinto, ya más bien un amor ausente de materia, pero presente en el universo.

Supo que en una simple taza de café podía estar saboreando a todo el universo. Que la leche que succionaba del pecho materno traía la experiencia de su historia por medio del universo. Sintió que lo que saboreaban su lengua y su paladar, fueron otros sabores que vienen de otros paladares anteriormente y que vienen a través del universo, de otros tiempos. Vio que cada caricia era energía de otras caricias, de otros cuerpos que habían quedado en la historia y que hoy se le hacían presentes en la mano suave de aquella persona, pero que en otros años había sido otra. Se convenció que los finales eran nuevos comienzos.


Una vez aprendida esta lección, llegó el momento de despedirse de todas las lecciones adquiridas hasta entonces para ser olvidarlas tal vez o simplemente cederlas al universo mismo. Vio que las personas que lo miraban por primera vez, como él a ellos, derramaban amor por sus ojos. Que tal vez hayan sido los mismos ojos que alguna vez hayan mirado amores lejanos; que fueran los mismos ojos que hayan mirado amores no correspondidos; que fueran los mismos ojos que en otra ocasión también se hayan abierto y se le hayan dilatado las pupilas intentando reconocer otras formas, otras sombras, otras luces mágicas, otros destellos, otras curiosidades, otras lecciones que también hayan sido aprendías y que nuevamente hayan sido olvidadas.

Rompió en llanto nuevamente pero esta vez ya no recordó más nada. Abrió sus ojos grises y comenzó a aprender.

lunes, 21 de agosto de 2017

Una oportunidad

Siente tu corazón,
escuchalo latir
y podrás sentir
que estás viva.

Ábreme tu puerta,
te pido permiso para entrar
porque te quiero mostrar
que lo que siento es de verdad.

No perdamos tiempo,
dame una oportunidad
y verás que soy especial,
que no soy como los demás.

24/02/2002